Nuestra educación sentimental

Fuimos niños de pueblo, oyentes, observadores, voraces lectores de todo lo que cayera en nuestras manos, cogiendo cada noche el sueño arrullados por el transistor, desclasados hacia arriba por el esfuerzo y el sacrificio, adolescentes que admirábamos a amigos mayores que volvían por vacaciones con el aura de la universidad y el progresismo

FELIPE SÁNCHEZ GAHETEmédico y escritor

Hace muchos años el diario ABC tuvo a bien publicarme un artículo que titulé: 'El triunfo de la izquierda'. En él comentaba un artículo de Muñoz Molina titulado 'Fotos de recuerdo'. El académico hacía en él acertadas reflexiones sobre la tortura, su iconografía y la capacidad de ciertas fotos para erigirse en símbolos de una época o, quizás, más en clave eisensteiniana –escojo al citado aposta–, de una epopeya. Todo ello colgado de la percha de las fotos de presuntas vejaciones –no sé por qué identificaba yo más con torturas lo sufrido por los prisioneros de la coalición– en, sobre todo, Guantánamo, que, para más inri, está en Cuba. Todavía no sabíamos nada de WikiLeaks, de Assange ni de los 'Iraq War logs' (investigación sin censuras sobre lo ocurrido en la guerra de Iraq).

Cuando leo a Molina disfruto con lo que me cuenta, de cómo me lo cuenta y, dada su edad y circunstancias, intentando averiguar cómo procesó lo que vivió u observó y cómo lo recuerda para después escribir después lo que yo tengo delante.

De casi la misma edad y extracción, espectadores o actores, quedamos muchas veces descabalgados, por razones puramente cronológicas, de los acontecimientos que han marcado los últimos cuarenta años, pues a muchos llegamos demasiado tarde o sucedieron demasiado pronto. Para nosotros, se entiende.

Claro que, cuando leo la edad de Rubalcaba, no me parece que la nuestra justifique nada. A este sólo le han faltado Ruano o Campmany en las necrológicas, pero ni siquiera la bandera de España cubriendo el féretro compensa la imagen que, inevitablemente, conservo de él, la de la frase «los españoles se merecen un Gobierno que no les mienta, que les diga siempre la verdad» de aquel 13 de marzo de 2004, durante la jornada de reflexión y con las sedes del PP acosadas por miles de personas de forma 'espontánea' al grito de «vuestra guerra, nuestros muertos».

Fuimos niños de pueblo, oyentes, observadores, alumnos aventajados de la realidad circundante, voraces lectores de todo lo que cayera en nuestras manos, cogiendo cada noche el sueño arrullados por el transistor, desclasados hacia arriba por el esfuerzo y el sacrificio, adolescentes con la esquizofrenia de elegir entre las pulsiones y las amistades de nuestra edad y entorno y la de estar y admirar a amigos –modelos a imitar– entre cinco y diez años mayores que nosotros y que volvían al pueblo por vacaciones con el aura de la Universidad y el progresismo, que fuimos pergeñando una autoeducación sentimental en la que se mezclaban en ausencia de cualquier taxonomía Brel y Camus, Machado y Serrat, Visconti y Fellini, el Carmina Burana, Stan Getz y Astrud Gilberto o ABC, El Correo de Andalucía y Triunfo… Vivimos en la facultad el apogeo de las siglas de ultra izquierda y de personajes como Isidoro Moreno o Pina López Gay o, supongo, sus álter ego granadinos. Esto marca, hasta el punto de que Molina, fascinado por el jazz o el cine, tan americanos, crisálida ubetense devenida en mariposa cosmopolita, no deja de ser en muchos de sus escritos otro triunfo más de la izquierda, entendiendo este en el mismo sentido que Gustavo Bueno: la izquierda ha fracasado, pero ha ganado una gran batalla, que la derecha se sienta incómoda por motivos éticos.

La impregnación levógira de nuestra conciencia es tal que si diseccionamos artículos como 'Fotos de recuerdo' siempre observaremos que los paradigmas de torturas, de brutalidad, de universales leyes de la infamia que acuden a su memoria –que no puede disociar de esa educación sentimental de la que hablábamos antes– no pueden ser otros que la foto de Kim Phúc y el napalm, el miliciano fotografiado por Robert Capa, la brutalidad de los soldados americanos y británicos en Iraq, la barbarie nazi contra los judíos, las dictaduras chilena y argentina, Guantánamo, Mengele, Auschwitz, nuestra Brigada Político-Social… sólo, y como de pasada, una alusión al frío de las celdas de castigo soviéticas, y el frío, claro, más atribuible a la latitud de Moscú que a la tiranía y el sadismo de un régimen.

Molina cada vez escribe mejor y, más maduro, es más ecuánime. Estoy igual de seguro de la no voluntariedad en la selección de los ejemplos del citado artículo como de ser epítome de la tesis gustaviana o ¿es que no hay en el siglo XX otras muestras de la infamia universal susceptibles de ser traídas a la memoria cuando escribimos de la tortura? ETA, los jemeres rojos, la URSS, Camboya, Cuba, Corea, la Checa, el Gulag, Paracuellos, Mao, Stalin o Castro son sólo un pequeño ramillete de los que se me vienen a la cabeza.

De todas maneras, que Molina, el cual como decía Iwasaki, conjuga como nadie la ambición del aprendizaje, la curiosidad por el estudio y el placer del conocimiento, escribiera 'Ventanas de Manhattan' y no 'Ventanas de Spásskaya', y prefiera el contrabajo a la balalaica, aún me hacen concebir esperanzas.