Emergencia global

La acción de las instituciones sobre el clima no debería recurrir al drama porque, a la postre, alimenta el fatalismo pasivo en vez de estimular respuestas viables

La Cumbre de Acción Climática que comenzará mañana en Nueva York reunirá a jefes de Estado y presidentes de Gobierno, científicos, empresarios y organizaciones ecologistas, en un momento en el que el mundo asiste a un auge de las reivindicaciones medioambientalistas mientras afloran indicios de desaceleración en la economía global. El objetivo declarado de la cumbre es «acelerar la implementación del Acuerdo de París» de 2016. La crisis financiera apartó de las agendas públicas las medidas avanzadas hasta entonces para la contención del cambio climático, de modo que la cita en la capital francesa no fue suficiente para sacudir las conciencias ante la emergencia principal del planeta. El temor a que ocurra algo semejante hoy estuvo presente entre los jóvenes que salieron el viernes a las calles de cientos de ciudades del mundo, y se reunieron en la sede de Naciones Unidas como preámbulo de la cumbre. Reducir las emisiones de efecto invernadero, eliminar los elementos orgánicos e industriales que contaminan mares y aguas fluviales, revertir la deforestación de la Amazonía, Indonesia y Siberia, sanear el medio ambiente en las conurbaciones, amortizar la actividad ganadera, y modificar los hábitos de consumo y movilidad, no pueden abordarse a través de medidas puntuales, sino que reclaman una profunda y urgente transformación de la economía en su conjunto. Ello cuando, al mismo tiempo, el desarrollo sostenible exige la acelerada digitalización de todo el entramado productivo y de distribución. La magnitud del desafío y su escala global se topa con estructuras de gobierno cuyos procedimientos y recursos humanos están muy lejos de poder hacerse cargo de tan descomunal e innovador compromiso. Por su parte, las cadenas de valor actuales en la industria y el consumo no han llegado más que a reservar algunos espacios de oportunidad a las iniciativas que pretenden atajar el cambio climático. Y la inversión en futuros requeriría una transformación total para hallar en la nueva economía climática opciones que atraigan el capital de sectores tradicionales. No es fácil conciliar los intereses sociales y económicos inmediatos con el ineludible esfuerzo por asegurar la viabilidad del planeta y del género humano como riesgos. Pero frente al 'negacionismo' interesado, la acción de las instituciones sobre el clima no debería recurrir al drama porque, a la postre, alimenta el fatalismo pasivo en vez de estimular respuestas viables.