Un arte muy privado

Edificio de Tabacalera, en el barrio madrileño de Lavapiés. :: guillermo navarro/
Edificio de Tabacalera, en el barrio madrileño de Lavapiés. :: guillermo navarro

La apertura de museos por fundaciones y particulareses ya un fenómeno global

GERARDO ELORRIAGA

A Damien Hirst, un exquisito analista de la condición humana, se le atribuye una definición del museo privado como el instrumento más cercano a la inmortalidad. El artista británico llegó a recomendar la creación de una colección y la construcción de un hermoso contenedor para exhibirla como prácticos recursos para alcanzar la posteridad. Quizá se trató de un comentario sarcástico en un mundo rebosante de egolatría, pero, de alguna manera, su ironía se ha vuelto contra él. El autor ha invertido parte de su inmensa fortuna en la adquisición de obras de Jeff Koons, Richard Price o Banksy, y ha comprado Toddington Manor, una fabulosa 'country house' que bien puede convertirse en una futura entidad cultural. En cualquier caso, su consejo ha calado. La aparición de museos privados es un fenómeno cualitativa y cuantitativamente relevante en un escenario de repliegue de la iniciativa pública, afectada por la recesión y la consiguiente reducción presupuestaria.

Esta eclosión resulta impresionante en China. El gigante asiático sufrió una enorme devastación de su patrimonio durante la Revolución Cultural (1966-1976) y la represión de cualquier iniciativa intelectual. Miles de obras de arte fueron destruidas y los autores eran paseados por las calles con carteles que denunciaban su indignidad contrarrevolucionaria antes de recibir la preceptiva reeducación. El fin de este ominoso periodo dio lugar a un proceso de signo contrario. Deng Xiaoping declaró que «enriquecerse es glorioso» y los más intrépidos siguieron a pies juntillas su mandato. Cuatro décadas después, los multimillonarios y los consorcios empresariales invierten parte de sus enormes fortunas en la creación de instituciones de toda condición. A finales de los setenta, el país contaba con apenas veinticinco museos y hoy suma más de 4.000 entidades.

Las instituciones chinas varían en su carácter, aunque la mayoría opta por levantar edificios vanguardistas firmados por arquitectos de primera línea. El Rockbund, uno de los emblemáticos de Shanghai, se sitúa en un edificio del entorno art déco de la ciudad y fue remodelado por David Chip-perfield, mientras que el complejo Fan Jianchuan Museum engloba nada menos que 26 centros con entidad propia sobre una superficie de 33 hectáreas. Su impulsor, un empresario inmobiliario que ha desarrollado su fulgurante trayectoria entre 1994 y 2003, parece ser un fiel seguidor del pensamiento de Hirst. En unas declaraciones a los medios locales, aseguró que la gente muere dos veces, una físicamente y otra, cuando se desvanecen los recuerdos. «Mis museos estarán aquí incluso después de que yo muera», explicó. «En ese sentido, gano la inmortalidad».

Algunas entidades han cerrado por las altas inversiones precisas para su mantenimiento

El 'boom' chino resulta excepcional, pero no se trata de una tendencia localizada geográficamente. Los individuos vinculados a la cultura han asumido un rol activo en todos los continentes Tal es el caso del hombre de negocios congoleño Sindika Donkolo, empeñado en la restitución del arte primitivo africano a su tierra de origen, o del alemán Jochen Zeitz, responsable del Museo Zeitz de Arte Contemporáneo. Este antiguo silo de grano, integrado en la trama urbana de Ciudad del Cabo, exhibe la mejor colección de arte africano actual.

La convergencia de maduros coleccionistas, procedentes de dinastías empresariales, y de jóvenes favorecidos por las nuevas tecnologías y la liberalización de economías estatalizadas, ha impulsado la aparición de todo tipo de entidades. El mundo ha cambiado. Chin-tao Wu, autora de 'Privatizar la cultura', recogía datos de los patronazgos norteamericanos y señalaba que, frente a la variedad museística, destacaba el perfil del consejero de las grandes entidades, que se correspondía, en la década de los sesenta, con un hombre blanco, mayor de cincuenta años, procedente del mundo de la banca y las finanzas y, curiosamente, de fe episcopaliana. La realidad es que, hoy, como en otros ámbitos, las mujeres más poderosas han tomado el relevo, y la diversidad étnica también se afianza con la gran presencia de sujetos procedentes de Asia, Latinoamérica y Medio Oriente.

La notoriedad de los fondos privados también es una realidad en España. El Thyssen fue un precedente de una corriente que se ha afianzado en los últimos años. La apertura de espacios impulsados por las comunidades autónomas, a caballo entre los dos siglos, ha dado paso a otros actores. «La mayoría de los países europeos en el siglo XX establecieron una política cultural ambiciosa financiada con dinero público. Esta tendencia está cambiando con la disminución de los recursos públicos en el siglo XXI. Afortunadamente, el patrocinio privado y muchas iniciativas han enriquecido la escena artística.

En España, en los últimos años, han surgido muchas iniciativas de alta calidad: Helga de Alvear ha instalado su colección en acceso público en Cáceres; la Fundación Sorigué en Lleida; Bombas Gens, en Valencia; y, por supuesto, el Centro Botín, que nos permite reforzar el programa de arte que la fundación Botín inició hace más de 25 años», explica Benjamín Weil, director artístico de la institución cántabra. «El nuevo edificio nos da más espacio y más visibilidad para presentar un programa de exposiciones de artistas del siglo XX como del siglo XXI, así como la muestra de una selección de la colección que vamos cambiando de manera regular».

Marcos deslumbrantes

La corriente se consolidará a lo largo de este año y los venideros con proyectos sujetos a la cesión de fondos privados y acuerdos con financiadores públicos que aportan bienes inmuebles y apoyos económicos para su sostenibilidad. Además de las mencionadas anteriormente, la Colección de Arte Contemporáneo de las Américas, que comprende más de 3.000 obras de pintura, vídeo y fotografía, de la venezolana Ella Fontanals Cisneros, se instalará en la Fábrica de Tabaco de Madrid y la turinesa Fundación Sandretto Re Rebaudengo prestará durante cincuenta años cien piezas de su conjunto a la nave 9 de Matadero, en la capital española.

La ambición de los grandes coleccionistas supera, hoy en día, a los grandes proyectos públicos. La colección de François Pinault, uno de los grandes magnates franceses, ha recurrido a marcos deslumbrantes, caso del Palazzo Grassi y Punta della Dogana en Venecia, e itinerancias por todo el mundo. Su último objetivo es reinar en París gracias a la rehabilitación de la Bolsa de Comercio, un edificio de planta circular rematado por una cúpula que fue erigido en el siglo XVIII. El hijo pródigo, que no pudo llevar a cabo un anterior intento de disponer de una sede en la capital, disfrutará de un regreso triunfal ya que el museo, rehabilitado por el arquitecto japonés Tadao Ando, se encuentra junto a Les Halles, a quinientos metros del Louvre.

También se dan lecturas críticas de este proceso. «Hay un repunte de la iniciativa privada porque la pública no está ahí», advierte Chus Martínez, historiadora y directora del Institute of Arte del FHNW Academy of Arte and Design de Basilea. «Soy una gran defensora de la presencia pública porque, aunque no lo parezca, juega todos los intereses, todas las bandas, es plural y siempre ha querido responder a las preguntas que se hacen en el parlamento o se plantean en los medios de comunicación. Los proyectos privados no tienen que responder a todo eso. Aquí el 'feedback' entre institución y ciudadanía es completamente distinto, pero también hay que ver caso por caso y analizar el contexto. Unos son más gloriosos que otros, y algunos incluso disponen de programas de residencias, actividades e investigación».

El problema, a su juicio, radica en el intento de que las instituciones públicas asuman objetivos que no les competen. «Que luchen por la visibilidad social, por el prestigio y los millones de visitantes», apunta y señala que su misión es otra, apostar por el estudio y la documentación, «lo que no hace la privada porque no resulta rentable».

El auge de los coleccionistas también implica otros riesgos. Los millonarios aspiran a un museo que lleve su nombre y abandonan otras funciones que, tradicionalmente, les estaban asignadas, como el auxilio del sistema público, habitual en el sistema anglosajón. En EE UU, donde han tenido un valor germinal, se mantienen las cuantiosas aportaciones de coleccionistas de grandes dimensiones, como Steve Cohen y Leon Black, comprometidos con la ampliación del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMa). No obstante, estas prácticas, que convierten según Chin-tao Wu a las beneficiarias en 'agencias de relaciones públicas' han perdido atractivo frente a la atractiva posibilidad de gozar de su propio museo. «Eso solo habla de nuestra mala salud democrática y pública», advierte Martínez. «Si el prestigio estuviera en los públicos no sucedería. Al perder músculo, es más fácil hacer la competencia y hay quien asume que tiene una relevancia casi gubernamental».

Pero la ambición, a menudo, no permite una medida de sus propias fuerzas. El sistema museístico implica un enorme desembolso inicial y exige aportaciones continuas para garantizar la conservación de las obras, el trabajo curatorial y la puesta en marcha de exposiciones temporales. La perdurabilidad es un reto y el abultado volumen de altas también se enfrenta a la baja de algunas encomiables instituciones. Michel Leveau, un alto ejecutivo francés, falleció hace siete años y no pudo ser testigo del triste final del Museo Dapper, su aventura cultural. Su déficit ha acabado con tres décadas de existencia y sus 2.000 obras de arte africano serán exhibidas, probablemente, en EE UU.

El ímpetu permanece, a pesar de estos contratiempos y la agenda de nuevas entidades artísticas abunda en promotores con nombre, apellido y elevada renta. El Museo Nacional de Qatar o la extensión del Pompidou en Shanghai comparten protagonismo con propuestas tan dispares como la de la filántropa polaca Grazyna Kulczyk y su Museo Susch, situado en un antiguo monasterio medieval de los Alpes suizos, o el proyecto GES-2, radicado en una antigua central eléctrica de Moscú reconvertida por Renzo Piano y que cuenta con la financiación del multimillonario local Leonid Mikhelson. El afán por vencer a la muerte a través del arte persiste.