No hay flores en la tumba de Virginia

Blasco, el enterrador, abre el  panteón donde se enterró a  doña Virginia. No hay ramos  de flores. :: óscar chamorro/
Blasco, el enterrador, abre el panteón donde se enterró a doña Virginia. No hay ramos de flores. :: óscar chamorro

Legó su fortuna millonaria para pagar los estudios de los niños de Valverde de Júcar, pero murió sola. El portero descubrió el cadáver por el olor. A su entierro fueron quince vecinos, pero a la lectura del testamento asistieron cientos. «Era muy suya»

FRANCISCO APAOLAZA

Blasco es el enterrador y tiene unas manos tenaces y leñosas con las que mueve una losa de mármol blanco. Por esa escalera se baja a la oscuridad de un panteón. Dentro, cuatro dedos de agua en el suelo y quince nichos. El último en llenarse no tiene aún lápida con nombre. Los que están vacíos se quedarán así para siempre, pues la familia se ha extinguido. El final de una estirpe duerme en el cementerio municipal de Valverde de Júcar (Cuenca), un municipio a medio camino entre Valencia y Madrid que azota la ventisca. Copos ligeros y anchos juegan entre las lápidas y se funden al impactar sobre el metal de las cruces. La última en entrar en ese panteón fue Virginia Pérez Buendía, de 86 años, menuda, quizás huraña, muy suya y muy rica, que ha legado su herencia para las becas de estudios de los jóvenes del pueblo. Su fama va en aumento.

El testamento

La fundación

Las becas

Se enteró de su muerte el portero de su piso de Madrid por el mal olor. A su sepelio asistieron quince contando con los ayudantes del enterrador, pero en la lectura del testamento no se cabía. No hay una sola flor a los pies de su tumba, solo la nieve que comienza a cuajar sobre el ángel de piedra, y que dota a la escena de un aire de desolación definitiva.

Una sombra injusta se presiente en las conversaciones y se arrastra entre silencios y eufemismos en la barra del bar: «Ya sabes, así son los pueblos, hay mucha envidia.», sugiere Oliver Pérez. Pasó lo siguiente: Virginia Pérez Buendía era la última de una de las familias más pudientes de un pueblo que en su día fue próspero. Hermana de cuatro, todos sabían que dormía sobre mucha pasta y la donó a un municipio con el que no se llevaba nada bien.

«Tenían mucho. En tierras, en acciones, en propiedades y ese piso de Madrid frente al Congreso. No sé cuánto. Mucho. Muchísimo», se aventura Francisco Castillo, director del colegio de la localidad. En la calle se habla de hasta diez millones de euros, un patrimonio que habría crecido al calor de una de las cuatro fábricas de harina del pueblo, un edificio que hoy sigue en pie, pintado de color crema, proporcionado, bello y vacío, como la cáscara del huevo de oro del pasado.

Un silencio de 32 años

Allí vivía Virginia a ratos, cuando no estaba en Madrid. A la muerte del último de sus hermanos, en 1983, la mujer, soltera y sin hijos, había firmado un testamento en el que donaba todo para que ningún chaval del pueblo se quede sin estudios. Tardó en hacerse efectivo 32 años, en los que, bromas del destino, vivió entre la frialdad de los propios vecinos. En ese tiempo, muy pocos hablaban con ella. «Era una mujer muy estudiada, que sabía estar, pero muy suya. La contactaban los que trabajaban con ella y poco más. Los demás, usted sabe. Desconfiaba porque temía que se le arrimaran por el dinero y si venía o se iba, el pueblo ni se enteraba. A veces la veían en la compra y vestía de esa manera... No diría que estrafalaria, pero sí dejada, con sus botas anchas, sus pantalones de cuero y su todoterreno. Hoy le están más agradecidos», explica Arsenio Triguero, el párroco y uno de los albaceas de la futura fundación.

En su finca se celebraban fiestas y reuniones de aficionados a los coches de época y pese a ello parece que Virginia no era la alegría de la huerta, pero, ironías de la vida, después de su gesto tiene aún fama de tacaña. En el bar de la plaza del pueblo -dos o tres mesas, cafés y ensaladillas-, Nacho recuerda aquél verano de la niñez en el que la señora le encargó las carpas que pescara para echárselas a los gatos. «Se las llevamos todos los días. Ya hacíamos cábalas de qué hacer con el dinero y el último día nos dio un chupachups, un corcho para pescar y un anzuelo».

Oliver Pérez y su padre Justo trabajaban para ella como albañiles y ayudaron a enterrarla en una soledad terrible. Recuerdan que pagaba bien y que quería mucho a su mastín. «Una vez se cayó a un pozo y ella se tiró detrás».

La historia es esquiva para Valverde de Júcar, que antaño era una de las cabezas de la comarca. En el 58 vivían allí 4.800 personas, pero construyeron el embalse de Alarcón y 400 familias se largaron cuando llegó el agua. Hace un par de años cerró la última fábrica de puertas y fueron a la calle 150 obreros. La antigua N-3 Madrid-Valencia, que trajo tanta riqueza, ahora termina en el fondo quieto del pantano, como una metáfora del final de una carretera, de una época, de una familia y quizás de un pueblo.

Hoy sobreviven gracias a la agricultura 1.200 vecinos, algunos a duras penas. En el colegio que dirige don Paco estudian 85 chavales. Quince reciben becas de la Junta de Comunidades para los libros. «A muchos les puede cambiar la vida. Esto es una bendición», agradece el director. En la peluquería, cuando Marisa Herranz hace cábalas, le asoma media sonrisa. Imagina a Lucía, su hija mayor, de 17 años, estudiando en el extranjero. «Ahora tenemos miedo de no poder pagarle la carrera». Si le preguntan por sus sueños, a Lucía le gustaría estudiar Farmacia en Londres, una idea que ahora no es tan descabellada. «Quién sabe».

«Decepcionados»

Virginia murió en soledad en su piso madrileño y se supo porque el portero de la finca, alarmado por el mal olor, llamó a la policía, la policía al juez y el juez a la funeraria. En Valverde de Júcar tardaron dos meses en saber que la herencia sería para los estudios de Lucía y los chavales que lo necesiten. En ese tiempo, la noticia de que la señora había fallecido sin descendencia y que el pueblo iba a pillar cacho corrió como un cohete enloquecido. «Hasta llamó gente para empadronarse, por si acaso», cuenta el albañil Justo Pérez, que recuerda cómo se presentaron personas que aseguraban ser familiares lejanos, «a ver qué caía». Se desataron los rumores y no se hablaba de otra cosa. Cuando Blasco, el enterrador, abrió el panteón el 5 de noviembre, empezaron a comentar de todo, como que la herencia se repartiría solamente entre los que asistieron al funeral. Hasta hubo uno que juraba haber visto a un albacea tomando nota de la exigua lista de fieles. Hace dos semanas, en la lectura del testamento, cuando abrieron el 'regalo', hubo veinte veces más vecinos que en el entierro. Fue todo el pueblo, pero ni siquiera entonces se escucharon vivas a doña Virginia. El párroco cree que esperaban otra cosa. «Cuando dijimos lo de las becas, la gente se quedó un poco decepcionada y tuvimos que convencerles de que era la forma de apostar por el futuro del pueblo». Al final del discurso, la gente aplaudió, pero sigue sin haber flores en la tumba de los Pérez Buendía.

Virginia Pérez Buendía, que murió el 15 de septiembre a los 86 años, firmó el testamento en 1983. Legaba todo lo que tenía para becar los estudios de los chavales del pueblo. Nadie sabe aún cuánto dinero hay, pero se habla de hasta diez millones de euros.

Antes de conocer cuáles son los bienes de la herencia, el testamento manda que se constituya una fundación donde estén el alcalde, el juez de paz, el párroco y un representante de los maestros, además de un portavoz de los industriales, de los agricultores, de los comerciantes y de los obreros del pueblo, que administrarán el dinero.

Según el párroco, habrá dos criterios a la hora de conceder las becas a los alumnos: la situación económica de las familias y las notas. El director del colegio, Francisco Castillo, advierte de los problemas y los conflictos que se van a generar en el pueblo: «¿Qué se va a tener en cuenta, el dinero que tienen las familias en realidad o el que declaran a Hacienda? Esto va a provocar muchos líos».