El rastro de 'El Lobo'

El rastro de 'El Lobo'

Una novela recupera la figura de Mikel Lejarza, el infiltrado que propició el mayor golpe a ETA. «Hoy sigue en el servicio secreto, es el más antiguo», dice Fernando Rueda, el autor

CARLOS BENITO

Al principio de la historia, nos encontramos a 'El Lobo' en el Golfo Pérsico. Desencantado por el trato que le han brindado en España, donde su labor como infiltrado permitió asestar el mayor golpe de la lucha policial contra ETA, el veterano espía ha decidido establecerse en Dubái: allí tiene un amigo, Karim Tamuz, que le ha contratado como dependiente para su joyería en el Zoco de Oro y, de paso, también le ha reclutado como informático al servicio de Al-Qaida. «Mi pasado ha muerto», explica nuestro protagonista, acostumbrado desde su juventud a que su vida se bifurque, gire y cambie de maneras bruscas, hasta el punto de parecer muchas vidas, demasiadas para un solo hombre.

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Las correrías de 'El Lobo' por los emiratos son, en realidad, una ficción trepidante con la que el periodista y escritor Fernando Rueda, uno de los mayores expertos españoles en servicios secretos, ha llenado el gran vacío en el que desembocan nuestras biografías del personaje. Cuarenta años después de que el SECED de Carrero Blanco reclutara a Mikel Lejarza, un joven vizcaíno educado con los maristas y aficionado al teatro, su rastro parece haberse esfumado por completo. La trama que crea Fernando Rueda en 'El regreso de El Lobo' es una fantasía, pero se basa en su familiaridad con el espía español, al que trata desde hace muchos años y con el que mantiene una relación de amistad. «La gente piensa que con la infiltración en ETA acabó su carrera, pero en realidad sigue en el servicio secreto y viviendo en la clandestinidad, es el agente más antiguo. Ha estado infiltrado en grupos terroristas, mafiosos, de blanqueo de dinero...», enumera el autor.

A Mikel Lejarza, sus jefes le apodaron 'El Lobo' porque su delicada tarea le condenaba a lo que Rueda llama «la soledad esteparia», ese aislamiento íntimo de quien debe congeniar con sus adversarios y escapar de sus compañeros. En ETA se ocupó de organizar la estructura de apoyo a los comandos operativos, utilizando como tapadera su profesión de decorador, con el miedo del infiltrado a hablar en sueños o a que algún tonto desliz revelase sus verdaderas lealtades. La operación concluyó en 1975 y propició más de 200 detenciones, pero Mikel Lejarza quedó marcado y sentenciado a muerte por el entorno de los terroristas: tuvo que asumir una nueva identidad, cambió su fisonomía mediante cirugía plástica e incluso empezó a usar guantes para que no le reconociesen por las manos. Fue entonces cuando se dio cuenta de que arrastraba la naturaleza lobuna a perpetuidad. «Todas las promesas y todo aquello con lo que soñaba se lo llevó el viento -afirma Lejarza en el epílogo que ha escrito para la novela-. Comencé a ser ese 'Lobo' de verdad, el que molestaba a muchos y al que envían a misiones imposibles con la esperanza de librarse de mí limpiamente, sin mancharse las manos».

Mujeres altas y rubias

En realidad, ya había tenido un primer aviso de ese destino ingrato justo al final de su paso por ETA, cuando, a raíz de unas informaciones de la BBC, sus compañeros de la banda sospecharon que pertenecía a los servicios de inteligencia. Le trasladaron a un paraje solitario de Madrid y le sometieron a lo que 'El Lobo' llama «juicio sumarísimo», pero el topo supo reaccionar a tiempo, entregándoles sus dos pistolas con aire de dignidad herida. «En aquel momento se sintió traicionado por el servicio secreto, porque no le habían avisado de nada, y aprendió que para sobrevivir tendría que buscarse la vida por sí solo. Ni siquiera sabe cómo logró salir de aquella situación, fue una reacción instintiva, no entrenada ni preparada». ¿La experiencia como infiltrado, con ese recelo y ese fingimiento continuos, ha acabado marcando su carácter? «Mikel es una persona sometida a la soledad, al abandono, a que el servicio secreto lo niegue veinte veces, a la disociación de ser enemigo de sus amigos y amigo de sus enemigos. Él es muy tranquilo, encantador, pero me ha contado sus sensaciones de miedo y tensión, así como la adicción que acaban creando estas emociones».

El Mikel que presenta Fernando Rueda es también mujeriego, un conquistador en la línea clásica de los agentes secretos de la ficción, y el periodista asegura que en esa imagen arquetípica de casanovas existe un fondo de verdad. Lo hay en la mayoría de los casos y, muy particularmente, en el de 'El Lobo'. «Un psicólogo clínico especializado en estos temas me confirmó que algunas condiciones de la vida de estas personas, como la distancia o el desapego, despiertan una atracción en el otro sexo. Esta faceta es importante en un mundo donde se vive aceleradamente y con relaciones muy rápidas. A Mikel, en su juventud, le gustaban las mujeres altas, rubias y de ojos azules, y en sus primeros años tenía un montón de relaciones: con chicas del entorno de ETA que los idealizaban o con chicas como él, a las que reclutaba para el servicio secreto».

Por las alcantarillas

El epílogo escrito por 'El Lobo' delata un poso de amargura: «Cuántas veces me habré preguntado para qué», admite el agente secreto. No recibió ningún homenaje oficial hasta 2010, cuando el director del CNI le impuso la Cruz del Mérito Militar con Distintivo Blanco. «Es su única condecoración, y es de segunda categoría. Parece que en España nos avergonzamos de la gente que se mueve por las alcantarillas», lamenta Fernando Rueda. El escritor también tiene muy claro que el regreso a la vida pública de 'El Lobo' no resulta viable, por mucho que ETA haya cesado su actividad terrorista. Hubo un tiempo en el que los carteles con su foto proliferaban por Euskadi, para señalarlo como traidor y enemigo número uno de los abertzales violentos, y la experiencia enseña que ese tipo de condenas jamás prescriben: «Hay casos como el de Denis Donaldson, un terrorista del IRA que trabajó para el MI5. Lo mataron en 2006 con una escopeta de caza: posiblemente ni siquiera fue el IRA como tal, sino algún pirado al que había denunciado o algo así. Esa posibilidad siempre seguirá existiendo».

Mikel Lejarza leyó la novela antes de su publicación, y eso le ha permitido redondear la historia con una aportación inesperada: hizo llegar al autor una fotografía en la que aparece vestido al uso de los emiratos, con un guante de cetrería sobre el que descansa un halcón encapuchado. La envió desde Dubái, el lugar exacto donde -según la ficción- pasó unos cuantos años trabajando para Al-Qaida. Es una buena muestra del humor de los espías, travieso y un poco inquietante, y de paso espolea la curiosidad sobre su verdadera vida de estos años y sobre esos «caminos más difíciles que los de la 'Operación Lobo'» de los que, según afirma, todavía no puede contar nada. Cuando rodaron una película sobre su paso por ETA, 'El Lobo' comentó que el guion no llegaba a reflejar la dureza de su experiencia; ahora, cabe pensar si las peripecias reales del personaje no habrán sido más rocambolescas aún que las planteadas por la novela.

Nacido en 1951 en la localidad vizcaína de Areatza, a los 22 años fue captado por los servicios de inteligencia de la dictadura, que le asignaron el sobrenombre de 'El Lobo'. Se infiltró en ETA, donde le conocían como 'Gorka', y se ocupó de facilitar a los terroristas pisos por toda España. Su labor de topo permitió descabezar la organización terrorista en 1975. Su actividad posterior es poco conocida, aunque según sus afirmaciones ha prestado servicio en lugares como Argelia y Centroamérica.

En el texto que ha escrito para acompañar la novela de Fernando Rueda, 'El Lobo' aborda el final del terrorismo: «Nos olvidamos de todo lo pasado, las víctimas y sus familias. Ahora parece que molestan», critica, desazonado con lo que considera un 'todo vale' para acabar con la violencia. «Los terroristas estaban ya acorralados. Entonces, ¿por qué tenemos que ser tan permisivos? Ah, claro: la política. Se me olvidaba. Este pobre país mío... ¿dónde ha quedado nuestra gallardía?».

 

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