Chocolate amargo

Chocolate amargo

Los productores marfileños de cacao suelen desconocer el placer de los dulces confeccionados con su grano; una tableta cuesta el doble de su salario diario

GERARDO ELORRIAGA

El chocolate no endulza la vida de quienes proporcionan su materia prima. Quizás porque el grano que se deja secar sobre hojas de banano no tiene mucho que ver con la golosina en la que se transformará, posiblemente a 5.000 kilómetros de distancia, o porque el cultivo del cacao es uno de los negocios donde la injusticia del sistema económico internacional resulta más flagrante. Los ingresos del cultivador constituyen menos del 7% del precio de la tableta envuelta en papel de plata. Costa de Marfil y Ghana, países responsables del 60% de la producción mundial de cacao, han pedido a las grandes empresas del sector un precio estable para los proveedores en primera instancia, 2.300 euros por tonelada, y, de esta manera, asegurar determinados ingresos al eslabón más débil. Si no se llega a un acuerdo, las dos repúblicas del Golfo de Guinea amenazan con desabastecer a la industria. Tal vez debamos prepararnos para la interrupción o el encarecimiento de ese placer privado y culpable.

Los suizos consumen nueve kilos de media, mientras que puede que un campesino marfileño o ghanés no haya probado nunca este manjar, ya que la tableta cuesta en torno a dos euros, el doble de lo que gana al día un agricultor, y además las fluctuaciones del mercado agudizan su precariedad. Pero el chocolate es mucho más que un dulce irresistible. Se trata de un negocio de 90.000 millones de euros en manos de un oligopolio empresarial y nada se deja al azar a la hora de satisfacer los sentidos de los clientes occidentales.

La historia del cacao africano es una sucesión de paradojas. En realidad, el árbol procede de América, pero su extensión a la región subsahariana en el siglo XIX le ha convertido en el más importante suministrador mundial. Francia, la metrópoli, nunca se ha ido de Costa de Marfil, el principal proveedor, porque sus recursos eran demasiado importantes para dejarlos al albur de la política local. Así que recurrió a la figura de los consejeros, agentes que velaban por sus intereses, y el presidente marfileño Félix Houphouët-Boigny acuñó el término FrançAfrique, que explica la complementariedad entre el Elíseo y las repúblicas surgidas de su imperio colonial. París proporciona tropas y estabilidad a los regímenes fieles, y las empresas galas resultan generosamente favorecidas.

La avidez por el chocolate genera monstruos. El Gobierno marfileño creó en 1960 el Fondo de Estabilización y Apoyo de los Precios de los Productores Agrícolas, más conocido como Caistab, un organismo encargado de adquirir toda la materia prima a los campesinos a un precio fijo. El proyecto era muy ambicioso ya que suponía la nacionalización del sector y la conversión de la Administración en un poderoso intermediario en el comercio mundial. El organismo se convirtió en la mayor entidad nacional, pero también en una caja de caudales abierta para la clase política. La corrupción que generaba y, sobre todo, su inconveniencia para las empresas del sector precipitaron su fin a mediados de la década de los noventa.

El cacao llegó a constituirse en arma de guerra a principios del presente siglo, cuando el país quedó virtualmente escindido en dos territorios, el septentrional, controlado por Alassane Ouattara, y el meridional, bajo la férula del presidente Laurent Gbagbo. Este intentó mantener el control de las exportaciones, mientras que el avance de su oponente suponía la paralización del tráfico como medida para estrangular al régimen. El periodista canadiense Guy André Kieffer se citó en 2004 con un cuñado del dirigente para abordar las presuntas corruptelas de Gbagbo en relación con el cacao. Desapareció cuando acudía al encuentro y no se ha vuelto a saber de él.

Destrucción de la selva

El milagro económico que ha experimentado Costa de Marfil en los últimos años también está vinculado a ese millón de pequeños campesinos que cultivan el cacao o el café, pero que no suele degustar tazas de chocolate caliente. Pero ese auge se cobra una factura muy elevada. Además de la volatilidad de los precios, la demanda de tierras está cebándose con los últimos reductos de la selva tropical. El territorio se enfrenta a la devastación medioambiental.

El consumo compensa tales desmanes. La introducción de los hábitos occidentales y la emergencia de una clase media han impulsado la aparición de factorías que procesan el cacao y manufacturan genuino chocolate ivoriano, ya sea sólido o como crema untable. Pero, curiosamente, la producción resulta, por ahora, más un deseo de ofrecer una imagen de país que una realidad consolidada capaz de competir en el mercado con los productos importados. Los sabrosos bombones estriados de elaboración nativa alcanzan su mayor éxito en la 'duty free' del aeropuerto internacional, allí donde se venden los 'sabores auténticos' del país a punto de abandonar.