España y Portugal se ven las caras

Turistas se fotografían en el Monumento a los Descubrimientos, en Lisboa, con el puente 25 de Abril sobre el Tajo al fondo. :: armando franca/
Turistas se fotografían en el Monumento a los Descubrimientos, en Lisboa, con el puente 25 de Abril sobre el Tajo al fondo. :: armando franca

Tras casi cuatros siglos de una convivencia marcada por prejuicios y desconfianzas, 'toros' y 'gallos' se miran por fin de frente. Portugal está de moda.

Sabe qué partido gobierna en Portugal? ¿Quién es el presidente de la República? ¿Cuántos vecinos eminentes puede nombrar cuyo talento no esté ligado al balompié? ¿Y obras artísticas? ¿Conoce a algún escritor de ese país que no se apellide Saramago? ¿Sabe, al menos, un chiste de lusos? Un último esfuerzo de honestidad: ¿Podría contestar con mayor porcentaje de acierto si los interrogantes se refirieran a Francia o Gran Bretaña?

A pesar de la estrecha vecindad que confiere tener un mismo domicilio peninsular -desde 1640, nada menos- y de una frontera a la que ni siquiera la orografía se ocupa de imprimir consistencia, no les conocemos tanto como creemos. Menos aún aguantamos un asalto de parecidos razonables entre ellos y nosotros. Portugal, con algo más de 10 millones de habitantes y enfocada al Atlántico, y España, con cerca de 47 millones de pobladores y la atención repartida entre el Mediterráneo y la Europa del Norte, llevan mucho compartido: la gloria imperial de repartirse el mapamundi, tres monarcas durante las ocho décadas de soberanía española -de aquello su dicho «De Espanha nem bom vento, nem bom casamento»- y, sobre todo, el ancho desproporcionado de su espaldas. Centurias de condescendencia y postergamiento por parte del titular de la casa más grande -lo somos cinco veces más-, replicadas con natural recelo desde la estrecha franja oeste, que ahora parecen quedar atrás para por fin mirarse de frente y, en algún caso, descubrirse. ¿Cómo son?, ¿cómo viven?, ¿cómo nos miran?, ¿qué nos une?, ¿qué nos distancia?, ¿qué tipo de relación hemos construido?, ¿a cuál deberíamos aspirar?

Este periódico ha cruzado la frontera para recorrer el país del gallo, buscar respuestas y servirlas en una serie de cuatro reportajes que arranca hoy. De la Casa dos Bicos, el excéntrico edificio aristócrata que divorcia el barrio castizo de Alfama y el mar de la Paja, y que alberga la Fundación José Saramago, salen algunas. Su directora, Pilar del Río, se arrellana en una butaca del despacho rojo furibundo que su marido, el premio Nobel de Literatura, hizo para sí y que su fallecimiento, en 2010, le impidió estrenar. Con un deje granadino que ha nacionalizado portugués, la traductora del genio reflexiona sin analgesia. «La condescendencia del español, del que ya hablaban los autores españoles del XVIII y XIX, consiste en despreciar lo que no conoce. Ha habido un gesto altivo, de desdén un poco cateto hacia este país. Por fortuna, las vacaciones y los viajes se democratizaron y ya es difícil despreciarlo», satiriza. Entretanto, «los portugueses no tienen más remedio que mirar a España porque está ahí al lado y es muy grande. Pero la ven como un país más, como España ve a Italia, un país difícil para formar gobierno. Aquí sienten un vínculo extraordinario con Brasil; también con Francia, a la que le unen lazos culturales, o con Inglaterra, que es su diosa madre. Españoles y portugueses somos diferentes. Mucho».

«Son más respetuosos»

La periodista, una mujer de fachada frágil y convicciones graníticas, se aviene a trinchar la idiosincrasia lusitana con cuchillo y tenedor. Le observan la palabra 'Facilitar' impresa en un folio adherido a la biblioteca escarlata y un ejemplar de 'José Saramago. La consistencia de los sueños', de Fernando Gómez Aguilera, papelería con estatus de brújula existencial. «Interiorizan más. Dicen que son más melancólicos; yo digo que menos expresivos. Nosotros somos muy vehementes y la vehemencia, aquí, está controlada. Son más respetuosos, tranquilos, aminorados... Escuche el fado. Hay una forma más sosegada de estar en la vida y ellos la conocen y la practican. Por eso, cuando los españoles vienen en plan batalla -'Ya están los castellanos hablando fuerte', dicen- imponiendo normas y extrañándose de que no haya tapas en los bares, salen los demonios».

A tres kilómetros y pico de la Casa dos Bicos y del olivo exterior que da sepultura a las cenizas del más grande literato portugués, el economista y geógrafo urbano Joao Seixas se apunta al minucioso troceado de temperamentos íberos. Lo hace bajo el 25 de Abril -el puente de inequívoco sabor californiano que atraviesa el estuario del Tajo-, en LX Factory, un histórico complejo industrial reflotado como recinto cultural y artístico de vanguardia. Allí, la cooperativa intelectual que integra gestiona una animada librería para sibaritas de dos plantas. «Después de más de 500 años de historia por el mundo, los portugueses conocemos su complejidad. En la misma generación pasas del pueblo de tu abuelo a Río de Janeiro. Al mismo tiempo, estamos habituados a recibir a gentes de Francia, Pakistán o Bangladesh. Todo esto te torna más cosmopolita y te ablanda. Nuestra tolerancia es enorme. No tenemos partidos políticos extremos. Estamos acostumbrados a entender al otro».

La línea roja de los modales

Doctorado en Barcelona, este profesor de la Universidad Nueva de Lisboa admite que para muchos portugueses «la realidad española es muy agresiva. Allí, los de derechas son muy de derechas y los de izquierdas, muy de izquierdas. Cuando regresé de Barcelona me decían que me había vuelto muy duro porque soltaba cosas como 'esto es una mierda'. Aquí eso es impensable. Admito que lo contrario también», agrega. Si hay una línea que un portugués jamás cruza, esa es la de la ofensa personal. En 2007, cuando el país debatía sobre la despenalización del aborto -que se aprobaría finalmente ese año en referéndum-, el líder socialista protagonizó un sonado desliz al tratar de desautorizar para esa discusión a su oponente, conservador, porque «usted -le espetó- no tiene hijos». De inmediato, el político deslenguado se apresuró a pedirle perdón públicamente.

Seixas se enfunda el traje académico para rematar la forja de un pueblo «resiliente» y «reservado» -otros lo llaman resignado- «por culpa de tres siglos de Inquisición». «Portugal está hecho por el tejado. El Estado construyó la nación, y no al contrario. A cualquier tramo de frontera que vaya no encontrará cordilleras fantásticas ni ríos anchos. Pasa un monte en Alentejo o cruza el Miño y ya está en Extremadura y en Galicia, y unos y otros son hermanos. Tampoco es la geografía la que ha hecho este país. Ha sido la política. Por tanto, nuestro capital es político y cultural; como, por ejemplo, nuestra lengua. Aquí, el territorio, la ciudad, son hijos de un dios menor, no elementos centrales de progreso», remata el investigador antes de poner el dedo en la llaga. «España, por contra, no es una nación. Son varias. A diferencia de lo que ocurre allí, nosotros consideramos la identidad un concepto móvil, no estático, algo así como un edificio al que se van añadiendo plantas. Y a eso le llamamos progreso».

En el Nicola, la versión lisboeta del café Gijón de Madrid, el director del Instituto Cervantes, Javier Rioyo, da fe de que uno de nuestros asuntos domésticos que los lusitanos siguen en los medios de comunicación con más expectación -junto con las tribulaciones de la Casa Real- es, precisamente, Cataluña. «Digamos que existe cierta simpatía hacia algunos movimientos rupturistas», señala con cierta prevención. Esa querencia de algunos sectores por los nacionalistas catalanes parece anclarse 350 años atrás, cuando España se avino a reconocer la soberanía del país vecino tras una victoria, la de los restauradores portugueses, labrada en buena medida gracias a la sublevación de Cataluña, que obligó a concentrar allí al grueso de las huestes españolas. «Han sobrevivido ciertas defensas históricas hacia nosotros. Pero ahora hay más cercanía porque hemos cambiado nuestra actitud. Ya no venimos de manera tan arrogante», aprecia el periodista y cineasta. Bajo la piel lusitana, apostilla Rioyo, late un sentimiento de «orgullo tan arraigado como disimulado y más carácter del que pueda parecer».

Al otro lado de 'A Raia' (La Raya), esa línea casi imaginaria que dibuja un rectángulo vertical entre Galicia y la desembocadura del Guadiana, el embajador de Portugal en suelo español, Francisco Ribeiro de Menezes, despacha diplomacia y armonía. «Ambos países han comprendido sus pasados, viven un presente de entendimiento y trabajan juntos sus futuros. No hay recelos. A los portugueses les gusta España. Hay amistad, confianza, curiosidad y una estrecha relación económica y política». La idílica postal la suscriben todos los estamentos oficiales de un lado y del otro de la endeble frontera. «Que el primer viaje oficial del rey Felipe VI tras su coronación fuese al Vaticano y a Portugal, y que el del presidente Marcelo Rebelo de Sousa al tomar posesión del cargo fuera a la Santa Sede y a España, deja patente el interés que cada país siente por el otro». Así lo interpreta la vicepresidenta de la junta directiva de la Casa de Espanha en Lisboa. Hija de un portugués y de una española, y esposa de un gallego, Carmen Diniz-Fragoso conoce a fondo la «carga emotiva de años de indiferencias y de desconfianzas mutuas», pero también «el afianzamiento de la admiración con la que se mira a España» y «la estabilidad y la madurez que han alcanzado en su relación ambos países».

En el terreno ponderable de lo económico, la conexión hispanolusa se presenta incontestable. España se destaca como la gran referencia comercial de Portugal, a menudo ligada al sector de la automoción. Según los datos de la Cámara de Comercio e Industria Luso Española, el 7,16% de nuestras exportaciones y el 3,90% de las importaciones tiene como receptor y emisor a Portugal. En torno a 17.000 empresas españolas venden ya a Lisboa, Oporto y el Algarve, por 5.300 lusas que lo hacen aquí. La Agencia para la Inversión y Comercio Exterior de Portugal apuntala el tándem. 2.600 firmas mixtas que operan en ambos mercados -2.200 son españolas y 400, portuguesas- y 1.843 firmas nacionales trabajan (con un 50% del capital o más) al otro lado de la frontera. «El valor global de los activos en manos españolas supera los 90.000 millones de euros», certifica.

El fantasma de la invasión

El algodón tampoco engaña en materia turística. El toma y daca de visitantes marcha tan bien que la mayor aerolínea portuguesa, TAP, que acaba de inaugurar dos vuelos diarios entre Barcelona y Oporto, dispone ya de 142 enlaces semanales con 11 ciudades españolas. A cambio, las proyectadas líneas de AVE entre ambos países no parece que vayan a materializarse (la síntesis, a pie de calle, es que las enterraron los conservadores lusos sacando a pasear el viejo fantasma de que los trenes allanarían el camino a una invasión industrial de España).

«A partir de 2008, con la crisis económica, los españoles, que quizá no podían costearse otros destinos más lejanos, empezaron a descubrir mi país. Y encontraron calidad, modernidad y un patrimonio riquísimo», expone la directora de Turismo de Portugal en España, María de Lurdes Vale. «Hoy es raro encontrarte con un español que no haya estado aquí y España cada vez resulta más atrayente para los portugueses», agrega esta periodista, quien revela el éxito de una alianza bilateral: la promoción de Portugal-España como 'dos países, un destino'. «Nunca como en los últimos cuatro o cinco años ha habido una relación tan de cara a cara y de tanta comunicación entre nosotros. Pero no solo en materia turística. La artista Joana Vasconcelos está a punto de exponer en el Guggenheim de Bilbao, el museo Reina Sofía acaba de acoger una exposición de Fernando Pessoa, Portugal fue el país invitado en la Feria del Libro del año pasado... El interés mutuo es creciente. Le doy un dato: cuando llegué a España, hace cuatro años, la prensa española editaba 800 artículos al año sobre Portugal. En 2017 fueron 4.700».

En la Universidad CEU San Pablo de Madrid, el profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales Juan Carlos Jiménez Redondo contempla la bilateralidad desde un prisma más crítico. Más allá de acuerdos comerciales beneficiosos para ambas partes y del intercambio masivo de visitantes, el experto echa en falta «una estrategia de actuación coordinada» ante Bruselas por parte de dos países que, recuerda, «afrontan problemas similares». «Esa posición común, en un contexto de crisis y de 'Brexit', podría haber abierto una oportunidad de transformación de la Unión Europea. Que no haya sido así deja al descubierto los límites efectivos de su relación», valora.

Las mejoras aplicables a este eje vecinal no se ciñen solo, a su juicio, al ámbito europeo. Por el bien de la comunidad, Jiménez Redondo considera esencial que ambos países intensifiquen la cooperación transfronteriza, profundicen en los mercados ibéricos ya en desarrollo, promuevan una posición conjunta ante los desafíos de la globalización y sellen una alianza científica y técnica. «La vecindad ibérica no es sinónimo de una completa comunidad de intereses, pero existe un marco de objetivos comunes en los que se puede y se debe avanzar», concluye.

 

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