La Islandia feroz

La Islandia feroz

Una expedición española recorre en bicicleta los fiordos noroccidentales de la isla,escenario inhóspito hace 403 años de un espeluznante asesinato colectivo: 32 balleneros vascos fueron perseguidos y masacrados

ICÍAR OCHOA DE OLANO

En el Finisterre islandés hay más frailecillos que seres humanos y más senderos de lava que carreteras de asfalto. Los fiordos, esas lenguas de mar que se afilan tierra adentro, han dado forma de coral a esta remota península de 22.000 kilómetros en la que apenas 7.500 valientes osan vivir. En días despejados, desde sus colosales acantilados de hasta 440 metros pueden adivinar la silueta de Groenlandia. Apenas ocurre. A finales de verano, las temperaturas máximas no rebasan los siete grados y las nubes taponan el cielo. Resulta bastante más probable divisar en sus aguas sombrías la vigorosa aleta caudal de una 'hnúfubakur' o ballena jorobada, con sus manchas blancas y sus extremos dentados. El confín noroeste de Europa es uno de los lugares más bellos y prístinos de esta salvaje isla de 334.000 vecinos (los mismos que Oviedo y Reus juntas). Y, también, el escenario de una estremecedora masacre. Allí la conocen como 'Spánverjavíg' o la matanza de los españoles.

Ocurrió hace cuatro siglos. Para entonces, los vascos habían desarrollado en Terranova una poderosa y pionera industria en torno a la pesca de la ballena a gran escala, pero su explotación masiva dejó aquellas aguas sin apenas cetáceos. Abocados a descubrir nuevos caladeros, en 1613 arribaron a Islandia. Con un clima extremo y una tierra yerma, su pobladores no cultivaban. Tampoco cazaban ballenas. No sabían. Se limitaban a aprovechar las que encallaban en la costa. Eran humildes granjeros atemorizados por historias de brujerías. En un ránking de la época de países pobres, la desolada isla habría ocupado el podio.

Al principio, la relación entre forasteros y locales fue buena. Lo constata la existencia de un rudimentario idioma vasco-islandés, como demuestran dos glosarios del siglo XVII con 745 palabras que se conservan en un instituto de Reikiavik. Los pescadores pagaban a los isleños tasas por cazar ballenas en sus aguas, por desembarcar para descuartizarlas y fundir la grasa, y también por coger madera, un negocio que acabaría por enojar al rey de Dinamarca, soberano también de Islandia y señor de su monopolio comercial. Las cosas cambiaron tras varios inviernos consecutivos de extrema dureza, en los que las costas permanecieron congeladas durante buena parte de los estíos, lo que supuso la condena a muerte para decenas de cabezas de ganado y colocó a los islandeses al borde de la hambruna. Los ataques piratas terminaron por enrarecer el ambiente y, en la primavera de 1615, el monarca danés Cristián IV daba carta blanca a los islandeses para atacar a los vascos, tomar sus barcos, saquear sus posesiones y, si hacía falta, matarlos. Ese mismo otoño, un tal Ari Magnússon, uno de los hombres más poderosos de la isla y mandamás de la península noroccidental, se acogería a esa declaración para ordenar una sangrienta persecución.

Entre medias, llegó el verano y, con él, tres galeones comandados por Esteban de Tellería, Pedro de Aguirre y Martín de Villafranca. La campaña se les dio bien. Cazaron once ejemplares. Unos vendieron la carne a los locales, otros la cambiaron por ovejas con las que procurarse provisiones para el viaje de regreso y, otros, la regalaron. También se produjeron algunas escaramuzas sin consecuencias, como el ataque de un grupo de pescadores autóctonos a dos chalupas balleneras atrapadas entre los hielos o el robo de varios animales por parte de los vascos.

El 19 de septiembre, los galeones, con sus bodegas rebosantes de aceite, estaban listos para emprender la travesía de vuelta a San Sebastián. Levaron anclas, pero no llegaron muy lejos. Una violenta tormenta mandó a pique los barcos y, a 83 hombres al borde de la hipotermia, al páramo subártico del que habían salido y en el que granjeros extenuados y animales famélicos encaraban otro invierno implacable. El capitán donostiarra Martín de Villafranca pretendió sin éxito comprar carne. Desesperado, reclamó a un sacerdorte el importe de una cantidad de grasa de ballena que días antes no había importado nada y que ahora era argumento de vida o muerte. Ante su negativa, los pescadores hicieron el amago de ahorcarlo. Esa sería la acusación más grave contra Villafranca y sus hombres en un juicio que se celebró dos semanas después sin su presencia y en el que Ari Magnússon, sheriff del infierno blanco, ordenó su exterminio.

Aunque no se sabe si regresaron a casa, las tripulaciones del capitán Aguirre y del capitán Tellería, 51 hombres en total, lograron ocultarse, subsistir y embarcar, meses después, en una embarcación extranjera. Sin embargo, de los 31 hombres del capitán Villafranca, no se salvó ninguno. Dispersados en varias chalupas, uno de los grupos, formado por 14 pescadores, fue sorprendido por una tropa de campesinos en una cabaña. Los acuchillaron, mutilaron y hundieron en el mar. En batidas sucesivas, los islandeses fueron dando caza a los forasteros desperdigados. Les clavaron cuchillos en los ojos, les cortaron las orejas, las narices y los genitales. Ataron los cadáveres de dos en dos, los pasearon por los pueblos y los echaron al Atlántico.

«Nos pedían perdón»

El 13 de octubre de 1615, veinticuatro días después del naufragio, el capitán Martín de Villafranca y el jefe Ari Magnússon se encontraron frente a frente. El vasco imploró clemencia. Obtuvo un hachazo. Echó a correr hacia el mar, donde recibió una pedrada en la cabeza. Lo sacaron medio muerto de las gélidas aguas y en la orilla le desnudaron y le destriparon. Él era el número 32.

Así concluye, según dejó escrito el cronista local Jon Gudmundsson, la mayor matanza de la historia de Islandia, un sobrecogedor episodio que en 2015 dio un respingón cuando Islandia derogó la ley de 1615 que permitía matar vascos y reunió a expertos internacionales en esos sucesos en torno a un congreso. Estimulado por su eco, el expedicionario vitoriano y viajero sobre dos ruedas Arturo Martínez empezó a acariciar la idea de pedalear tras las huellas de aquellos intrépidos balleneros y de sus inmisericordes verdugos. Contactó con historiadores de ambos países, con descendientes de algunos de los protagonistas e, incluso, con proveedores de aquellos marineros, como sidrerías y bodegas de txakoli. «En los mismos toneles en los que llevaban la bebida traían el aceite, que se repartía después a toda España desde Vitoria y Miranda para el alumbrado de casas y calles», cuenta el promotor del viaje.

Lo siguiente fue soltar el jugoso anzuelo en la redes sociales. Picaron un funcionario de Miranda, un camionero de Huesca, tres hermanos agricultores de El Ejido, un septuagenario vasco, un aventurero almeriense, su sobrino veinteañero y una maestra madrileña de francés. Juntos han recorrido los principales hitos balleneros de la costa vasca para, después, dar el salto al Finisterre islandés, tumba trágica de aquellos pescadores. «Me enganchó el destino. Yo no conocía la historia, que es como un peliculónde aventuras. Y visitar los escenarios donde ocurrió fue muy interesante. Me impresionó comprobar que tanto tiempo después los islandeses lo viven con vergüenza», comenta Lucía Martín, la única mujer que integró el pelotón.

En total han sido veinte días y 1.300 kilómetros de una emocionante travesía que les ha llevado a Hólmavík, sede de una estación ballenera; Reykjafjöròur, donde los galeones encallaron en el fatídico temporal del 19 de noviembre de 1615; Sandeyri, el lugar en el que dieron brutal muerte a Martín de Villafranca u Ögur, donde, casi 403 años después, María Sigrud, descendiente directa del cruel Magnússon, regenta una cafetería en medio de la nada. «Nos enseñó su árbol genealógico donde figuraba claramente el sheriff. Los islandeses son tan pocos que todos conocen de forma pormenorizada su línea familiar», explica Martínez. Juntos se fotografiaron en torno al cartel que se colocó a las afueras de su negocio con motivo de la conmemoración del 400 aniversario de la 'Spánverjavíg'.

Pedaleando a una temperatura que nunca rebasó los 14 grados, el grupo atravesó glaciares, campos de magma congelado, cascadas y secaderos de bacalao y se dejó ilustrar por los habitantes de los fiordos. «Fue la mayor matanza de su historia y la única. Por eso todos la conocen. Nos impactó que muchos nos pidieron perdón», relata el jefe de la expedición, que ahora aspira a convertirla en un documental.

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