Los jóvenes y el clima

La juventud ha de tener claro que no será suficiente el poder coercitivo de la ley. La corrupción, el soborno y el tráfico de influencias no pararán la maquinaria del capitalismo ni su codicia desmedida. La solución es más sencilla: controlar y educar las emociones e impulsos en materia de consumo

LUIS FERNANDO LÓPEZ SILVAPedagogo

Existe un acuerdo científico de que el clima terrestre está variando sus patrones meteorológicos debido a los efectos de los gases de efecto invernadero que la actividad humana inyecta en la atmósfera a un ritmo desenfrenado. Estos efectos devastadores no solo los observan los científicos del clima, sino que cualquier persona con curiosidad sobre la naturaleza de su entorno más próximo puede observar cómo los regímenes de lluvia, las horas de calor y frío según las estaciones, el caudal de ríos y arroyos y un montón de indicadores naturales más, están en un proceso de descompensación de los valores habituales. Ante este desastre medioambiental que se nos avecina en el futuro según predicen los expertos, y que ya padece buena parte de la población mundial, es urgente actuar de inmediato y de modo intenso, porque afectará de lleno a nuestro modo de vida, y habrá que reconducir muchas de las actividades económicas de las que dependemos: la alimentación y los recursos naturales para la energía.

Por eso, es una alegría que miles de jóvenes de todo el planeta estén manifestándose estos días en cientos de ciudades de todo el mundo para que los gobiernos pongan medidas drásticas para mitigar los efectos negativos del cambio climático y mejorar la conservación de nuestro planeta. Eso significa que hay conciencia del problema, y sobre todo de la parte de la población que más lo va a sufrir en los años venideros. Pero en esto del cambio climático no solo se trata solo de salir a la calle con pancartas a pedir a los gobiernos medidas y regulaciones para evitar el desastre, sino de lo que verdaderamente se trata es de cambiar los hábitos de vida y consumo a nivel individual. Porque los gases de efecto invernadero se generan por las diferentes actividades industriales, ganaderas, agrarias y de ocio que realizamos los humanos para apaciguar nuestro desaforado apetito consumista en todos los órdenes de la vida y en todas las edades: niños, adultos y mayores.

Los jóvenes de ahora son los que heredarán la cadena consumista del motor capitalista. Por eso, la clave está en parar ese motor o, al menos, corregirle las revoluciones a un mínimo que pueda tolerar el planeta. Y eso será muy difícil con una superpoblación de 10.000 millones de personas para 2050, las cuales, todas desearán alcanzar niveles de bienestar altos, basados en el consumo de productos y servicios. Así que esperemos que estas manifestaciones juveniles sirvan para crear una verdadera conciencia interior del reto que se nos plantea, y no un mero eslogan hipócrita para apaciguar la culpabilidad y después seguir el modo de vida habitual de las sociedades ricas.

Como digo, este desafío concierne a todos los humanos que pisamos la Tierra.

Es un reto que ha de visionarse a nivel internacional y todos los países en su conjunto han de involucrarse en solucionar un desastre que puede cambiar la historia de la humanidad de manera radical. Las regulaciones y medidas que la juventud pide a gritos a los gobiernos son lógicas y de sentido común, pues los Estados tienen el poder de la ley para crear marcos normativos de actuación de los agentes económicos.

Pero los jóvenes han de tener claro un hecho, no será suficiente el poder coercitivo de la ley. La corrupción, el soborno, el tráfico de influencias y un largo etc. no pararán la maquinaria productiva del capitalismo ni su codicia desmedida. La solución es mucho más sencilla que la farragosa legislación, pero muy difícil de inhibir y moderar por los humanos. Se trata simplemente de controlar y educar las emociones e impulsos en materia de consumo.

La cuestión radica en frenar la demanda de productos y servicios para disminuir la oferta o, al menos, orientarla. Justamente lo contrario de lo que se nos predica por doquier. Por ejemplo: sabemos que estamos ambientalmente comprometiendo de modo muy serio al planeta con el exceso de plásticos que usan las empresas para embotellar y envasar productos. Pues bien, una forma poderosa, eficaz y sencilla de reducir esos residuos plásticos y enviar un contundente mensaje a las grandes multinacionales de la alimentación es dejar de consumir ciertos productos hasta que resuelvan los problemas con los plásticos. Aseguro que, en cuanto la cuenta de resultados sea a la baja, se ponen manos a la obra.

Y es que aún no somos conscientes del poder absoluto que tiene el consumidor sobre las grandes empresas transnacionales, a pesar de las multimillonarias campañas de publicidad que financian para controlar nuestros impulsos de compra e imponer estilos de vida afines a su negocio.

Hay que tener en cuenta que la sociedad digital, el 'big data' y el capitalismo de vigilancia a través de nuestros dispositivos móviles aumentará las formas sutiles y subliminales de las empresas de manipular las formas de consumo entre la población más joven. ¡Conque, cuidado! En conclusión: bienvenidas esas manifestaciones, pero hemos de ser más audaces y penetrar hasta las raíces del problema si queremos resolverlo con éxito.