China, el 'terroir' del vino francés

Viticultora. La actriz y cantante china Zhao Wei posa con su primera cosecha de uvas en sus viñedos de Château Monlot, en la localidad de Saint-Hippolyte, próxima a Burdeos. / FOTOS: AFP / R. C.
Viticultora. La actriz y cantante china Zhao Wei posa con su primera cosecha de uvas en sus viñedos de Château Monlot, en la localidad de Saint-Hippolyte, próxima a Burdeos. / FOTOS: AFP / R. C.

Magnates orientales adquieren cientos de viñedos galos para convertirse en viticultores. Buscan tanto acrecentar su prestigio como invertir en una bebida cada vez más valorada en su país

PAULA ROSAS

El abuelo de Loïc y Jean-Luc Grassin compró en 1938 el Château Senilhac, una magnífica propiedad de 24 hectáreas de viñedos de la apelación Haut-Médoc, en la región de Burdeos, que funcionaba desde finales del siglo XIX. Los hermanos lo vendieron en 2017 al empresario chino Chi Keung Tong, que lo rebautizaba - para el estupor de los Grassin y gran parte de la comunidad bordelesa- como Château Antilope Tibétaine (antílope tibetano). El Château Tour Saint-Pierre ha pasado a ser Château Lapin d'Or (conejo de oro); el Clos Bel-Air, Château Grande Antilope (gran antílope); el Larteau, Lapin Imperial (conejo imperial). En la muy francesa y tradicionalista Burdeos, esta nueva ola es, simplemente, el 'horreur'.

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En la última década, más de 160 'châteaux', como se conoce en Francia a las fincas vitivinícolas, han pasado a manos de empresarios chinos. Entre ellos está Jack Ma, el propietario del portal de ventas Alibaba, y uno de los hombres más ricos del mundo, que cuenta ya con cuatro propiedades, o la actriz Zhao Wei, cuyo Château Monlot, de Saint-Émilion, se vende a entre 120 y 150 euros la botella. Muchos buscan la distinción y elegancia que les aporta en su país ser propietarios de un viejo viñedo de Burdeos. Pero, cada vez más, los compradores son profesionales con una excelente red de distribución que quieren asegurarse la producción, explica el consultor Olivier Darras, especializado en acompañar a viticultores franceses al mercado asiático. China se ha convertido en el primer consumidor mundial de vino. Si bien 'per capita' la cifra es aún modesta, en volumen general es astronómica: en 2018 el gigante asiático consumió más de 5.000 millones de litros, casi 2.000 millones más que el siguiente en la lista, Estados Unidos.

El magnate Zhang Jinshan y su mujer, en su viñedo bordolés.
El magnate Zhang Jinshan y su mujer, en su viñedo bordolés.

Compran, restauran e invierten en las propiedades, movidos por la pujanza económica de China y el desarrollo de una clase media superior que cada vez entiende más de vino y lo prefiere a la tradicional cerveza y el 'baijiu', el rey de los licores chinos. La mayor parte de la producción de estos nuevos inversores, en torno al 80%, va directamente al gigante asiático donde, para sus consumidores, «poner una botella de vino francés sobre la mesa se considera un signo de buen gusto, de calidad de vida, de estilo y finura. Alguien con un viñedo en Francia es directamente una persona honorable y respetada», revela Laurence Lemaire, autora de 'Le vin, le rouge, la Chine' (El vino, el tinto, China), que lleva seis años documentando la entrada de las inversiones chinas en el mercado del vino francés.

Los recelos locales se van aplacando al ver que cuidan los viñedos y restauran los 'châteaux'

Las uvas de la ira

El desembarco chino en la campiña vitivinícola francesa ha generado miedo y cierta hostilidad por parte de los bodegueros franceses. Los chinos no son, sin embargo, los primeros extranjeros en comprar viñedos franceses, ni mucho menos. Antes llegaron los estadounidenses, los ingleses o los belgas, a cuyo dinero las bodegas de Burdeos no han hecho precisamente ascos. En realidad, tampoco se lo hacen ahora al dinero chino. «Muchos pensaban que los chinos venían a copiarlo todo o a devaluarlo, hay cierto racismo en su actitud», confiesa Lemaire, quien explica que copiar un vino es imposible: «Puedes usar la misma técnica, el mismo ensamblaje, las mismas técnicas... pero el 'terroir' es inimitable. Desde el momento en el que lo haces en otro país, tienes un suelo y un clima distinto, el vino va a ser distinto también».

El 'chateau' de Chan Moueyes, en manos chinas desde 2012.
El 'chateau' de Chan Moueyes, en manos chinas desde 2012.

Ni se busca copiar, ni tampoco hacer algo peor. Pese al revuelo causado por el Conejo de Oro, sólo cuatro han cambiado el nombre a los viñedos. En su inmensa mayoría, todo sigue igual que antes. Excepto unos pocos que compraron sin saber que una finca de este tipo requiere de inversiones anuales -y fracasaron-, los nuevos compradores han mantenido los equipos franceses que ya trabajaban sobre las propiedades. Vienen, por lo general, tres veces al año, para los periodos técnicos de la vinificación y para la vendimia, y muy pocos -casi ninguno- vive en Francia. «Ver que han invertido en la restauración de los 'châteaux', que los campos están limpios y bien cuidados ha ayudado a calmar a los otros agricultores. Tienen dinero, así que intentan hacer un vino mejor. Arrancan las vides malas, plantan otras mejores, compran barricas nuevas... intentan siempre mejorarlo», relata la periodista.

Por el momento son propiedades en general pequeñas, entre 8 y 20 hectáreas que, como la mayor parte de las fincas en Burdeos, estaban gestionadas de forma familiar. En general emplean a unas tres o cuatro personas de forma permanente: un maestro bodeguero, un técnico y un secretario. Las altos impuestos de sucesiones y de herencia que se pagan en Francia han obligado a muchas familias a vender. «Hay viticultores que quieren jubilarse y no saben cómo, y otros que han legado el 'château' a sus hijos y, como estos no pueden pagar los impuestos, prefieren vender y repartirse el dinero», cuenta Laurence Lemaire.

El inversor hongkonés Peter Kwok, en su 'chateau' de Bellefont-Belcier.
El inversor hongkonés Peter Kwok, en su 'chateau' de Bellefont-Belcier.

Los hongkoneses, más próximos a la cultura occidental después de haber sido colonia británica, desembarcaron en Burdeos en 1997, y a partir de 2008 lo hizo el resto de la China continental. Las primeras inversiones se hicieron en Burdeos, «donde podían comprarse un bonito edificio y servir más a esa motivación del prestigio que otorga ser propietario de un viñedo», explica Darras. Sin embargo, cada vez más, las compras se realizan en el valle del Rhone, en la región de Languedoc-Rosellón o en el sudoeste, «quizás menos prestigiosas, pero que les permiten asegurar el aprovisionamiento de vino. Hoy el mercado chino está muy diversificado, ya no se vende solo el Burdeos, hay otras denominaciones que funcionan muy bien allí», afirma el presidente de Break Events.

El consumidor chino también ha cambiado. Si en un principio se restringía a las elites, «ahora el vino es cada vez más conocido y plebiscitado por las jóvenes generaciones, principalmente clase media-superior que tienen cada vez más medios económicos y que prefieren beber vino a la cerveza o el alcohol fuerte», señala el experto. Desde hace varios años, además, el Gobierno de Pekín ha fomentado el consumo de vino en detrimento del 'baijiu', un destilado a base de cereales que puede llegar a tener hasta 65 grados. «Se ha hecho por una cuestión de salud pública, para que los chinos beban menos, y también para utilizar ese cereal para la alimentación y no tanto para la destilación», explica Lemaire.

Pero Francia, afirman los expertos, ha sido solo la primera etapa. Los inversores chinos empiezan a implantarse en Argentina, Chile o España, donde en 2016 el grupo ChengYu se hizo con el 75% de la bodega navarra Marqués de Atrio. El grupo ha empezado ya a distribuir en los lineales de los supermercados el vino más vendido del mundo -chino, por supuesto-, el 'Noble dragón'. Como en Burdeos, hay mucha desconfianza todavía. Pero el dragón ha llegado para quedarse.