A Badajoz pasando por Barcelona

«El 17-J fue un triunfo de la libertad de expresión de los veinte mil que habíamos ido a reencontrarnos con el toreo»

JESÚS ORTIZ
Paseíllo histórico de tres toreros de la tierra juntos en la plaza de Badajoz. / EMILIO PIÑERO/
Paseíllo histórico de tres toreros de la tierra juntos en la plaza de Badajoz. / EMILIO PIÑERO

Pensaba cómo meterle mano a estas líneas y se me ocurrió pasar por Barcelona, quizá buscando aire fresco en esta afición taurina insaciable. ¿Aire fresco en Barcelona, ciudad declarada antitaurina, de forma políticamente incorrecta? Pues sí. Tenía la intuición de que algo iba a pasar, y pasó. Porque hasta el destino, o el balón, o quien fuera, quiso que el 17-J fuera el dia de la Fiesta Nacional, y por eso el Barça no ganó la liga, para no robar ni un ápice de protagonismo al toreo, para que las bocinas, las banderas y los cánticos no rompieran el silencio de la noche barcelonesa de un domingo de final de liga, el mismo silencio que en la monumental había pedido el público para las dos faenas del mito. «Se torea en silencio», clamó una voz del tendido, la música es el toreo, diría yo, y se obligó a la banda que callara.

Posiblemente no hubiera que ir a Barcelona, para encarar la feria de Badajoz con las pilas cargadas, o tal vez sí. Era necesario reencontrarse con tantas cosas que dan sentido a la vida, a esta vida tan viva del mundo del toro, que algunos quieren aniquilar. Esos, los violentos que chillaban a las puertas de un espectáculo público, como si los que allí estábamos mereciéramos ser ejecutados, perdieron todos sus argumentos, que son pocos y sin sentido, con el triunfo de la Fiesta.

Aquellos, que son antitodo, no conocen nada con tanta verdad como esto. No pueden entender la pasión que se desató en los veinte mil corazones que poblaban los asientos del coso catalán cuando José Tomás, echándose el capote a la espalda, a las primeras de cambio, vino a decir: «como decíamos ayer...», en un quite por gaoneras que fue el principio de su resurrección. Después, las chicuelinas de antaño, las suyas, las de siempre. Y los estatuarios, los naturales pasándoselo tan cerca y las manoletinas tan ceñidas, ¿todo! Pero qué van a entender, si la sensibilidad ni se aprende, ni se compra, ni se vende.

A base de raza

Tampoco pueden comprender cómo un joven de dinastía, tristemente marcada por la tragedia, como Cayetano, se presentara en Barcelona, una tarde que no era para él, que a priori parecía que iba a estar sólo para adornar aquello, y se empeñara en compartir titulares con el protagonista, a base de raza, coraje y poniendo su vida en el ruedo a disposición de todos. Toreó Cayetano como los ángeles, como nunca antes le había visto, tan completo, tan reunido, formando un solo cuerpo con el toro. Se contagió del ambiente, de la magia de aquella tarde, fueron pasajes de ensueño y el sueño se hizo realidad. Fue el día más importante de su vida taurina, como para tantos otros, y con razón.

Pero es que esta Fiesta es más que un torero y un toro, un pase allá y otro acá o un puyazo trasero, o bien colocado, me da igual, o un buen par de banderillas. Esta Fiesta reúne la grandeza de tantas y tantas artes, desde la pintura, pasando por la escultura, la música, aunque sea callada, y hasta la literatura. En ella se esconde hasta parte de teatro, por lo que tiene de representación escénica, pero con la diferencia de que aquí, se muere de verdad. No se puede entender el toreo sin contemplarlo como arte y parte de nuestra cultura, aunque aquellos, los anti, empleen la negación a tan gran evidencia. ¿Pero que van a entender de belleza, ni de estética, si aquellos que yo vi eran todo lo contrario?.

Una batalla pacífica

El 17-J fue un triunfo de la libertad de expresión de los veinte mil que habíamos ido a reencontrarnos con el toreo, pero no sólo a eso, sino también a ganar una batalla pacífica, en contra de quienes quieren censurar un espectáculo tan nuestro, tan español -quizás por eso-, respaldados por políticos que están en la trinchera y entienden las libertades a medias. A todos esos, habrá que explicarles que el toro es un animal íntegro, fiero, que hiere y hasta va más allá. Y habrá que decirles que el torero, ese ser que parece formar parte de una especie de otra galaxia, no lo es. Es un ser humano, que se juega la vida, sin trampa ni escudo, y que la relación entre torero y toro es de amor, no de odio. Todos los toreros que conozco son amigos de los animales, más que usted y que yo, y pasan gran parte de sus vidas entre ellos, ya sean toros, caballos, perros y hasta gatos, por no decir algunos que han llegado a convivir con tigres y leones.

El toreo es un sentimiento, una forma de vida, tanto para el que lo crea como para el que lo disfruta desde fuera, tanto para el que lo inventa, como para el que lo imagina. Si no fuese así, no se entenderían tantas cosas, como que cinco años después de su adios en silencio -otra vez el silencio- un torero haya vuelto para decir al mundo, sin palabras, que no puede vivir sin torear.

Ni se entendería que el sitio en el que se pone haya vuelto a ser el mismo que antes, el temple igual, la forma de jugarse la vida, más al límite que nunca, y todo sin una necesidad económica para vivir.

¿Entonces por qué? Quizás porque ha querido pasar de ser recordado a ser real, porque ha querido comprobar si de verdad se le echaba de menos, o porque Cataluña -y Barcelona en particular- necesitaba este impulso, esta declaración de intenciones taurinas, esa proclamación del sentimiento nacional desde el orbe taurino, que ha traspasado fronteras.

Puede ser que su regreso se deba simplemente a que la persona necesita al torero para vivir, o porque ha querido pasar de estar muerto a estar vivo, porque el toreo es vida y no muerte. ¿O no será que ha vuelto porque algún parecido con la realidad no fue pura coincidencia, y eso no le ha gustado? Sea como fuere, ha vuelto, que yo lo vi.

A Badajoz se puede llegar sin dar tanto rodeo, y de la feria de Badajoz se puede hablar sin hablar de todas estas cosas, pero es necesario para afianzar una creencia que nos une, esta religión del toro y el torero. Ha merecido la pena pasar por Barcelona para comprobar el estado del paciente y la salud de la afición. Y el diagnóstico ha sido totalmente satisfactorio. Están curados. La afición está viva, muy viva, con más pasión que nunca, eufórica y con ganas de ver toros. Barcelona también. Y de Badajoz, qué les voy a contar, si lo estamos viviendo.

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