Las esculturas de la base de la cruz se caen a pedazos

La monumentalidad del Valle de los Caídos esconde un trampantojo. Las descomunales esculturas que rodean la base de la cruz, obra de Juan de Ávalos, se caen a pedazos. Haría falta recubrir las fisuras de que adolecen las piezas, pero hasta ahora las restauraciones han sido parches para salir del paso. La Piedad ha sido remozada, y las tallas que representan a los evangelistas y las virtudes teologales necesitan un buen repaso. Cuando no se cae el dedo del pie de un evangelista -que por sus dimensiones colosales adquiere el tamaño de un sillar-, se desprende un trozo de tablilla de una virtud. El penoso estado del conjunto escultórico ha obligado a la clausura del funicular que permitía acceder a la cruz.

La basílica sufre desde su inicio numerosas filtraciones de agua, que se pueden apreciar a simple vista. Sin embargo, no está claro a quién corresponde ejecutar las obras de reparación, si a la Iglesia católica, por tratarse de un lugar de culto, o al Estado. Prueba de la dejadez en que está inmerso el monumento es que, hace dos años, apareció al lado de la carretera la cabeza de San Juan, de grandes proporciones. La talla era obra de Juan de Ávalos, que esculpió a un evangelista viejo y de barba poblada. Al dictador Francisco Franco no le gustó la pieza, ya que se imaginaba a un San Juan joven y vigoroso, tal como lo describe el Nuevo Testamento. Por eso ordenó crear otra escultura más acorde con sus gustos. La gigantesca pieza desechada fue a parar con el tiempo a una cuneta y, ante las denuncias de este periódico, Patrimonio Nacional la retiró y guardó en un garaje del poblado del Valle, donde residen los trabajadores del organismo.

Adecentar el monumento costaría diez millones de euros, a los que habría que sumar otros tres para restaurar las esculturas de Ávalos, según las estimaciones que en noviembre de 2011 publicó la comisión de expertos creada al efecto, que apostó por una «resignificación» del lugar.

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