Ava Gardner, la pasión volcánica

Ava Gardner, la pasión volcánica
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La actriz disfrutó de años de juerga, flamenco y sexo en España, donde vivió episodios tormentosos con su marido de entonces, Frank Sinatra

ANTONIO PANIAGUA

Tuvo muchos amigos, pero a ninguno le fue tal fiel como al Jack Daniel's. Ava Gardner tenía ese raro don de volver locos a los hombres. Su marido Frank Sinatra la siguió desesperado dos veces a África. Noctívaga, procaz, indómita, hedonista y libre, Ava mantuvo un tormentoso matrimonio con La Voz. Se amaban como púgiles en el cuadrilátero. Eran salvajes y como tal se eran salvajemente infieles. «Si fuese un hombre -comentó Ava en cierta ocasión- nunca me enamoraría de mí», relata Javier Márquez en su libro 'Rat Pack. Viviendo a su manera' (Almuzara). Ava Gardner encarna como nadie el mito de la mujer adúltera y costumbres licenciosas, miembro de esa estirpe de actrices que despiertan la codicia masculina, como Brigitte Bardot y Marilyn Monroe.

Ava compartía lo que dijo una vez Rita Hayworth: los hombres se enamoran de Gilda y se despiertan a la mañana siguiente con Ava. «Es un sentimiento con el que me identifico totalmente», decía. Su figura es ahora recreada por el actor y director Paco León en 'Arde Madrid', que emite Movistar (ya se prepara una segunda temporada), con Inma Cuesta, Debi Mazar, Anna Castillo y Julián Villagrán en los papeles principales. La actriz, que estableció su cuartel general en Madrid entre 1955 y 1968, cambió la capital por Londres cuando el Gobierno empezó a reclamarle el pago de impuestos, que abonaba en EE UU. De nada sirvió apelar a la indulgencia del ministro Manuel Fraga Iribarne.

Ana Lavinia Gardner nació la Nochebuena de 1922 en Grabtown, un pueblucho tedioso de Carolina del Norte. El haber sido alumbrada en una fecha tan significativa la indignaba por la competencia que debía afrontar «con un tal Jesucristo», circunstancia que, estaba convencida, jugaba en su contra porque le quitaba regalos.

Ojos verdes

Era hija de Molly, una matriarca abnegada, y de Jonás, un granjero por cuyas venas corría sangre irlandesa y de quien Ava heredó sus bellos ojos verdes. La niña y sus seis hermanos eran «pobres como las ratas», como ella misma cuenta en sus memorias, 'Ava, con su propia voz' (Grijalbo Mondadori). A la familia le golpeó de lleno el crack del 29 y los Gardner las pasaron canutas. Durante cuatro años fue a la escuela con el mismo abrigo verde y el mismo jersey que su madre había comprado en unas rebajas.

Con apenas 26 años, después de dos efímeros matrimonios, uno con el clarinetista Artie Shaw y otro con el actor Mickey Rooney, conoció a Frank Sinatra, cuando ella era una estrella de Hollywood en pleno apogeo y él un cantante en caída libre. Se casaron en 1951.

Cuesta admitirlo, pero la Ava Gardner que debutó en el mundo del cine era muy pudorosa. «Aunque nadie se lo cree, yo llegué a Hollywood con una timidez casi patológica, era una niña campesina con los valores sencillos de una campesina». Ya era toda una celebridad cuando en 1946 había interpretado 'Forajidos' al lado de Burt Lancaster. Cuando España acogió las grandes superproducciones de Hollywood en los años cincuenta, un encolerizado Frank Sinatra se plantó en un Madrid en el que, pese a su ambiente relajado, reinaba una moral estricta, al menos de cara a la galería. Por ejemplo, los condones estaban prohibidos aunque se podían conseguir en el Rastro si se pedía una «funda para el paraguas».

Corría el año 1955 y el cantante de 'My way', consumido por los celos, quería poner orden en su vida y en la de Ava, quien se divertía con toreros en juergas flamencas. Mario Cabré llegó a componer unos poemas para la actriz y Dominguín relataba a todo el que quisiera escucharle que lo primero que hizo tras acostarse con ella fue salir corriendo a contarlo. Es solo una leyenda sin fundamento y que funcionó como broma privada entre Dominguín y Gardner.

Ya era archiconocida cuando rodó 'Mogambo' (1953), a las órdenes de John Ford. Por entonces ya había perdido la vergüenza. En una cena en la que estaba presente el gobernador británico en Uganda, el mítico director empezó a incordiarla preguntándole cómo podía ser novia del alfeñique de Frankie. «Anda, Ava, explícale al gobernador por qué estás casada con ese Frank que solo pesa 50 kilos». «Es fácil», contestó ella, «porque son tres kilos de Frank y 47 de polla».

Ginebra, champán y vino

'El animal más bello del mundo', como entonces la llamaban, eligió un país de comunión diaria, nacional-católico y dictadura férrea para desbarrar cuanto quiso. En la España del NO-DO pasaba inadvertida, aunque sus fiestas tumultuosas causaran más de un dolor de cabeza a su vecino, Juan Domingo Perón. En Tossa de Mar (Girona), donde rodó 'Pandora y el holandés errante' (1951), su desprejuiciado comportamiento desató rumores de un supuesto romance con el torero, actor y presentador televisivo Mario Cabré. No había tal cosa. Es cierto que se fueron a la cama, pero ella tenía muy mala opinión del matador, como confirma en su autobiografía. «Mario era un chinche español a quien se le daba mejor la autopromoción que el toreo o el amor».

Pese al sedicente idilio, Sinatra viajó a España para poner coto a la desaforada vida de su esposa. En Tossa de Mar, Ava exprimía las noches y difícilmente se mantenía erguida por culpa de las largas veladas de ginebra, champán y vino, bebidas despachadas en tabernas y tablaos de parrandas de bravo taconeo. Frankie estaba dominado por los celos. Estando juntos, se enzarzaban en riñas de gatos. Porque allá donde iban, fuera España, África, Australia o Inglaterra, protagonizaban broncas desabridas en hoteles y restaurantes, trifulcas alimentadas por la desconfianza patológica de ambos. Cuando La Voz aterrizó en El Prat, ya había perdido a Ava en gran medida. La actriz no estaba enamorada de Mario Cabré, pero si del flamenco, los toros y las juergas de madrugada.

Camino del bidé

El católico Sinatra había escandalizado a la opinión pública estadounidense cuando se divorció el 30 de octubre de 1951 de Nancy Barbato, una de las pocas personas que confiaban en que Frank sería un epígono de Bing Crosby. Apenas ocho días después se casó con Ava. La convivencia se reveló pronto un infierno. «Éramos fantásticos en la cama, pero de caminó al bidé comenzaban los improperios».

En Madrid, mientras trabajaba en la superproducción '55 días en Pekín', Gardner visitaba los bares de moda: Oliver, Whisky and Jazz y Chicote, así como los tablaos Zambra, Villa Rosa o la Pacheca. Ava era un alma levantisca y libérrima, pura lava en ebullición. Esta mujer socarrona, caprichosa y rural las sabía armar gordas. En el Corral de Manolo Manzanilla, el ayudante de dirección Perico Vidal contempló algo insólito. El escritor y periodista Marcos Ordóñez lo cuenta así en su libro 'Big Time: la gran vida de Perico Vidal' (Libros del Asteroide): «Allí podía subirse a una mesa, levantarse las faldas y ponerse a mear como si tal cosa. No exagero: yo la vi hacer eso varias veces».

Luis Miguel Dominguín, uno de sus amantes, conoció a Ava en Chicote. Él no hablaba inglés y ella apenas chapurreaba el español. De hecho, al fotógrafo Cano, que hizo buenas migas con ella, le llamaba a voz en cuello 'Coño'. Pese a que su matrimonio solo duró dos años, Frank y Ava se recordaban en la distancia. Cuando Ava murió en Londres en 1990 a los 67 años, en su mesilla había una foto de los dos besándose. Sinatra tenía en su casa más fotos de Ava que de su mujer de entonces, Mia Farrow. Por cierto, Ava también fue amante del padre de Mia, el director de cine John Farrow.

Ava descubrió que España era el lugar ideal para hacer lo que quisiera pasando inadvertida. En 1951 viajó a Tossa de Mar para filmar 'Pandora y el holandés errante'. Su relación con el torero Mario Cabré hizo que su por entonces marido Frank Sinatra se plantara en el aeropuerto del Prat para poner orden en su vida. 'La maja desnuda' (1958), la encumbró como mito sexual. Fijó su residencia en el número 11 de la calle Doctor Arce (Madrid), donde mantuvo encendidas disputas con su vecino Perón.