«Me habría gustado ser cirujano»

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Tras una larga carrera como director de orquesta, Enrique García Asensio habla de sus alumnos con entusiasmo y recuerda la fama que le dio un programa de TV dirigido a los niños

CÉSAR COCA

En el salón de su casa hay una fotografía que tiene algo de premonitoria. Es del año 1967 y recoge el momento en que Leonard Bernstein le entrega el premio Mitropoulos. El genio estadounidense había conseguido una enorme popularidad gracias a sus programas divulgativos sobre música clásica en la TV de su país, y apenas diez años más tarde Enrique García Asensio lograría algo muy parecido en un espacio en el que invitaba a los niños a dirigir. A quienes lo hacían bien, les regalaba una batuta. El programa duró cuatro años y en ese tiempo este director valenciano, que ha sido maestro de grandes intérpretes -de Juanjo Mena a Víctor Pablo Pérez-, consiguió que las batutas se convirtieran en un regalo típico de Reyes y que mucha gente lo parara por la calle para comentarle aspectos del programa. Lo nunca visto. Pero es que este director de orquesta tiene en su biografía un puñado de historias poco o nada frecuentes. Como que en sus años jóvenes formara parte de una tuna que cantó para la actriz Gina Lollobrigida en su casa, y que cortara el pelo en Múnich en no pocas ocasiones a un cura que llegó a cardenal: Antonio María Rouco Varela. La conversación de este valenciano que se define como un tímido que lo disimula 'actuando' es un torrente de anécdotas en el que lo mismo aparece su vocación no realizada de médico que algunas historias -«me impresionaron mucho en su momento», comenta- sobre instantes en los que creyó percibir a su lado la presencia de sus abuelos paternos, muertos hacía mucho tiempo.

- Usted es hijo, nieto y bisnieto de músicos. Estaba predestinado a serlo también.

- Desciendo de músicos por parte de padre, y por parte de madre de actores que trabajaron en comedia y zarzuela. Estuvieron en la compañía de Luis Sagi-Barba y mi abuelo, en concreto, trabajó en un espectáculo de Lola Flores.

«Aprendí a cortar el pelo en la mili. Luego, en Múnich, se lo cortaba a Rouco Varela»

«A mí me gusta toda la música si es buena. Y los Beatles me parecen fuera de serie»

- Lo de músico lo siguió fielmente. ¿Y lo de actor?

- Creo que lo soy, y muy bueno. Para ser director hay que serlo en alguna medida. La cara es una forma de expresión, y no puedes poner la misma dirigiendo la 'Patética' de Chaikovski que 'España cañí'. Soy muy tímido, pero lo he superado de esta manera.

- ¿Era tímido con las chicas a los 20 años?

- Sí, mucho.

- Pero actuó para Gina Lollobrigida. Eso no lo han logrado muchos, timidez aparte.

- Fue en una gira de la tuna de Medicina, que dirigía Luis Izquierdo. Yo entonces estaba estudiando violín y para ese momento ya había ganado todos los premios que había en España menos el Sarasate. No haberlo logrado fue lo que realmente me desvió a la dirección. Pero estaba en eso cuando me propusieron viajar con la tuna para tocar con ellos el violín. Lo planteé en casa y me dijeron que fuera.

- ¿Y cómo fue lo de visitar la casa de la actriz?

- Estuvimos un mes por Italia. Era diciembre, lo recuerdo porque pasamos allí la Navidad. En la tuna también estaba Carmelo Bernaola, que tocaba el clarinete. Actuábamos durante el día y luego, por la noche, hacíamos ronda a las chicas. Alguien de la tuna se puso en contacto con Gina a través de su marido, que era médico. Y nos fuimos a su casa a cantar para ella. A mí entonces me llamaban 'colorín' porque tenía colores en los mofletes.

- Iba con la tuna de Medicina. Usted quiso ser médico en sus años jóvenes.

- Me habría gustado ser cirujano. Me encantaban y me encantan los asuntos médicos. Yo pongo inyecciones si hace falta, y mi mujer dice que lo hago mejor que muchos ATS.

- Ha hablado de timidez, pero estudió con Sergiu Celibidache, que tenía fama de comerse literalmente a muchos alumnos y también a los solistas que tocaban con él. ¿Qué tal le fue?

- Fui a Siena a estudiar con él porque un día de 1957 mi padre llegó a casa diciendo que estaba en Madrid un gran director y debía ir a verlo a los ensayos. Así lo conocí. Luego, ya en Italia, un día me sacó a dirigir la Cuarta de Beethoven. Al subir al podio, estaba temblando. Celibidache me dijo: «Erique -me llamó siempre así, sin la 'n'- cómo pretende controlar a 80 músicos si no se controla a sí mismo». Nos enseñó técnicas de yoga para mejorar el autocontrol. Y a partir de ahí nunca me han vuelto a temblar las manos, y he tenido cien motivos para ello.

De la URSS a TVE

Cuenta mil anécdotas de aquella temporada en Siena, donde coincidió con directores como el israelí Eliahu Inbal y el italiano Aldo Ceccato. Y sobre aquellas clases con el maestro rumano. «Fui su alumno y su asistente porque cacé enseguida su técnica», asegura. «Él me presentó al concurso de la RAI y lo gané». Son sus años de formación, de los que recuerda también su estancia en Múnich. «Había aprendido a cortar el pelo en la mili y para ganar algo de dinero se lo cortaba a compañeros. Yo solía acudir a misa con un estudiante de Teología que era alumno de Joseph Ratzinger. Muchas veces hacía misa solo para mí. Era Antonio María Rouco, y le corté el pelo unas cuantas veces. Hace algún tiempo nos invitó a cenar a mi mujer y a mí para recordar aquellos años. Y aquellos cortes».

- Fue uno de los primeros artistas españoles en actuar en la URSS, aún en vida de Franco. ¿Cómo le fue? ¿Le pusieron un comisario político?

- En la Orquesta de RTVE habíamos invitado a muchos artistas soviéticos y fueron ellos quienes nos propusieron ir. Al llegar allí nos pusieron una intérprete que nos recibió en el aeropuerto y no nos soltó hasta que volvimos a coger el avión de regreso. Estuvimos en varias ciudades. En Riga, los músicos nos pidieron que ensayáramos en alemán, para que ella no tuviera que intervenir.

- ¿Tuvieron más problemas?

- Al llegar a Moscú, ya al final de la gira, tuve una reunión con el responsable de la agencia que llevaba todo y me preguntó qué me había parecido. Le respondí que no estaba contento porque algunas orquestas de las que había dirigido no eran buenas. Y la de Moscú, en concreto, tenía un flautín y un trompeta que todo el tiempo iban fuera de tono.

- ¿Y qué hicieron?

- Al día siguiente, me habían cambiado al flautín, pero no al trompeta. Pregunté la razón y me dijeron que no podían hacerlo porque era del Partido.

- Años después de aquello empezó a hacer un programa de TV que le dio una enorme popularidad. ¿Cómo se lo propusieron?

- Habían elegido a distintos presentadores para hacer programas sobre los instrumentos de la orquesta y los tipos de voces. Pensaron que estaría bien cerrar el ciclo con el director y me llamaron. Ese programa tuvo tal éxito que me contrataron para trece. La idea inicial era que enseñara música a los niños. Pero a mí me parecía que eso no tenía gancho para darlo en TV.

- ¿Y qué hizo?

- Propuse que los niños dirigieran a la orquesta y que esta siguiera fielmente sus indicaciones: los músicos tocaban lento o rápido, fuerte o piano según lo que marcara quien dirigía. También se me ocurrió regalar batutas a quienes lo hicieran bien.

- La aventura duró cuatro años.

- Sí, y qué años. Empezamos haciendo el programa en blanco y negro y pasamos al color; de los quince músicos iniciales dimos el salto a la orquesta completa y la duración se estiró de 25 minutos a 60. Las batutas se convirtieron en el juguete más pedido por Reyes y yo no podía andar por la calle porque la gente me paraba.

La familia

García Asensio es valenciano y ejerce. Una de las paredes exteriores de su casa, en una urbanización a media hora de Madrid, está decorada con las notas iniciales del himno de su comunidad. Y son célebres las paellas que organiza para sus amigos, entre ellos Antón García Abril, que durante años fue su vecino. «Una vez hice una en República Dominicana y les encantó, así que no deben de ser malas, pero en esos encuentros las suelen hacer mi yerno o mi mujer, y yo solo ayudo». Mira hacia la piscina y comenta que se ha bañado esta misma mañana -el día es caluroso y azul, pese a que el otoño ya llena de hojas el cuidado jardín-, y aprovecha para hablar de la única vez que ha estado en Islandia, para dirigir la Sinfónica. También se metió entonces al agua, pese a que la temperatura ambiente era de -16 grados.

- Se ha dicho muchas veces que un director es un dictador. ¿Lo ve así?

- Es un dictador entre comillas. Debe aunar en una sola inteligencia las formas de hacer música de quienes están delante. Tiene que convencer con argumentos.

- Durante muchos años ha dirigido bandas. ¿Cree que eso ha podido restar algo a su imagen porque una banda siempre se considera menos que una orquesta?

- ¿Por qué acepté dirigir la Banda de Madrid? Pues antes que yo la dirigieron Sorozabal y Arambarri y otras grandes personalidades. ¿Por qué no hacerlo yo? Los 16 años en dos etapas que pasé allí fueron estupendos. Hicimos obras complejísimas, como 'La consagración de la primavera', y grabamos un puñado de discos. No creo que eso me haya bajado de categoría, aunque quizá alguno lo piense.

- Como maestro, usted tenía fama de dejar exhaustos a los alumnos con clases interminables.

- Me entrego mucho, será por eso. Enseño como hacía conmigo Celibidache y él también nos dejaba agotados.

La figura del abuelo

Habla de sus alumnos con entusiasmo. De todos, los que han seguido carreras más exitosas y los que no se codean con las grandes figuras. Hay recuerdos de muchos de ellos por la casa. Unos bastones con empuñadura metálica que representan a distintos músicos, una elegantísima makila que le regaló Juanjo Mena, libros, fotografías... Y aprovecha para explicar cómo una vez, antes de un concierto, una violista le comentó preocupada que tenía tortícolis y entonces él aproximó al cuello una de sus manos, que se puso caliente e hinchada, y la instrumentista sintió un alivio inmediato. Es uno de los episodios 'inexplicables' de su vida, pero hay otros aún más sorprendentes, como la relación que tiene con su abuelo -un abogado que dejó la profesión por la música- y su abuela paternos.

- Una vez, haciendo un ejercicio de escritura automática, me salió la letra igual que la de mi abuelo, que era muy difícil de imitar. Y otra vez viví un episodio que me dio miedo. Estaba hablando con otra persona y me dijo que junto a mí estaba alguien que me quería mucho. No había nadie más, pero esa persona me describió con toda fidelidad a mi abuela, y no había razón alguna para que la conociera.

- Hablando de abuelos, me han contado que está disfrutando ahora con sus nietos pequeños lo que no pudo disfrutar con sus hijas.

- Tengo un nieto de 25 años que ha terminado Exactas y también estudió Música y ha hecho un Trabajo Fin de Grado que reúne ambas disciplinas. Y luego tengo dos más, de cuatro y dos años. Y disfruto mucho, sí. Con frecuencia voy a recogerlos al colegio.

- ¿Qué diría si alguno de esos nietos quisiera dedicarse de manera profesional a la música, pero al rock o el pop?

- Sólo hay dos tipos de música: la buena y la mala, y eso pasa en todos los estilos. A mí la música me gusta toda si es buena. Y los Beatles, por ejemplo, me parecen unos fuera de serie.

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