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La huella agridulde de Palazuelo
El pintor y escultor causó dispares impresiones durante su estancia en el municipio cacereño. Piden que el castillo se abra al público

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La huella agridulde de Palazuelo
El castillo de Monroy, hasta la fecha propiedad del pintor y escultor, permanece cerrado presidiendo la principal plaza del municipio. / E.G.R.
Palazuelo llegó en el año 1968 atraído por el castillo, cuyo anuncio de venta vio en un periódico de la época. La fortaleza fue adquirida por «750.000 pesetas de las de entonces», y el artista inició más tarde su restauración, en buena parte ayudado por uno de sus hermanos, que era arquitecto.

Fuentes municipales narraron a HOY la cronología de su estancia en la provincia. La recuperación de las estancias inferiores -en cuyo proyecto estuvieron empleados quince vecinos- dio como fruto una casa palaciega en la que Palazuelo residiría durante cerca de una década, habilitando parte de las instalaciones como taller. En este enclave culminaría la serie 'Monroy', investigando sobre la relación entre los signos gráficos y la música, dando como fruto los que se han dado en llamar 'cuadros musicales'.

A partir de la mitad de los años ochenta las estancias del artista en Monroy se van espaciando hasta limitarse a esporádicas temporadas vacacionales. Durante una de las últimas visitas que llevó a cabo a la población (entre los años 1993 y 1994, según las mismas fuentes), el pintor expresó su deseo de crear «una fundación Palazuelo-Monroy», entre cuyos cometidos estaría el dotar al castillo, y por ende a la población, de una exposición permanente. Retiro, escapar del bullicio de las grandes ciudades y privacidad. A buen seguro estos son algunos de los motivos que llevaron al pintor y escultor Pablo Palazuelo a residir en la pequeña población de Monroy, ubicada en el centro de la provincia de Cáceres. Y así lo hizo, convirtiendo el abandonado castillo que preside la plaza del pueblo en casa palaciega y el granero, en su particular taller de trabajo en el que crearía una larga serie de obras durante los cerca de quince años que pasó allí.

No obstante, su carácter bohemio y reservado le llevó a relacionarse tan solo con una pequeña parte de la población. Este hecho, unido al cierre al público del castillo después de su compra y rehabilitación, ha dejado una huella agridulce entre la población monroyega, que lleva tres décadas sin franquear la muralla de la fortaleza. De ahí que reclamen que pueda abrirse al público «al menos de vez en cuando», mostrando su esperanza de que la Fundación Palazuelo -presidida por José Rodríguez Spiteri, sobrino del difunto- acceda permitir la entrada al monumento.

Situaciones inéditas

Entre los que le conocieron más íntimamente se encuentra Santiago García, entonces estudiante de Historia del Arte. Tanto para él como para su amigo José María Sierra, la llegada de Palazuelo al municipio fue una verdadera revolución. Era algo inédito que unos jóvenes, ávidos de nuevos conocimientos, tuvieran la posibilidad de intercambiar impresiones con una figura del calibre de aquel artista. Ambos lo consiguieron a pesar del carácter reservado de Palazuelo, compartiendo jornadas de charla que acompañaban con «buen vino y tabaco, mucho tabaco. Todos fumábamos muchísimo. Era tan ameno hablar con Pablo que pasábamos horas y horas. Preguntábamos por Picasso, Dalí,... Bueno, de Dalí la verdad es que pasaba un poco», recuerda Sierra.

En cuanto a las tardes de verano a la sombra de los soportales del castillo, los jóvenes se quedaban «con la boca abierta, escuchando la visión que tenía de la pintura, del mundo, de todo». Las conversaciones se prolongaban hasta la noche «ya que también le gustaba mucho escuchar, sin interrumpir a su interlocutor». En el transcurso de estas veladas solía salir a relucir el gusto de Palazuelo por el esoterismo y otras temáticas afines. «Los templarios le fascinaban», evoca.

«No recibió ayudas»

Gracias a este entendimiento, Sierra y García tuvieron la oportunidad de saber más sobre su persona, mostrándose hasta cierto punto obsesionado por reconstruir el castillo, para cuya empresa García afirma que «no recibió ayuda alguna, lo hizo todo con su dinero».

Sobre la escasa relación del autor madrileño con el resto de vecinos, el ahora profesor de Historia, asegura que «era así hasta que conocía a la gente y cogía confianza, como todo el mundo», afirmando que «se metía en su estudio y se tiraba pintando horas y horas». Este extremo no le impedía acercar algunas de sus creaciones a estos estudiantes, con quienes las comentaba. «Cuando me casé me regaló un cuadro, que guardo en casa como un tesoro», apunta el profesor.

Sin embargo, la relación y el contacto que mantenían con el artista, que perduró durante una década, se fracturó cuando Palazuelo dejó de residir en Monroy. «Desde entonces no volvimos a saber nada más», finalizó.

«Un señor muy educado»

Otro de los vecinos que asegura haber departido con el pintor es Jesús del Sol. A sus 76 años recuerda como Palazuelo visitaba la casa donde residía junto a su esposa, ubicada en la misma plaza que el castillo. «Era un señor muy educado y agradable. Se podía hablar de cualquier cosa: nos contaba que tenía un hermano en Argentina; Juan, que era arquitecto; otra hermana más y él», rememora.

El pintor y escultor «solía juntarse con el alguacil de entonces y se venían a casa para hablar con el tío carnal de mi señora, que estaba en silla de ruedas y vivía con nosotros. Como era muy inteligente y leía mucho se entendían bien y se tiraban mucho rato hablando», rememora. No obstante Del Sol puntualizaba que éste no era el único atractivo que guardaba su vivienda. «Yo hacía vino en casa y la verdad es que me salía bueno. A Pablo le gustaba y se solía beber unos chatos con nosotros. Pero hasta ahí. Nunca le veías por la calle, en los bares no alternaba nunca y no tenía relación con mucha gente», afirma.

Llegó en una época difícil

Pocos son los que guardan este tipo de recuerdos de Palazuelo. La mayor parte de la población porque no tenía ningún interés en él, ya que el artista llegó al medio rural en una época en la que la principal ocupación era buscar algo que llevarse a la boca, y otros, porque consideran que tanto el escultor como la fundación que lleva su nombre, ha dado la espalda al pueblo, no permitiendo que los vecinos conozcan su castillo desde el interior.

Entre éstos se encuentran diversos responsables municipales pertenecientes a las últimas legislaturas. Es el caso del actual alcalde, Telesforo Jiménez, quién confía en que la situación esté resuelta de cara al 2009. En esa fecha se cumplirán siete siglos de la fundación de la Villa de Monroy, que se conmemorará con una serie de actos que girarán -así lo desean los vecinos- en torno al castillo. «Los monroyegos tenemos una espinita clavada, ya que consideramos que el castillo se rehabilitó en parte gracias a una aportación del Estado importante, es decir, con el dinero de todos, por lo que creemos que debería estar abierto al público», lamenta.

Un bohemio serio

Su recuerdo del artista es el propio de alguien que se ha mantenido más distante. «Era un bohemio serio y algo elitista, que sólo hizo amistad con quién le pareció bien», y recuerda que cuando llegó a Monroy ya era un artista reconocido. De hecho señala los paseos matutinos que daba con su amigo el escultor Eduardo Chillida, entre otros autores.

No obstante, Jiménez reconocía la labor desempeñada por Palazuelo: «Es cierto que al margen de su legado artístico el castillo está rehabilitado gracias a él y que dio trabajo al pueblo, empleando a catorce o quince vecinos en las obras de restauración», apuntó. Finalmente apostilló que la fortificación «fue defendida por muchos monroyegos que vertieron su sangre en múltiples batallas. Antes lo salvaguardaron con su vida y ahora nos toca hacerlo política y diplomáticamente. Es una pena que tenga que ser así».

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