Manuel Vicent: «La idiotez y el fanatismo se han instalado en el Parlamento y los medios»

El escritor Manuel Vicent. :: josé ramón ladra/
El escritor Manuel Vicent. :: josé ramón ladra

Cronista de la Transición, echa en falta de aquel tiempo el aire de libertad que se respiraba en cada esquina

CÉSAR COCA

La infancia de Manuel Vicent transcurrió entre baños en las cubas de los balnearios de su pueblo, con el agua a 47º. En juegos en las ruinas de algunos de esos centros termales destruidos durante la guerra. Entre imágenes como de viejos daguerrotipos en las que aparece su abuela anunciando, lacónica, «hoy no comemos» después de que las esquirlas causadas por un obús caído muy cerca reventara el puchero que tenía al fuego. O en un refugio desde el que escuchaban los sonidos de los bombardeos. Al fondo, la línea azul del Mediterráneo, ese mar al que vuelve de continuo, aunque desde hace más de medio siglo vive en Madrid y a veces el retorno es un juego literario. «El mar lo aprecias cuando lo pierdes», explica. Es lo que sucede con tantas cosas, como el espíritu de la Transición. Lo dice uno de sus mejores cronistas, que echa en falta el aire de libertad sin cortapisas y el pacto tácito de respeto entre diferentes que se vivió en aquellos años frenéticos. Ahora las cosas son distintas. El escritor que mejor une en una sola frase la belleza y la fealdad explica de una forma muy gráfica lo que sucede en la España de hoy. «En todas las casas hay tuberías pero no las ves; aquí, los desagües pasan por el centro del salón. Estás comiendo con cubiertos de plata y no dejas de oír el ruido de las cisternas».

- Francisco Umbral lo definió como «calvo y joven, judío de ojos claros, experto en pintura, irónico y gélido». ¿Se identifica con ese retrato?

- Supe a los 30 años que iba a ser calvo y nunca he tenido complejo por ello. ¿Judío? No sé si lo soy, pero tengo una foto junto al Muro de las Lamentaciones, con una kipá en la cabeza, y lo parezco. En cuanto a la ironía, es un arma de combate muy del Mediterráneo. Pero el receptor debe tener oído para ella y hay que administrarla muy bien.

«Llegué a Valencia la noche del 23-F. Los pájaros habían huido, asustados por los tanques»

«La contaminación peor hoy es tener que tragarte los debates del Congreso»

«Las redes sociales son como la Inquisición: un tribunal que opina, juzga y condena»

«En todas las casas hay tuberías, pero no las ves. Aquí los desagües pasan por el salón»

- ¿Cómo fue su vida hasta que llegó a la Universidad? ¿Qué hacía cuando era niño?

- Viví rodeado de curas mientras hacía el Bachillerato en Castellón. Jugaba mucho al fútbol. En la adolescencia todos éramos del Athletic y queríamos ser como Zarra o Gainza. Eso sí, perdí muy pronto esa mística de querer salvar el mundo. Y también me di cuenta enseguida de que las cosas no eran como me las contaban en la iglesia o la escuela.

- ¿Por qué?

- Mi familia no estaba en política pero era muy conservadora. Mi padre, que se dedicaba al campo, había contratado a un republicano y un día le echaron en cara que diera trabajo a un 'rojo'. Eso fue crucial. Hoy una nieta de aquel hombre es una química muy famosa.

- Con 18 años su sueño era ir a París pero no lo hizo entre otras cosas porque su madre tenía una grave enfermedad de la que murió no mucho después.

- Había conseguido incluso un pasaporte para poder ir a un instituto católico de París, con una invitación. Pero mi padre me decía que, fuera donde fuera, tenía que volver a cenar a casa. Así que no me marché. En los primeros años ochenta, casi como si fuera un desafío, salí de casa una mañana, cogí un avión a París, pasé allí el día y regresé a casa a cenar.

- Antes de eso conoció a una adolescente Brigitte Bardot en un hotel de la costa. Vaya revuelo que se organizaría.

- Estaba alojada en el hotel Voramar de Benicassim con sus padres. Y allí justo Berlanga rodaba en ese momento 'Novio a la vista'. Brigitte Bardot quería aparecer de extra a toda costa. Y Berlanga se negó.

- ¿No le gustaba?

- Pedía que ni se acercara. Decía que, si la admitía, la cámara se iría detrás. Era una adolescente muy distinta a las chicas españolas de entonces. Un día salió del hotel en bikini... Imagine la que se armó.

El último franquismo

Vicent llegó a la escritura por un camino particular. Había estudiado dos cursos de Filosofía en Valencia, luego terminó Derecho y a los 23 años vio cómo todos sus amigos se encerraban a estudiar para sacar las oposiciones de Notarías, Registros o algo parecido. «Me quedé solo», explica con esa mirada clara de la que hablaba Umbral. «No quería seguir estudiando ni hacer oposiciones». Se trasladó a Madrid y empezó a escribir. «Gané un premio y decidí que eso era lo que quería hacer». Más tarde, se matriculó en la Escuela de Periodismo, donde le convalidaron algunas asignaturas. A partir de ahí, su carrera es un desfile por unos cuantos medios relevantes de la capital.

- Lo mismo trabajaba en publicaciones muy serias, como 'Triunfo', que en una revista humorística, como 'Hermano Lobo'.

- 'Hermano Lobo' estaba en el mismo edificio y era la parte anarco-humorística. Los de 'Triunfo' nos tenían por frívolos y poco claros ideológicamente, pero yo me divertía mucho más en 'Hermano Lobo'.

- Se dedicó a escribir pero usted lo que quería en un principio era ser director de cine.

- Eso era cuando llegué a Madrid. Venía de conocer todos los cineclubs de Valencia. Fui a la Escuela de Cine de Monte Esquinza y me recibió un señor en babuchas que me trató mal. Y ya no volví.

- Al menos, conoció a Ava Gardner, que era una gran estrella.

- Muchas noches iba a los tablaos de Madrid. Habitualmente acababa borracha y había que llevarla de El Corral de la Morería al Hilton. El acompañante siempre confiaba en que al llegar al hotel ella le pidiera que subiera a la habitación. Se cuenta que una vez la llevaban Paco Rabal y Fernando Fernán Gómez. La condujeron hasta el ascensor y ella entró sola. El ascensorista, que vio la cara de frustración de ambos, les comentó: «Les advierto que no es nada del otro mundo».

- En esos años ganó su primer Alfaguara. Pero en vez de pedirle una firma le tiraron cacahuetes. ¿Qué pasó?

- Era la primera vez que la Feria del Libro se hacía en el Retiro y no había sesiones de firmas, como hay ahora. La caseta de Alfaguara estaba junto a la Casa de Fieras. Estábamos algunos escritores en la caseta cuando pasaron unos jóvenes y me tiraron unos cacahuetes que debían de haberles sobrado del zoo. Entonces ya vi que este oficio no es lo que pensaba.

- Un levantino como usted se convirtió luego en el mejor cronista del Madrid de los últimos años del franquismo y la Transición. ¿Cómo se enteró de la muerte de Franco?

- Estaba en casa. Recuerdo que el fiscal Chamorro me llamó como a las seis de la mañana. Y tengo aún la imagen de mi hija diciendo: «Hoy no hay cole».

La Transición

Fue como si la Transición empezara con esa frase de la muchachita que tiene ante sí unos días libres con los que no contaba. Las imágenes se suceden: la comitiva con el féretro del general circulando por la N-6 camino del Valle de los Caídos y Vicent contemplándolo desde una finca en la que no mucho después comió su primera paella en España una Dolores Ibarruri recién llegada. «Mientras yo la estaba haciendo, todos le preguntaban cosas y ella se arrancó a tararear unos 'zortzikos'», cuenta. Era el aire de los nuevos tiempos, que se simbolizaban en la confianza que surgió entre los políticos de la democracia y los periodistas de la generación más joven.

- Se liaron todos con todas (sonríe al contarlo). Hubo una implicación general entre medios y políticos en nombre de la libertad y la democracia, un afán de empujar todos en la misma dirección. Durante los tres primeros años de Suárez, esto fue una acracia. Estaba prohibido prohibir porque lo contrario era franquismo. La libertad estaba en todo, en la calle misma, en cada esquina. Había que sacar el carro del charco.

- Ahora se dice mucho que aquello no fue tan modélico. Que la izquierda cedió más de lo debido.

- La derecha más derecha creía que los comunistas tenían mucha fuerza y al revés. Hubo un miedo mutuo, que llevó a la consigna de 'todo menos volvernos a matar'. En eso creo que cedió más la izquierda. De hecho, siguieron y siguen las cloacas, y hay cuerpos enteros, como la judicatura, que apenas han cambiado. Además, el terrorismo de ETA lo envenenó todo. Los que han visto ahora el espejo solo se han fijado en las manchas que tiene.

- ¿Dónde le cogió la entrada de Tejero en el Congreso?

- Estaba enterrando a un amigo en Villarreal. Me lo contó el conductor del coche funerario. Fuimos a casa del muerto y me llamó mi hija. Ese día justo había ganado el González Ruano y ella no sabía muy bien si se habían levantado los militares y me habían dado un premio o al revés. Al entrar en Valencia quedé atrapado en un gran atasco y escuché el bando de Miláns que anunciaba el toque de queda para las nueve de la noche. Se me ha quedado grabada la imagen de los pájaros huyendo asustados por el ruido de los tanques al circular por las calles. Tardaron días en volver.

- Desde aquellos años de la Transición, ¿qué hemos ganado y qué hemos perdido?

- Lo políticamente correcto se está pasando de rosca. Hemos perdido en algunas cosas, no hay más que ver lo que se dice en las tertulias y se puede leer en los periodicos. Y luego están las redes sociales, que son como la Inquisición, un tribunal que opina, juzga y condena.

- En 'Conversación en la Catedral', a Zabalita le preguntan «cuándo se jodió el Perú». ¿Cuándo sucedió eso mismo con el ambiente de la Transición?

- En la segunda legislatura de Aznar se cambió la palabra 'adversario' por 'enemigo' y se instauró un odio africano en la política. La corrupción viene de entonces, de aquellos años en los que se odiaba al enemigo y se ofrecía leche de camella a los amigos.

- De usted se ha dicho que combina como nadie la belleza y la fealdad como elementos literarios. Defíname lo que está pasando ahora en España.

- La idiotez, la vulgaridad, la ignorancia y el fanatismo están instalados en el Parlamento y los medios. Sin embargo, en muchas universidades autonómicas, hay sabios de primer orden, grandes médicos y científicos reconocidos, y también empresas multinacionales que funcionan muy bien. Esa es hoy la verdadera España.

- La que se opone a la ignorancia que usted detecta en muchos medios y en el Parlamento.

- La esencia de un tertuliano es no saber de lo que se está tratando en ese momento. Si sabes de qué va, no eres tertuliano. La contaminación peor hoy es tener que tragarte debates del Congreso. En vez de ir a la montaña, basta con apagar la TV para que el mundo empiece a ser maravilloso.

- ¿Teme que el futuro depare más de esto mismo?

- No creo que alcance a ver una reconversión de todo ello, un escenario en el que se haya impuesto la moral pública, la decencia. Antes no sabíamos que la Historia se movía bajo nuestros pies. Hoy se inaugura el universo en cada telediario. Todo puede cambiar de un día para otro, todo es provisional. El verbo más conjugado hoy es 'pillar' y eso es muy revelador.

- Hay que pillar algo, lo mismo en materia de dinero, que de sexo o cualquier otra cosa.

- Es que la idea del fin del mundo ahora es llegar al fin de semana. Estamos bailando sobre un barril de dinamita. Tenemos dos cerebros: el de la cabeza y el del bolsillo (enseña el móvil) y este último incide más en nuestra vida que el otro.

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