El titanlux me coloca

ROCÍO SÁNCHEZ RODRÍGUEZ

E spero no ser la única que está obsesionada con los olores. Cada vez que me dan un libro lo primero que hago es empaparme del aroma del papel, cuando entro en un sitio cerrado suelo memorizar la esencia que se desprende, tengo la costumbre de identificar a mis amigos con olores y cuando voy de compras huelo las prendas en vez de probármelas.

Me gusta el olor del café antes de ser molido, el olor del mar, el olor de la tierra mojada cuando llueve y el olor de la ropa recién planchada.

También me gusta el olor de la gasolina, el del pegamento más fuerte que haya y una vez me enganché al olor de un suavizante y todas las tardes iba a olerlo varias veces un ratito.

Pero ahora mismo el que más me gusta, y con diferencia, es el de la pintura. Si yo fuera pintora de brocha gorda estaría todo el día colocada porque no sería capaz de sacar la cabeza del cubo.

Hace unas semanas estuvimos de blanqueo de paredes en casa y me pasaba el día entero de buen rollo. Me levantaba y me acostaba con la típica sonrisa que se te escapa cuando alguna sustancia externa estimulante entra en tu cuerpo y tenía ganas de hablar todo el tiempo. Después creo que hasta tuve mono.

Quizás esta relación que tengo yo con Titanlux no sea sólo cosa mía, sino que le puede pasar a muchos. Y quizás eso explique porqué cada vez que algún ser femenino pasa delante de una cuadrilla de pintores que están poniendo a punto alguna fachada tenga que recibir todo tipo de piropos que pueden ser, o no, de buen gusto.

Y por esa regla de tres no sabremos qué le pondrán al cemento o a los ladrillos para hacer que los poetas del andamio pierdan la vergüenza o lo que haga falta para expresar todo lo que se les pasa por la mente sin ningún tipo de filtración...

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