Rostros mudos

En las estanterías y paredes de la Brigada de Homicidios se mezclan fotografías de desaparecidos, sospechosos y cadáveres

ARTURO CHECA

Ella ha mirado cara a cara, a los ojos, durante horas, a José Bretón. Ella ha escudriñado en lo más profundo de la mente del padre de los niños de Córdoba. En busca de cualquier pista, de cualquier resquicio de esperanza que abra la puerta del incierto paradero de Ruth y José. No son los primeros ojos sombríos en los que se sumerge Carmen Pastor. Años antes se asomó a los de Javier Rosado, el desequilibrado "asesino del rol" que en 1994 destrozó a puñaladas a un peatón elegido «por gordito» en Madrid. También sabe lo que es mirar de frente a Francisco García Escaledo, el "matamendigos" que en los 80 cercenó la vida de 11 indigentes. O bucear en busca de algo de cordura en la trastornada mente de Noelia de Mingo, la doctora que en 2003 dejó un reguero de sangre y tres muertos en la clínica de la Concepción de Madrid. O interrogar al "asesino de la baraja", o a los verdugos de Anabel Segura, o hundirse en la pena más honda ante la mirada triste de los padres de Marta del Castillo...

Basta hablar cara a cara con la inspectora jefe Carmen Pastor para llegar una conclusión: la enorme frialdad y fortaleza mental que debe atesorar José Bretón. Porque los ojos claros de la máxima responsable de la unidad central de Homicidios y Desaparecidos de la Policía Nacional son penetrantes, inquisitivos, sagaces ante la duda. Se antoja imposible no ser sincero delante de ella. Carmen Pastor (pelo corto, atractiva, frisando los 50, bolso de Carolina Herrera y expresión vivísima) es el mascarón de proa de una de las unidades policiales más especializadas de España, un cuerpo de 21 agentes expertos en Policía Judicial, Psicología, Criminología y mil y una armas para encontrar la salida del laberinto en las mentes de los asesinos. Hoy su máximo desvelo y el de todos sus hombres es el mismo: resolver el desasosegante rompecabezas que dura ya medio año y que tiene en el limbo a los niños de Córdoba, a su angustiada madre y a toda España.

«Este caso tiene a la plantilla completamente absorbida». Lo confiesa José Manuel, así a secas (intimidad policial manda), el jefe de Desaparecidos, el otro pilar de la brigada. Sesenta años, va para cuatro décadas luciendo placa y 20 rastreando a personas que se esfuman. Del orden de 14.000 denuncias por desaparición al año en España. Un lince de la base de datos que desde 2009 engloba a todos los ciudadanos buscados por Policía Nacional, Guardia Civil y Policías Autonómicas. El ordenador es el primer filtro, el que hace saltar la alarma cuando entre los parámetros de la desaparición figura un menor de edad, o una persona mayor con alzhéimer, o una nota de despedida con tintes de suicidio... «Alto riesgo o inquietante» es la denominación que se concede entonces al caso. Una decena cada año en España. Ninguno igual al de los niños de Córdoba.

El cuartel general de Homicidios y Desaparecidos, en pleno complejo policial de Canillas, en Madrid, el mayor búnker policial del país, se abre para este periódico. Desde un tablón de corcho sonríen Ruth y José. Los rostros de mirada limpia que todos anhelan volver a ver. Debajo, en una estantería, otra cara trágicamente familiar. Asoma la carpeta con datos de Madeleine McCann, la eterna niña perdida. Ni mucho menos un caso cerrado. Una última llamada a la Unidad Central de Delincuencia Especializada y Violenta -en la que se encuadran Homicidios y Desaparecidos- la sitúa en Nerja (Málaga). Y los chicos de Carmen y José Manuel no dejan un cabo por atar. «Hay que comprobarlo». Sobre su mesa, las fotos de un cadáver, un amasijo de carne del que solo se sabe que es una chica de Sarajevo. Sin nombre ni rostro. Otra pieza de un museo de los horrores de esperanza, miedo y tesón policial.

La "espinita" de Marta

El de Ruth y José no es el único caso con "prioridad 1". Otro nombre pone en especial alerta a los policías: Sonia Iglesias. El 18 de agosto de 2010 se la tragó la tierra en Pontevedra. Esa mañana jamás llegó a la tienda de Massimo Dutti en la que trabajaba. Su último rastro, su cartera, encontrada por un toxicómano en un poblado chabolista. Después, la nada...

Los ojos policiales de Carmen Pastor se tornan impenetrables al preguntarle por Córdoba.

- ¿Usted ha mirado cara a cara a José Bretón?

- Sí (responde firme, rápida...).

- ¿Y qué impresión sacó?

- No puedo comentar nada. Hay secreto de sumario.

- ¿Pero es una investigación de desaparición o de homicidio?

- Desaparición (y solo con sus ojos aparta más preguntas).

La inspectora jefe sabe lo que es pasarse la mañana de Navidad en la morgue (ha asistido a 700 autopsias), que su marido (también policía) acabe «hasta el gorro» porque su móvil no para de sonar mientras van de compras (cualquier crimen en España se comunica al "teléfono rojo" de su unidad, y en 2010 hubo 1.300) o tener que estar parando cada puñado de kilómetros en el arcén al volante de su coche. La dictadura del móvil. Las 37 horas semanales que sobre el papel trabajan los investigadores de Homicidios y Desaparecidos son solo eso: papel mojado. Aquí no hay descansos, fines de semana ni fiestas de guardar. «Es difícil desconectar», coinciden Carmen y José Manuel. Saben lo que es ir de tiendas y no dejar de indagar en los escaparates las caras de aquellos que les rodean. En busca de uno de esos rostros a los que intentan poner nombre, de uno de los desalmados a los que tratan de dar caza. O sentarse en un bar siempre de cara a la puerta, controlando quién entra, cada gesto, cada mirada... «Creo que solo me relajo en la playa», sonríe Carmen.

Un día después de "perderse" Ruth y José en el parque ya estaba la unidad central peinando Córdoba. «Por la gravedad de la desaparición. O por si fuera un homicidio?». Carmen Pastor mide cada palabra al milímetro, como un paso más de una investigación policial. Sabe que cualquier error da al traste con todo. Y no quiere otra «espinita clavada». Con el homicidio de Marta del Castillo confiesa que aún le "sangra". «Sigues pensando en ello?». No solo es un caso abierto. Es una familia sin una hija a la que guardar luto. «La investigación para encontrar el cuerpo no se detiene. Es duro llamar a unos padres para decir que su hijo ha aparecido muerto en una cuneta, pero al menos ya tienen un cuerpo que llorar y un sitio al que llevarle flores. La desaparición es extremadamente dura».

Casi tres lustros en Homicidios hacen que le resbale la presión, «aunque el caso de los niños pueda tener un 9,5 en revuelo mediático?». Pero todos los casos suponen la misma implicación. «Investigamos igual el asesinato de un niño que el de un mendigo». Lee la prensa a diario. Los programas de televisión, ni olerlos. «El circo que se monta nos hace mucho daño. Sobre todo a la familia?». De las ficciones policiales, para qué hablar? «Vi un episodio de CSI. Hasta que en un asesinato, de un simple arañazo dedujeron que estaba hecho con una sortija y dónde la habían comprado. No volví a ver la serie».

La veda del asesino

No hay magia en Canillas. «Esto no es una fábrica de apretar tornillos. A veces los resultados no llegan. Y la bolita de cristal hace tiempo que se rompió», ironiza José Manuel. Días, meses, años de investigaciones en callejones sin salida, de trabajo humano con las víctimas, de horas y horas al teléfono calmando a madres con promesas sinceras: «Jamás dejaremos de buscar a su hijo». El pulso en casos como el de Córdoba no ceja. «Es duro estar meses investigando y no ver la luz», confiesa Carmen. O que después de dejarse la piel en investigaciones como la de Marta del Castillo, todo quede en una sentencia de medias tintas. «Es duro cuando detienes a alguien y lo dejan libre. Pero nosotros no hacemos las leyes?».

Sergio ofrece estrechar una mano fuerte y segura. Jefe de grupo, rapado y ancho de espaldas, su físico es inconfundible. Solo da el nombre. Nada de fotos. Mejor no dar pistas a los malos. «Este es un trabajo apasionante», apostilla con sonrisa franca. Cumple los parámetros más presentes en la brigada. No faltan un par de "viejos zorros", policías con décadas de experiencia en investigación criminal. Pero la mayoría superan por poco los 30 y tienen escasas cargas familiares. Lógico en un trabajo que exige semanas fueras de casa y vigilancias intempestivas. Carmen suspira aliviada cuando recuerda a sus dos hijas ya veinteañeras. Nada que ver con los comienzos, cuando hacía "sudokus" para combinar cuadrantes de trabajo, pañales, esperas nocturnas y biberones.

Una nevera y un microondas presiden un despacho de Homicidios. Compañeros de jornadas maratonianas. «Comprados por nosotros», puntualiza Carmen bajo un techo y unas paredes cuyo estado y modernidad dejan mucho que desear. La tónica en la mayoría de las instalaciones policiales de España. A la vista, en una estantería, hasta siete carpetas con la leyenda "Sara Morales". A mano, listas para ser consultadas en cualquier momento, la guía de un rastreo que dura ya seis años, desde aquel oscuro 30 de julio de 2006 cuando Sara se esfumó con 14 años cuando caminaba hacia un centro comercial de la isla de Gran Canaria. Sobre otra mesa, una cabeza... de corcho. «Es Amparo», explica el agente más joven, una testa de maniquí encontrada durante una investigación y ahora "mascota" del grupo. En la pared, las fotos de un cuerpo torturado al que le falta la cabeza. La convivencia diaria con el horror del que los policías tratan de aislarse «con mucha psicología». Aunque hay casos que marcan. «El interrogatorio al asesino del rol fue agotador y de gran esfuerzo», recuerda la inspectora jefe Pastor. La locura de Javier Rosado le hacía desvariar cada dos frases y los policías tenían que hacer descansos en la declaración para lograr una confesión coherente. «Pero era muy inteligente y con todo planificado». Y sanguinario, como muestra su frase antes del macabro crimen: «Son las cuatro de la mañana. Se abre la veda».

El trabajo policial no da más tregua en Canillas. Llega la hora de la despedida. Carmen Pastor brinda una sonrisa tan cálida como su apretón de manos.

- Ánimo y mucha suerte con el caso de los niños de Córdoba...

- Estamos en ello...

Y dice adiós con una mirada rotunda, firme... Segura.