Otro género de violencia

Otro género de violencia

Las encuestas detectan más agresiones en las parejas homosexuales, pero no hay atención pública para estas víctimas. La lucha contra esa discriminación se topa con un problema: gais y lesbianas no pegan por machismo

INÉS GALLASTEGUI

Un hombre se suicida tras cortar el cuello a su exmarido (Adra, Almería, 2009). Un guardia civil mata a tiros en un gimnasio al novio que acababa de dejarle (Madrid, 2011). Una mujer asesina a su pareja sentimental, otra fémina, de una cuchillada en el corazón (Barcelona, 2017). Dos varones aparecen sin vida, cosidos a puñaladas dentro de un coche, y la Policía investiga un «crimen pasional» (Priego de Córdoba, 2018). Son titulares de homicidios cometidos en los últimos diez años por personas homosexuales contra sus compañeros o excompañeros sentimentales. Se trata, probablemente, de la punta del iceberg de un fenómeno -la violencia en el seno de parejas del mismo sexo- que apenas recibe atención mediática, carece de contabilidad oficial y no motiva la elaboración de leyes ni la puesta en marcha de programas de prevención, sensibilización social y protección de las víctimas. Porque es otro género de violencia. «Los datos son alarmantes y las víctimas no están denunciando», asegura Mariluz López, coordinadora de la confederación Colegas, que está llevando a cabo una encuesta nacional para conocer el alcance del problema.

Nadie sabe cómo de grande es el iceberg bajo el agua. A diferencia de los delitos cometidos por un hombre contra una mujer con la que mantiene o ha mantenido una relación, estos sucesos se clasifican en el mejor de los casos en un genérico 'violencia doméstica', un saco donde también están hermanos, hijos, padres o abuelos maltratados, si la pareja convive, y como 'acoso', 'lesiones', 'homicidio' o 'asesinato', si no lo hace.

En España hay pocos estudios que calibren el alcance de este fenómeno. El psicólogo Antonio Ortega encuestó para su tesis doctoral a 1.475 hombres gais y un 70% de ellos confesó haber sido víctima de abuso psicológico; un 43%, de violencia sexual; y un 27%, de maltrato físico. Dos sondeos realizados por la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB) encontraron que el 17% de los chicos y chicas LGTB y el 28% de los varones gais seropositivos habían sido agredidos alguna vez por amantes, novios o cónyuges. En una encuesta de la organización madrileña Cogam a 900 homosexuales, la mayoría féminas, un 30% admitía haber ejercido la fuerza contra su pareja.

Es cierto que puede haber defectos en la representatividad de las muestras y que no todo el mundo tiene el mismo concepto de 'violencia', pero los datos concuerdan con los estudios de otros países en, al menos, una cosa: hay más agresiones de todo tipo entre las parejas homosexuales de ambos sexos que en las heterosexuales.

¿Pero no era el machismo la causa de la violencia en la pareja? En un informe sobre el tema realizado por el colectivo Lambda de Valencia para la Secretaría de Estado de Igualdad, la socióloga Jenifer Rebollo y la psicóloga Beatriz Gómez aducen que hay varios mitos en torno a las relaciones homosexuales. Uno de ellos, el de la igualdad, según el cual «al no existir diferencia de género no existe diferencia jerárquica». Otro, el tópico de que las mujeres no pueden ser maltratadoras ni los hombres, víctimas; la realidad prueba lo contrario. Y aún hay otro más, recuerda Charo Alises, asesora jurídica de la FELGTB: «No es verdad que en las parejas homosexuales uno asuma el papel masculino y otro, el femenino. No es así».

Lo cierto es que la llamada violencia intragénero tiene muchas cosas en común con la de género. Algunas de sus causas son comunes, aunque en esta última el discurso oficial diga que el origen último es el «heteropatriarcado»: el desequilibrio de poder entre los miembros de la pareja -por cuestiones sociales, económicas o físicas-, los celos, la dependencia afectiva o financiera del compañero sentimental, el consumo de alcohol y drogas, la pertenencia a familias desestructuradas, los mitos del amor romántico o la falta de habilidad para resolver conflictos de forma pacífica.

Las actitudes entre agresores y víctimas también se parecen mucho. Casi siempre se produce una escalada que abarca desde las conductas de control hasta el asesinato, pasando por el insulto, la humillación, el acoso, el golpe y la paliza. Hay manipulación afectiva y 'luna de miel' tras cada episodio violento, y la víctima casi siempre intenta ocultar lo que ocurre.

Pero hay diferencias. La más importante es el 'outing'; es decir, la amenaza de 'sacar del armario' contra su voluntad a una persona que no lo ha hecho o en ámbitos donde eso puede perjudicarle, como su familia o su entorno laboral. Existe violencia relacionada con el VIH, como el chantaje a cambio de no revelar la condición de seropositivo a personas que no la conocen.

La 'homofobia interiorizada' -la asunción de actitudes negativas hacia la homosexualidad- hace a algunos gais más propensos a sufrir baja autoestima, sentimientos de 'auto-odio' o adicciones y, por lo tanto, más vulnerables al abuso, resaltan Rebollo y Gómez. Otras formas de maltrato son cuestionar la orientación sexual del compañero -«No eres una auténtica lesbiana/un verdadero gay»- o forzarle a exhibir manifestaciones afectivas en público.

Doble estigma

A la hora de buscar protección, recuerdan en Colegas, la persona maltratada se enfrenta a dos estigmas -como víctima de violencia y como homosexual- y, además, «no sabe si quien le va a atender (policía, funcionario, juez...) es una persona homófoba». A menudo, ni siquiera encuentra apoyo en su propia familia, que le rechaza por su orientación sexual.

Todos estos elementos específicos de la violencia intragénero son consecuencias de la 'LGTBfobia' y de la invisibilidad social, subraya Isabel González, psicóloga especializada y miembro de la asociación de voluntarios Arcópoli, que trabaja por la equiparación social y legal del colectivo. «Eso provoca una sensación de impunidad. Las víctimas se sienten desprotegidas», afirma.

Incluso hay miembros de esta comunidad que son reacios a airear la violencia intragénero, porque consideran que mancha la imagen de una minoría castigada durante siglos que está logrando con muchas dificultades ver reconocidos sus derechos -por ejemplo, al matrimonio- y normalizarse a ojos de la sociedad.

¿Qué ocurre cuando las víctimas piden ayuda? Las expertas recuerdan a un hombre que denunció a su novio, con el que convivía, al que el juzgado trató como si hubiera sido víctima de una paliza en la calle a manos de un desconocido; un chico que huyó de su maltratador y acabó durmiendo en un centro para gente sin hogar; o una mujer golpeada por su esposa a la que rechazaron en una casa de acogida para maltratadas. «No hay formación para entender este tipo de violencia en los servicios asistenciales ni en las instancias jurídicas», lamenta la abogada.

Las ONG quieren su propia Ley de Violencia Intragénero. «¿Cuántas más muertes en parejas homosexuales harán falta para que tengamos igualdad de trato y recursos con las mujeres víctimas de malos tratos?», se preguntaba hace unos años el Observatorio Español contra la Homofobia. Parece que algunas más: la ley de Igualdad LGTB, que incluía un apartado sobre violencia de pareja, sigue atascada en el Congreso y, aunque varias comunidades autónomas han aprobado las suyas, ningún organismo oficial se hace cargo todavía de la ayuda y protección a estas víctimas.