La importancia de contar guisantes

EN varias ocasiones, en las aulas de Biología de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Extremadura he planteado a los alumnos un debate sobre la necesidad de inversión en las denominadas 'Ciencia básica' y 'Ciencia aplicada'. Por la primera, también llamada investigación básica o fundamental, entendemos aquella investigación que no tiene un fin práctico inmediato y su finalidad es incrementar el conocimiento sobre un tema en concreto. En cambio, la 'Ciencia aplicada' tiene como objetivo resolver un problema u obtener una aplicación práctica en un tiempo más o menos corto. En esta dualidad 'básica vs. aplicada' es llamativa la concepción que tiene la sociedad de la misma y sobre la necesidad de inversión de dinero (público y privado) en investigaciones de uno y otro tipo, especialmente en una época de crisis económica y recortes presupuestarios como la que estamos viviendo. En muchos casos, al no ofrecer beneficios socio-económicos inmediatos, los mismos alumnos universitarios ven la investigación básica como un mero ejercicio de curiosidad por parte del científico, mientras que resaltan la importancia de la ciencia aplicada al obtener una aplicación para su 'smartphone' o lograr una vacuna inminente para el SIDA. Tras un intenso debate, y cuando piden la opinión del profesor, siempre respondo lo mismo: «Una de las investigaciones que salva más vidas en el siglo XXI se fundamentó en contar guisantes amarillos y verdes». Efectivamente, los estudios del monje austriaco Gregor Johann Mendel en el siglo XIX consistieron en cruzar semillas de guisantes de distintos colores y diferentes rugosidades en el huerto del convento agustino de Brno, anotando cuidadosamente los resultados de esos cruzamientos y sentando las bases de la herencia genética. Aunque sus descubrimientos fueron olvidados durante más de treinta años, hoy en día nadie duda de la vital importancia de sus hallazgos en nuestras vidas. El diagnóstico y tratamiento de enfermedades hereditarias, el desarrollo de vacunas y medicamentos y la producción de alimentos para abastecer la creciente demanda no serían posibles sin las Leyes de Mendel. De manera similar, si tomásemos cualquier artículo en el que se mostrase el más novedoso adelanto tecnológico o el último hito en la lucha frente a cualquier enfermedad, comprobaríamos que la gran mayoría de las referencias bibliográficas esenciales para el desarrollo de esa investigación pertenecen a la denominada ciencia básica. Por ejemplo, los estudios sobre la biología de una bacteria en las termas del Parque Nacional de Yellowstone permitió desarrollar la técnica de la PCR, gracias a la cual tenemos mejores tratamientos para combatir el cáncer, el Alzheimer y el Parkinson.

Pero, ¿es realmente rentable invertir en ciencia básica? La ciencia básica es el sustento de la ciencia aplicada, los cimientos sobre los que se sostienen el desarrollo tecnológico y los avances de la sociedad. Sin ciencia básica no hay ciencia aplicada ni progreso posible, al igual que no se puede empezar a construir una casa por el tejado. Como decía el argentino Bernardo Houssay, premio Nobel de Medicina, «no hay ciencia aplicada sin ciencia que aplicar». En un estudio de 2013 publicado en Plos One se analizó la correlación existente entre datos del Banco Mundial sobre crecimiento del PIB per cápita y publicaciones científicas de países de ingresos medios, concluyendo que la productividad en ciencia básica predice el crecimiento económico de los países en los siguientes cinco años. Por el contrario, la inversión exclusiva en tecnología, sin inversión en ciencias básicas, alcanzó muy poco desarrollo económico. El desarrollo científico de un país es la causa y no la consecuencia del desarrollo de los países. Desgraciadamente, la visión mercantilista del mundo en el que vivimos, donde todo aquello que no aporte un rédito económico inmediato queda a un lado, parece haber calado en nuestro país, trayendo profundos recortes en investigación. Además de estos ajustes, gran parte de los fondos públicos destinados a investigación básica han sido trasvasados a la I+D+i privada, basada casi exclusivamente en objetivos empresariales. Con estas directrices de política científica corremos el serio peligro de quedar como un país rezagado en ciencia e innovación, obligados a comprar ciencia y tecnología a países que dedican un elevado porcentaje del PIB en investigación fundamental como Suecia y Finlandia. Países en los que, irónicamente, hay un número cada vez mayor de científicos españoles desarrollando investigaciones de calidad.

El siglo XXI ha traído consigo nuevas amenazas para la salud del planeta. El auge de la malaria y de otras enfermedades emergentes, el cambio global o el reciente brote del virus Ébola han causado ingentes pérdidas y una gran alarma social. ¿Cómo afrontar estos retos? Logrando un equilibrio entre investigación básica y aplicada. Estoy convencido de que el próximo gran avance en la lucha contra el cáncer y la vacuna contra el virus Zika vendrán de la ciencia básica. Y aunque vivamos en la era de internet, del 'cocinar en 10 minutos', del 'ahora', donde todo lo que no sea rendimiento inmediato se considera inútil, debemos saber que la investigación básica que desarrollamos hoy salva vidas. Que es el motor que impulsará los avances del mañana, repercutirá en toda la sociedad y contribuirá al progreso de la humanidad. Y para ello nada mejor que seguir «».