El florero del mundo

El jardín de Keukenhof recibe un millón de turistas al año. :: r. utrecht/
El jardín de Keukenhof recibe un millón de turistas al año. :: r. utrecht

La eclosión de 2,3 billones de tulipanes viste de rayas la campiña holandesa. El emblema neerlandés es, en realidad, una importación turca. Generó tal euforia en el siglo XVII que llevó al país a la quiebra

ICÍAR OCHOA DE OLANO

Conocemos sus vigorosos girasoles, sus lirios y sus amapolas; sus flores azuladas de maíz y sus flores blancas de almendro; sus myosotis, sus rosas rosadas y sus crisantemos amarillos. ¿Y los tulipanes? ¿Pintó Van Gogh las liliáceas que identifican a su país en cualquier rincón del mundo desde hace cuatro siglos? Paradójicamente, casi nadie los recuerda, pero lo hizo en al menos un lienzo y ya entonces los frutos de esos bulbos aparecían escrupulosamente separados por tonalidades: hileras amarillas, rojas, naranjas, rosas, blancas. La campiña holandesa continúa alumbrando vibrantes colores a rayas. Lo que impactaría al genial artista neerlandés sería comprobar la longitud actual de las franjas, convertidas en autopistas de pétalos que atraviesan el horizonte. Aquellos jardines domésticos son hoy una gran industria, la mayor en su género, y estos días se frota las manos. Se avecina una cosecha histórica de 2,3 billones de tulipanes. El florero del mundo luce en su máximo esplendor. Es el momento de contemplar el espectáculo antes de que las corten de cuajo para surtir el mercado planetario con ramos de esta flor nacional... importada.

A diferencia de Van Gogh, el tulipán no es un 'producto' genuinamente holandés. Su nombre encierra pistas concluyentes sobre su origen. Procede del francés 'turban', deformación del turco otomano 'tülbent', que, a su vez, proviene del persa 'dulband', que significa turbante. Con este origen etimológico, no resulta extraño que las raíces del emblema neerlandés se hundan en las lejanas sierras de Tien Shan, en Asia central. Se sabe que los jardineros del antiguo Imperio Otomano siempre las incluían en sus creaciones. Europa occidental las recibió con fascinación. Los Países Bajos no fueron una excepción cuando, a finales del siglo XVI, llegaron los primeros bulbos de los que brotaban aquellas flores tan extrañas y hermosas.

La historia más aceptada atribuye su introducción en el Viejo Continente a Oghier Ghislain de Busbecq, por entonces, embajador austriaco en el sultanato de Solimán el Magnífico y rendido admirador de las concentraciones de pequeños turbantes que adornaban sus posesiones. Algunos años después, el botánico flamenco Carolus Clusius dejaba su trabajo al frente de los Jardines Imperiales de Viena para ejercer de profesor de botánica en la Universidad holandesa de Leiden y emprendía la mudanza con unos bulbos en su equipaje.

David Howes Royal Floral Holland «Vendemos al resto de países más flores y plantas que maquinaria o gas»

Sin saberlo, portaba la simiente de los deslumbrantes y lucrativos campos de tulipanes que tapizan los Países Bajos. Resultó que su suelo arenoso ganado al mar, junto con sus largas primaveras de noches frescas, eran idóneos para esas plantas. Su cultivo se extendió rápidamente hasta convertirse en las primeras 'vedettes' de un sector que todavía hoy inyecta el 5% al PIB. Antes, eso sí, de aportar músculo a la economía nacional, el embrujo inicial por las flores turcas despeñaría al país por el abismo de la bancarrota.

La primera 'burbuja'

Clusius estudió los tulipanes durante mucho tiempo. Quería saber por qué algunos, lejos de ser monocromos, presentaban franjas de colores, pero hasta 1930 la ciencia no averiguó que se trataban de las secuelas de un virus provocado por el pulgón. Esa peculiaridad y su misterio dispararon su precio y su demanda a límites insospechados. A comienzos del siglo XVII, todo el mundo en Holanda los quería en su jardín. Daba igual lo que costara. Como prueba del delirio que desataron, se conservan documentos de la época de ventas de mansiones a cambio de un solo bulbo o de flores vendidas por el salario de quince años de un artesano bien remunerado. En 1623, una única semilla podía cotizarse a 1.000 florines neerlandeses, cuando los ingresos medios anuales de un ciudadano de a pie se limitaban a 150. Los beneficios de la 'tulipmanía' llegaron al 500%. Algo así como la euforia del bitcoin, pero vegetal. En 1637, la burbuja pinchó súbitamente, llevándose por delante a miles de familias burguesas y de clase media, hipotecadas hasta las cejas por emular los gustos florales de Sulimán. Pánico, quiebra, desolación.

La crisis de los tulipanes marchitó a todo un país. Sin embargo, no logró arrebatar a los holandeses el gusto por ellos y por las flores en general. Menos aún su afilado instinto comercial. Tanto es así que, cuatro largos siglos después de la bancarrota, Holanda es el quinto productor mundial de flores, después de Estados Unidos, China, Japón e India. Y se mantiene, con gran diferencia, a la cabeza del comercio global, con una cuota del 43% de las exportaciones. «El sector de la floricultura es una de las principales industrias de exportación de mi país, por delante de la maquinaria y el gas, lo que da una idea clara del espíritu empresarial holandés con un producto que, en buena medida, es de cosecha propia», destaca a este periódico David Howes, responsable de comunicación de Royal Floral Holland (RFH), una cooperativa que aglutina a cerca de 5.000 socios, entre productores y compradores, y que se ocupa de dar salida al 90% del producto con un sistema único: «Un mercado abierto donde todos los días los precios se establecen de manera transparente», enfatiza Howes.

La gran subasta de cada día

Se refiere a la mayor subasta mundial de flores, que se celebra a diario en Aalsmeer, una estratégica localidad de 30.000 habitantes situada a las afueras de Ámsterdam y a tan solo diez minutos de su aeropuerto. En su interior tiene lugar el intercambio del producto. ¿Cómo? Unos venden y otros compran, de manera que la cosecha pasa de productores a mayoristas, y así se casa oferta y demanda y se fija el precio mundial. La gigantesca cooperativa, titular de seis lonjas en todo el territorio neerlandés, se ocupa de dar salida cada día a 27 millones de flores y plantas, michas de las cuales proceden de Kenia, Ecuador, Etiopía y Colombia, los otros grandes exportadores después de los Países Bajos. Su destino es primordialmente Alemania, Reino Unido y Francia, países donde las flores frescas se consideran un artículo más de la cesta de la compra. El engrasado engranaje, en el que también encuentran su espacio los distribuidores, se salda cada final de año con una una facturación superior a los 4.700 millones de euros, dos veces el sector editorial en España.

Pero no todo es perfecto en el país que siempre huele a primavera. A la preocupación de Holanda por el desenlace del 'Brexit' -Inglaterra es su segundo mejor cliente-, se une la amenaza digital. «Cada vez hay más y más comercio directo, que pasa por alto la subasta, y más plataformas comerciales digitales, que representan un serio riesgo para el modelo de RFH», alerta Jonas Zwitserlood, responsable de comunicación de Florint, la organización internacional de floristas.

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