EMBARAZO DE MENORES

El caso de la niña de 11 años embarazada en Murcia evidencia los fallos del sistema educativo

Una madre atiende a su pequeño en el piso de acogida que le ha facilitado la Fundación Madrina en Madrid/ALBERTO FERRERAS
Una madre atiende a su pequeño en el piso de acogida que le ha facilitado la Fundación Madrina en Madrid / ALBERTO FERRERAS
SUSANA ZAMORA

Acudió a urgencias con fuertes dolores en el abdomen. Esa era toda la información con la que contaban los médicos del Hospital Virgen de la Arrixaca (Murcia) hasta que, tras un primer reconocimiento, saltaron todas las alarmas. La paciente no estaba enferma, estaba embarazada. Habían transcurrido nueve meses y nadie se había percatado de su estado. Al desconcierto inicial siguió algo aún más inquietante. La gestante, de origen boliviano, era una niña de tan solo 11 años. Adiós a su infancia, a jugar con sus iguales, a ser inocente, a pensar con ingenuidad. Pero quedaba el sobresalto final. A falta de su confirmación por las pruebas de ADN, el padre del bebé sería el hermano de la menor, que contaba con 13 años en el momento de dejarla embarazada. Tras la conmoción, muchos se preguntan ahora qué ha fallado. «A veces juzgamos desde nuestra mentalidad occidental y hay núcleos familiares complejos, muy permisivos y que nos resultan difíciles de entender por sus equívocas relaciones. Por eso, tendrá que ser ahora la Administración la que intervenga. Está claro que jurídicamente, por acto o por omisión, los abuelos han incumplido con la función que tienen de velar por el correcto desarrollo de sus hijos», sentencia Javier Urra, psicólogo forense.

Más allá de las implicaciones judiciales (el padre es inimputable), los embarazos a edades tan tempranas conllevan serios riesgos físicos para la madre, porque su cuerpo no se ha desarrollado por completo, pero también sexuales. «Cuando se producen abusos en menores de esta edad, las secuelas de adulto son inevitables, como la pérdida de deseo y relaciones insatisfactorias. Además, las repercusiones públicas de estos casos llevarán a los menores a sentirse culpables y, posiblemente, a negarse el placer durante mucho tiempo», explica Francisca Molero, presidenta de la Federación Española de Sociedades de Sexología.

Para esta especialista, a esas edades no puede hablarse de prohibiciones o consentimiento, tal y como lo entienden los adultos. «Estos pueden valorar las consecuencias de un acto y actuar en consonancia; un niño no tiene conciencia del alcance de sus actos. A veces la relación sexual es un acto de comunicación y hay países en los que el incesto lo viven de otra forma». El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) reconoce en un informe que en los contextos más precarios, donde hay una clara dominación masculina, los embarazos adolescentes son provocados por coerción, incestos y violencia sexual en más del 20% de los casos.

Aunque excepcional por el incesto cometido, este caso ha sacado a la luz una realidad que sigue latente en España. Solo en la región de Murcia, se han registrado en el último trimestre otros dos partos de menores de 12 y 15 años, también de origen sudamericano. Los nacimientos de madres adolescentes no han dejado de producirse, aunque su evolución ha sido variable. Entre 1996 y 2008 se duplicó la tasa de fecundidad adolescente, pasando de 7,37 nacimientos por mil mujeres entre 15 y 19 años a 13,3. Entre 2008 y 2015, la tasa volvió a bajar hasta situarse en los 7,74 actuales, similar a las que se registran en la mayoría de países europeos. No son cifras alarmantes, pero sí resulta llamativo que los indicadores sean prácticamente iguales a los de hace veinte años.

Algunas menores buscan ayuda en instiruciones tras darles la espalda sus familias
Algunas menores buscan ayuda en instiruciones tras darles la espalda sus familias / ALBERTO FERRERAS

«Sigue siendo un fenómeno de cierta trascendencia social, que debe ser tenido en cuenta a la hora de establecer políticas públicas relacionadas con la salud sexual, la relaciones de género y los modelos de planificación familiar», advierte el último informe 'Relatos de madres adolescentes', elaborado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD). Precisamente, es en la falta de esas políticas para promover la educación sexual en las escuelas a edades tempranas y para dotar de ayudas a las entidades que sacan adelante a estas menores cuando sus familias les dan la espalda donde todos los expertos hacen hincapié para que las cifras se reduzcan y esta realidad no se convierta en un problema de primer orden.

Nadie duda a estas alturas del mayor conocimiento que tienen los españoles sobre el aborto, sobre los métodos anticonceptivos, del acceso fácil y generalizado a la información, de su mentalidad más abierta a la hora de abordar el tema de la sexualidad con sus hijos. «Pero información y educación no son lo mismo. En esta última se trabaja el respeto al otro, se aprende a entender la sexualidad desde una dimensión positiva y a gestionarla correctamente durante toda la vida. Si esto no existe y los modelos de referencia son la pornografía y la hipersexualización (presentación de los menores como miniadultos), a lo único que lleva es a una sexualidad mal entendida, con disfunciones y con consecuencias», advierte Molero.

«Están dispuestas a entregarse sin protección para no perder a su pareja» Anna Sanmartín Socióloga

En España, en el primer semestre de 2017, según datos provisionales del Instituto Nacional de Estadística (INE), dieron a luz 197 niñas de 15 años o menos. En 2016, ya con datos definitivos, fueron en total 454 (343 de 15 años; 100 de 14; 8 de 13 y tres de 12 años), una cifra inferior a la de 2015, en que se registraron 490 (392 de 15 años; 88 de 14; 9 de 13 y una de 12 años). El estudio realizado por el Centro Reina Sofía da algunas claves que explican estas cifras. Una de ellas, el adelanto en la primera relación sexual completa, que se tiene a los 16 años de media, cinco o seis años antes que en la década de los 60. «En general, tienen mayor conocimiento de los anticonceptivos, pero también una idea equivocada y perversa sobre las relaciones. Están dispuestas a entregarse a su pareja sin protección para no perderla», apunta Anna Sanmartín, socióloga y subdirectora del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud. La pérdida de la virginidad supone para estas menores alcanzar un nuevo estatus social y afirmar su identidad. Y en algunas ocasiones, el embarazo no es un accidente sino una «estrategia» para huir de un entorno familiar conflictivo, de ahí que el mayor número se dé en el seno de hogares desestructurados donde la joven no encuentra el apoyo ni el amor que demanda.

Una realidad que choca frontalmente con las jóvenes de clase media o con familias de altos ingresos, para quienes el embarazo y la maternidad siendo menores constituyen una «mancha de honor» y un obstáculo en los estudios y en las aspiraciones laborales. Lo perciben, según los sociólogos, como algo a evitar y, aunque tienen mayor y mejor acceso a los métodos anticonceptivos, ante un imprevisto, la solución de emergencia más recurrente es el aborto.

Los especialistas constatan que el embarazo adolescente es considerado un «problema grave» en las sociedades occidentales. Sin embargo, las secuelas dependerán de la edad. No es lo mismo a los 11 años que a los 16; de cómo lo viva la niña y de cómo responda su entorno, «si la apoya o la estigmatiza para siempre», apunta Amparo Romero, psicóloga infantil.

«Las secuelas dependerán de cómo lo viva la niña y todo su entorno» Amparo Romero Psicóloga

Varios estudios recogidos en el informe 'Relatos de madres adolescentes' confirman que la proporción de niñas que acaban siendo madres es mayor en zonas donde las carencias y las desigualdades sociales son más acentuadas. Aseguran los expertos que cuando buscan el amor fuera de sus hogares están dispuestas a pagar un alto precio por no perder a esa pareja en la que han encontrado lo que no tienen en casa. «Es la trampa del mito del amor romántico -agregan-. Asumen riesgos en sus prácticas sexuales, aceptando incondicionalmente los deseos de sus parejas (entre ellos, no usar preservativo) como medio para retenerlas y así sentirse queridas y valoradas. Están dispuestas, incluso, a soportar el maltrato pensando que el niño los unirá para siempre». Pero, a menudo, el sueño se esfuma en cuanto el embarazo es una realidad.

Mónica Vargas. Fue madre a los 15 años«Mi hijo ha sido padre a los 15; no valieron los consejos»

Su madre la tuvo con 15 años, pero en sus planes no estuvo nunca repetir la historia. Menos aún, que su hijo continuase con tal particular tendencia familiar. Pero ocurrió y hoy Mónica Vargas es, a sus 39 años, abuela de dos pequeños. Está encantada con sus nietos, pero lamenta que su experiencia no le haya servido a su hijo. «Al contrario de lo que me ocurrió a mí, que no sabía ni cómo se quedaba embarazada una mujer, yo hablé con mi hijo de los riesgos que corría de dejar a alguna chica embarazada si no utilizaba algún método anticonceptivo», recuerda Vargas.

Mónica, con su hijo pequeño, el mayor
Mónica, con su hijo pequeño, el mayor

Natural de Santa Cruz (Bolivia), vive actualmente en Málaga con su hijo pequeño de 11 años, que consiguió traer a España en 2017 tras conseguir la residencia. Desde entonces, reciben la ayuda formativa y psicológica de la asociación Arrabal con el fin de lograr una mejor integración del menor. Mónica no oculta su desconocimiento cuando se quedó embarazada con 15 años. Lo descubrió a los tres meses cuando aparecieron los vómitos y la barriga «empezó a estar rara». Aun así, no fue al médico hasta que estuvo de 6 meses. «Me sentía bien y no creí que fuera necesario. En Bolivia, los niños no tienen tanta información y si quieres asistencia sanitaria hay que pagarla. Por eso, y para que no atraviese por las mismas necesidades económicas que yo tuve cuando él era pequeño, le mando dinero desde España. Así puede pasarle una pensión a sus hijos y él puede continuar con la carrera».

Mónica no quiere que le pase como a ella, que la paternidad le trunque la vida y tenga que dejar su formación. Dice estar muy orgullosa de sus dos hijos y, sobre todo, de haber podido sacarlos adelante, pese a que tuvo que dejar los estudios y empezar a trabajar como cocinera. Lo que conseguía el padre de sus hijos no era suficiente para afrontar los gastos. «Mi primer embarazo lo recuerdo triste, no teníamos ni para comprar pañales ni leche», lamenta. Por eso, tiempo después y cuando su hijo mayor tuvo ocho años, lo dejó a cargo de su padre y se vino a España, donde ya vivía una prima, en busca de mayores ingresos. Aquí trabajó tres años como interna en una casa y reunió el dinero suficiente para regresar a Bolivia. «Cuando salí de mi país, la relación de pareja estaba deteriorada, nos pegábamos, pero quise darle otra oportunidad. Siempre valoré que nunca me abandonase cuando me quedé embarazada».

Mónica no oculta que deseaba tener otro hijo, «pero quería que fuera del mismo padre». Estuvo seis años en su país, intentando rehacer su vida con su pareja y el nuevo hijo, pero aquello no funcionó. Ahora se arrepiente de no haberse traído a su hijo mayor la primera vez que vino a España. «Es algo que él me reprocha como madre y no me lo perdono».

Jennifer. Madre a los 17 años y sin apoyo familiar«No estuvo en mi mente abortar»

Jennifer, con su pequeña de 18 meses
Jennifer, con su pequeña de 18 meses

En su caso no fue por falta de formación ni de información. Fue, simplemente, mala suerte. Falló el DIU y se encontró a sus 17 años con un embarazo imprevisto, que podía trastocar su buena trayectoria en el instituto y sus deseos de ser azafata o traductora en un futuro. El mundo le dio la espalda. El primero en hacerlo fue su pareja, con quien llevaba tres años de relaciones. «Cuando le di la noticia dudó de que fuera suyo y ahora con el tiempo pienso que fue una excusa como otra cualquiera para desentenderse de mí y de su hijo». Lo que Jennifer (nombre ficticio) nunca imaginó es que su madre la abandonara en una situación tan complicada. «Manteníamos una relación normal, pero el embarazo le vino muy grande y no lo aceptó nunca», recuerda. De la noche a la mañana, se encontró sola, porque tanto su madre como su hermano hicieron las maletas y regresaron a Nigeria.

Aunque nunca estuvo en su mente abortar, Jennifer confiesa que llegó a ir a una clínica, «pero solo para informarme», insiste. Asegura que en aquel folleto que le dieron había información sobre los riesgos de una interrupción voluntaria del embarazo, pero también había referencias a asociaciones que ayudan a madres adolescentes en situaciones de vulnerabilidad. Después de que su madre la echara de casa, no tuvo muchas opciones y buscó refugio en la Fundación Madrina de Madrid, una institución privada que proporciona pisos de acogida y talleres de formación para prestar apoyo a mujeres embarazadas y familias inmersas en graves dificultades económicas y emocionales. Hoy vive en uno de esos pisos de acogida, junto a su hija de 18 meses y otras compañeras en situaciones similares. En sus casos, al ser menores, están acompañadas las 24 horas del día por una trabajadora social. Estas profesionales son las que realmente saben de sus miedos y esperanzas, quienes las asisten y las orientan en sus momentos de flaqueza.

«En muchas ocasiones, se les dice a las menores que tienen que abortar porque el embarazo les va a romper la vida. Cuando llegan solas a la fundación es porque no tienen clara esa decisión. Llegan buscando información, otras alternativas a algo que en el fondo no quieren hacer. En cuanto les proporcionamos una salida, suelen seguir adelante con el embarazo», explica Alba Egido, trabajadora social de la Fundación Madrina.

Asegura que una de las grandes preocupaciones de las menores que llegan a la Fundación suele ser la ruptura familiar, por eso lo primero que hacen es contactar con sus padres para que recapaciten. «A veces lo conseguimos, pero en otras ocasiones no hay forma de que entren en razón y es cuando recurrimos a los pisos de acogida», declara Egido.

Apoyo altruista

Al shock inicial con que algunas llegan después de haber sido repudiadas y despreciadas por sus parejas se suma posteriormente la incertidumbre sobre su futuro, sobre cómo van a sacar adelante a su hijo y cómo podrán continuar sus estudios. En esa situación se vio Jennifer, que continuó asistiendo a clase durante la gestación. Pese a que en muchas ocasiones las menores embarazadas son víctimas del desprecio, en el caso de Jennifer fue todo lo contrario. «Recibí en todo momento la comprensión de mis profesores y tuve siempre mucho cariño de mis compañeros», asegura. Todo eso le ayudó a seguir adelante y actualmente completa sus estudios de Bachillerato. Reconoce que no es fácil llevarlos al mismo tiempo que cuida de su hija, pero para eso cuenta también con el apoyo de su 'madrina' particular. Carmen es una voluntaria, casada y con una hija de 12 años, que de forma altruista dedica su tiempo a acompañar a Jennifer, primero durante el embarazo y ahora cuidando de su bebé mientras ella estudia por las tardes. «Es muy gratificante. Sin duda, recibo mucho más de lo que doy. No todo lo que se hace en esta vida tiene que tener una compensación económica», afirma Carmen.

Dinero es precisamente lo que le falta a este tipo de instituciones, que en el caso concreto de la Fundación Madrina ha visto cómo la Administración le retiraba todos los apoyos. «Entiendo que porque no lo consideran un problema, pero luego sí que nos derivan más de 300 casos todos los meses», denuncia Conrado Giménez, su presidente. Mantiene que el problema de los embarazos adolescentes ha existido siempre pero se agudiza mucho más ahora por la falta de una información tutelada y de una estructura familiar sólida. «La figura de los padrastros y su papel en el nuevo modelo de familia es un factor de riesgo muy importante; pueden crear conflictos con los menores».

Mayrobi. Fue madre a los 12 añosfamiliar«He tenido que madurar muy deprisa»

La vida de esta joven dominicana no ha sido fácil. Actualmente tiene 22 años y, pese a su juventud, son muchas las experiencias que acumula, buenas y malas. Ella confía en que su historia de superación sirva de ejemplo a otros jóvenes. Cuando a los quince años vino a España con su padre y sus hermanos, tuvo que dejar a su hijo de tres años, que había tenido a los doce, con su madre en República Dominicana. Su objetivo siempre fue estudiar, trabajar y poder ahorrar, pero la relación con su padre empeoró y acabó yéndose de casa.

Fue una etapa muy dura. Estuvo en un centro de menores hasta que con 18 años, hace tres, llegó a Ymca, una organización internacional con planes de apoyo a familias y jóvenes en situaciones vulnerables. Tras entrar en un programa de emancipación para continuar con sus estudios, logró sacarse el grado medio de auxiliar administrativo, ahorrar y arreglar toda la documentación para traerse a su hijo a España. «Tenía 12 años cuando fui madre y he tenido que madurar muy deprisa, pero ha merecido la pena. Hoy tengo a mi hijo conmigo».

María Rovira. Fue madre a los 17 años«No descarto sacarme la carrera»

María Rovira confiesa que tiene una espinita clavada y que no descarta sacársela algún día: estudiar una carrera. Tras acabar sus estudios de auxiliar de Enfermería y de Farmacia decidió que ya no podía seguir cargando más económicamente a sus padres. Desde que se quedó embarazada con 17 años y, pese al enfado inicial, siempre le prestaron su apoyo. «¿Estás embarazada? No eres ni la primera ni la última; aquí estamos para ayudarte en todo lo que necesites», le dijo su padre al conocer la noticia.

Hoy, a sus 29, tiene un hijo de 12 años y «doy gracias a Dios porque nunca le ha faltado de nada», afirma María. «Ahora que ya es más mayor le digo siempre que no cometa el error que yo cometí y que primero tiene que asegurarse el futuro para que cuando tenga un hijo pueda darle lo mejor».

Sólo tiene palabras de agradecimiento para sus padres, especialmente para su madre, que dejó de trabajar para poder hacerse cargo de su nieto mientras su hija continuaba los estudios. «Me dijo: tú te has quedado embarazada pero los estudios no los vas a dejar. ¿Qué vida te espera el día de mañana si los abandonas?», recuerda.

María podía haber seguido estudiando y sacarse la carrera, tal y como deseaba y le insistieron los padres, pero le salió un trabajo pronto y decidió cogerlo. «Hay veces que pienso que si no me hubiera quedado embarazada habría ido a la universidad, pero luego miro a mi hijo y se me olvida todo. De todos modos, no descarto hacerlo algún día».

Cuando el médico le confirmó que estaba embarazada de tres meses, no podía dar crédito a sus palabras. «Llevaba con mi pareja tres años y tomaba la píldora con regularidad, por eso pensé que sería un error». Pero no; según le dijeron, un tratamiento con antibióticos pudo influir en la efectividad del anticonceptivo. En aquel momento se le vino el mundo encima, aunque gracias al apoyo de su entorno logró superar el bache.

Su madre llegó a pedir permiso en el hospital para que las hermanas de María (en aquel momento de 11 y 14 años) pudieran asistir al parto. «Quería que viesen lo que se sufre dando a luz y las consecuencias de quemar etapas anticipadamente. Les dijo: No os arruinéis nunca la vida», rememora María. Ahora, con la distancia del tiempo, asegura que una de sus hermanas, que actualmente tiene 26 años, «sigue traumatizada con mi parto; creo que por eso no se decide a tener hijos», bromea. «Sin duda, fue una lección de vida».

Lo que nunca pudo imaginar esta joven es que la historia se repetiría seis años después, cuando, tras fallar el DIU, volvió a quedarse embarazada sin buscarlo. ¿Qué ocurrió? «Me dijeron que tenía los ovarios poliquísticos y el útero en retroversión que pudo desplazar el dispositivo». La experiencia en esta ocasión ya fue muy diferente. «Mi nueva pareja me dijo: así tu hijo tendrá un hermano».

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