Una explosión creativa

Las figuras de Charles Nassar tocan el laúd, recogen caracoles o leen el periódico. También ha creado insectos y animales en los que a veces se intuye la sombra de la guerra. :: afp/ FOTOS:
Las figuras de Charles Nassar tocan el laúd, recogen caracoles o leen el periódico. También ha creado insectos y animales en los que a veces se intuye la sombra de la guerra. :: afp / FOTOS:

El libanés Charles Nassar ha creado esculturas con la metralla de las contiendas que han devastado su país en los últimos años. «Quiero crear belleza a partir de la muerte», dice

JAVIER GUILLENEA

La frase es contundente, es una de esas que uno no sabe si subrayar por si algún día hace falta en la sobremesa o enviarla directamente al psicoanalista más cercano para que haga su agosto con ella. «Detesto la metralla, pero al mismo tiempo la amo». Es que da que pensar, si hasta la habría podido pronunciar el mismísimo Rambo entre disparo y disparo o alguna de esas mentes atribuladas que pueblan las series de las plataformas digitales. Pero no han sido ellos quienes la han dicho. Ha sido un escultor y no como metáfora de mármoles que hay que rellenar de vacío sino como resumen de muchas vidas y muertes, las de él y los suyos.

Charles Nassar nació en Líbano en 1965, lo que quiere decir que ha visto de todo. El país sufrió una guerra civil entre 1975 y 1990 y después, en 2006, un nuevo conflicto por cortesía de Hezbolá e Israel. Entre unas y otras batallas, la república del cedro, el árbol que preside su bandera, quedó no solo para el arrastre sino también sembrada de los restos materiales del odio. El Líbano es aún hoy un vertedero de fragmentos de cohetes, metralla de obús y vainas de munición. No hay más que escarbar un poco para desenterrar un pasado tan cercano que da miedo tenerlo a la vista, no sea que vaya a despertar.

Es ese pasado el que atrae y repele a la vez a Charles Nassar, un hombre que huyó de una guerra que mató a muchos conocidos, entre ellos a su abuela, y que ha regresado dispuesto a rescatar los destrozos de un tiempo doloroso para transformarlos en un símbolo de algo parecido a la esperanza. «Estoy tratando de convertir el negro en blanco, algo negativo en algo positivo», explica.

Nassar quiere que los vestigios de la guerra recuerden una época pasada, la de la Suiza de Oriente Próximo, un oasis de prosperidad y tolerancia que él disfrutó antes de que todo se estropeara. En el jardín de su casa en Remhala, al sur de Beirut, este artista ha expuesto una serie de esculturas en las que representa con los restos de las municiones a los seres y las tradiciones que conoció en su infancia. Por un lado está su abuela recogiendo caracoles, no muy lejos su padre mientras ordeña una vaca y algo más allá otras creaciones encarnan a una mujer horneando pan o a un granjero cosechando trigo.

Son estampas idílicas de un tiempo perdido con las que Nassar, que aprendió de su padre la habilidad de unir pequeños trozos de hierro para componer figuras, no pretende reflejar la destrucción. Más bien todo lo contrario. «No quiero que la gente recuerde la guerra, lo que busco es crear belleza a partir de la muerte, mostrar la insistencia de seguir viviendo», afirma. Se trata, recalca Charles Nassar, de que «se comience a apreciar la metralla».

La idea, que en principio no parece demasiado motivadora, ha sido comprendida a la perfección por los libaneses que han desfilado por el jardín de Remhala para admirar los hierros que una vez sirvieron para matar y ahora componen figuras humanas que tocan el laúd árabe, el violín o leen el periódico como si aquella siempre hubiera sido la vida. Desde que comenzó a crear sus esculturas, que ya alcanzan las 250, Nassar ha participado en once exposiciones y ha recibido numerosas muestras de agradecimiento de organizaciones locales e internacionales. Su éxito ha sido fulgurante aunque no del todo sorprendente. En El Líbano pocos quieren olvidar.

Recuerdo vivo

La memoria de la guerra aún está muy presente en el país, donde muchas huellas de la destrucción han sido preservadas como recordatorio de los malos tiempos. En las calles de Beirut, en las que aún se pueden ver muros y edificios acribillados por las balas que nadie ha querido restaurar, se mantiene en pie la mansión Barakat, también conocida como 'casa amarilla', que sufrió graves daños durante los años violentos. Cuando llegó la paz, los intentos del Gobierno para derribar el inmueble fueron frenados por las protestas de los ciudadanos. En el edificio, que en algunas partes aún conserva su estado ruinoso, se ha instalado un museo que recorre la historia de la ciudad y, en especial, de la última contienda.

Tampoco Nassar quiere olvidar. Algunas de sus esculturas representan días apacibles, pero en otras asoma el rostro de la guerra, como en el gallo preparado para lanzar un misil, el caballo recién salido del Apocalipsis o los inquietantes pájaros que parecen aguardar su dosis diaria de cadáveres. «La metralla -sostiene el escultor libanés- forma parte de mi espíritu».