La caída de Assange

Julian Assange levanta el pulgar en el furgón policial en el que fue trasladado a comisaría, antes de ser puesto a disposición judicial. :: reuters/
Julian Assange levanta el pulgar en el furgón policial en el que fue trasladado a comisaría, antes de ser puesto a disposición judicial. :: reuters

La Policía británica detiene en la embajada de Ecuador en Londres al fundador de Wikileaks, la plataforma que difundió miles de documentos secretos de EE UU. Para unos es un héroe de la libertad de expresión. Para otros, un traidor

JAVIER GUILLENEA

Wikileaks lo anunció hace dos semanas en un tuit en el que aseguraba que los gobiernos de Quito y Londres habían llegado a un acuerdo para expulsar a Julian Assange de la embajada de Ecuador en la capital británica, donde permanecía refugiado desde 2012. También en Twitter, el ministro de Relaciones Exteriores de Ecuador, José Valencia, calificó de «insultantes e infundados» los «rumores» propagados por Wikileaks sobre el destino de su fundador. «Al emitir informaciones que falsean la verdad, el asilado y sus asociaciones expresan una vez más ingratitud e irrespeto hacia Ecuador, en lugar de mostrar agradecimiento al país que lo ha acogido desde hace casi siete años», añadió el responsable político.

Fue un desmentido airado y tajante que tampoco duró mucho porque poco después el ministro borró sus palabras, lo que no era sino una forma de admitir que algo había de cierto en lo que tanto se negaba. Al final, los «insultantes e infundados» rumores han resultado no serlo tanto: no hay que creer siempre en lo que sale en internet. Julian Assange, el hombre de 47 años que ha hecho temblar a las diplomacias de muchos países, fue detenido ayer por la Policía británica. Le espera ahora un destino incierto.

Poco después de que el Gobierno de Ecuador le retirara el asilo diplomático, un grupo de policías entró en la embajada ecuatoriana de Londres -«invitados por el embajador», según afirmó un portavoz policial- para detener a Assange. El fundador de Wikileaks no se lo puso fácil a los agentes. Siete de ellos se lo tuvieron que llevar en volandas hasta un furgón policial que lo trasladó a una comisaría. El hombre al que condujeron detenido era una persona envejecida por una larga barba blanca que no cesaba de gritar y que llevaba un libro en la mano. Se trata de 'History of the national security state', una recopilación de entrevistas al escritor Gore Vidal en las que se analizan los acontecimientos históricos en Estados Unidos «que llevaron al gran complejo militar, industrial y de seguridad y la cultura política que nos dio la 'Presidencia Imperial».

Hay quien ya ha interpretado que con este libro en la mano Assange trataba de enviar un mensaje a Estados Unidos, país que ha solicitado su extradición. En la publicación, Gore Vidal critica la política exterior de EE UU, la manipulación de votos y la corrupción en los medios de comunicación. «Creo que todo el mundo debería mirar con seriedad el mundo que nos rodea, recuerde que prácticamente todo lo que se le dice acerca de otros países es falso», dice el escritor.

La detención se produjo por la violación de la libertad condicional que se le impuso a Assange en 2012, año en el que las autoridades suecas emitieron una orden de arresto internacional contra él por agresión sexual a dos mujeres. Sin embargo, al llegar a comisaría el fundador de Wikileaks se encontró con una sorpresa. Según informó Scotland Yard, en las dependencias policiales fue detenido de nuevo «a petición de las autoridades de Estados Unidos», país en el que, si es extraditado, se enfrenta a una condena de cinco años de cárcel por piratería informática.

La gran filtración

En abril de 2010 el australiano Julian Assange se puso en el punto de mira del imperio americano tras difundir a través de su plataforma un polémico vídeo en el que soldados estadounidenses disparaban desde un helicóptero a civiles en Irak en 2007. Ese mismo año divulgó más de 90.000 documentos clasificados relacionados con acciones militares estadounidenses en Afganistán y cerca de 400.000 documentos secretos sobre la guerra de Irak. También tuvo tiempo para airear unos 250.000 cables diplomáticos provenientes del Departamento de Estado de EE UU. Estos papeles pusieron en ridículo a los líderes políticos de medio mundo y convirtieron a Assange en un adalid de la libertad de expresión y la transparencia.

Fue por esas fechas cuando comenzó a fraguarse su caída. En agosto de 2010 la Fiscalía sueca emitió una orden de arresto contra el fundador de Wikileaks por un cargo de violación y otro de abuso sexual supuestamente cometidos en Estocolmo. Assange, que vivía en Reino Unido, fue detenido en Londres y confinado en su domicilio de la campiña inglesa con una pulsera electrónica hasta que la Justicia decidiera qué hacer con él. El 19 de junio de 2012, tras un largo pulso de pleitos y apelaciones, se disfrazó de mensajero y entró en la embajada de Ecuador para pedir asilo. Desde entonces no había abandonado el edificio.

Assange quedó aprisionado en una jaula de oro sin poder salir al aire libre porque el inmueble no tiene jardín, pero al menos tenía la seguridad de que no sería encarcelado. El Gobierno ecuatoriano, presidido entonces por Rafael Correa, le concedió rápidamente el asilo ante «el temor de que sus derechos humanos puedan ser violados si es extraditado». Más tarde, en diciembre de 2017, le otorgó la ciudadanía ecuatoriana.

A falta de mayores alicientes, Assange desplegó una intensa actividad en las redes sociales. Desde la embajada apoyó el proceso independentista catalán -llegó a tuitear cada trece minutos sobre Cataluña- y trabajó con los suyos para seguir publicando documentos confidenciales. En 2016 difundió miles de correos electrónicos pirateados del Partido Demócrata y del equipo de Hillary Clinton durante las elecciones presidenciales. Esta filtración allanó el camino de Donald Trump a la Casa Blanca y provocó un cambio en la percepción de quienes le veían como un héroe. Ahora también hubo quien le consideró como un traidor egocéntrico.

El huésped ilustre se convirtió poco a poco en un inquilino incómodo para los propietarios de la embajada, que empezaron a desmarcarse de la actividad de su invitado. En realidad, ya estaban hartos de él y del gato que había comprado en 2016 para que le hiciera compañía. El hartazgo se hizo más que evidente cuando, en mayo de 2018, Lenín Moreno sustituyó a Correa en la presidencia de Ecuador. Fue entonces cuando Assange tuvo verdaderos motivos para preocuparse.

Tal y como había hecho Correa esporádicamente, el nuevo Gobierno cortó las comunicaciones de su molesto refugiado con el exterior y le impidió recibir visitas salvo las de sus abogados. También le impuso una serie de reglas internas para una mejor convivencia con el personal de la embajada. Assange, ya de por sí poco aficionado a la higiene, había empeorado en este aspecto durante su larga estancia en el edificio, por lo que las autoridades ecuatorianas decidieron tomar cartas en el asunto. Le exigieron que guardara unas mínimas normas de limpieza, especialmente a la hora de limpiar el baño, y le amenazaron con confiscarle el gato si no cuidaba de su «bienestar, alimentación e higiene».

En agosto de 2018 Lenín Moreno le ordenó « que deje de intervenir en la política y la autodeterminación de otros países», pero su invitado hizo oídos sordos. Fue esa una de las últimas gotas que colmaron el vaso. En un tuit, Lenín Moreno achacó ayer la retirada del asilo a «la conducta irrespetuosa y agresiva» de Assange, a «las declaraciones descorteses y amenazantes de su organización» y a la «transgresión de los convenios internacionales». En resumen, que no veían el momento de darle la patada.

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