Tíos con los 'rejones' bien puestos

Los tres caballeros que ayer abrieron la feria taurina de Badajoz derrocharon valor y energía ante sus toros

JULIÁN LEALBADAJOZ

Siembre se ha dicho, y ha quedado como frase hecha, que los toros es mejor verlos desde la barrera. Pero qué va. Quienes están metido hasta el fondo en la fiesta y conocen bien los rincones de los cosos dicen que el mejor sitio es el callejón. Pero no en cualquier parte de este pasillo interior, tras las tablas, sino en aquel punto en que se concentran los toreros y sus cuadrillas, los mayorales, los mozos de espada, los asistentes y hasta el alguacilillo. Es desde ese lugar privilegiado donde uno extrae toda la sustancia de una corrida. Y en el coso de Badajoz ese enclave coincide en el burladero 17 que, según reza la indicación, está reservado al ganadero o sus representantes.

Parapetados tras el muro que a los bajitos sólo permite asomar la cabeza, se puede seguir todo el trajín que implica la lidia. Encorvados, como si temiera que le disparasen, por aquella trinchera corren de un lado a otro -de un tercio a otro sería lo correcto- los mozos de espada con los rejones, las banderillas o los estoques.

«Paso, paso que voy», va anunciando el auxiliar cuando traslada el material de castigo que precisa el diestro». Y el personal que deambula por el foso con los que se tropieza, se arriman a las tablas o pegan la espalda al muro para no ser lanceados con aquellos temibles hierros afilados.

Mi acompañante en el burladero 17 fue ayer Manuel González, conocido como 'Cerebro González' cuando vestía la camiseta del Club Deportivo Badajoz. Un futbolista mítico que sabe tanto de toros como el que esto escribe, pero que ayer demostró tener valentía al permanecer, impasible el ademán, a escasos metros de un toro bravo. «Oye ¿y si ese bicho salta?» quiso saber cuando uno de aquellos animales, de 500 kilos, de luto riguroso y poderosa cornamenta, clavaba su mirada en el burladero 17

Querencia

No sé por qué a mi me parecía que los toros de Luis Terrón se fijaban mucho en nuestro burladero. Me di cuenta de que no todos los burladeros tienen el mismo nivel de riesgo. Donde se sitúan los representantes gubernativos, los informadores taurinos, personal sanitario y demás, no despiertan el más mínimo interés de los toros.

Desde mi puesto no vi en ningún momento que el toro se detuviera ante el que se encontraba el empresario y ganadero José Luis Iniesta; o en el que ocupaba el padre Apolonio Noriega, ataviado con su sempiterna sotana de 33 botones todos abrochados, «como Dios manda», según dijo. Tampoco vi que ningún toro volviera la cabeza al burladero donde estaba Nandi Masedo, el responsable del Patronato de Tauromaquia de la Diputación de Badajoz.

Pero la querencia de los toros por el burladero 17 tiene su explicación. Y es que por allí asoman las puntas de los capotes, los trajes de luces y las monteras, elementos que, al parecer, llaman mucho la atención de los toros de lidia. Por eso permanecer a pie firme en ese lugar requiere mucha presencia de ánimo.

«Ten cuidado, chato...» Me lo recordó mi buen amigo Antonio Durán quien me saludó desde la barrera, detrás de la que ocupaban Paco Sáez y su esposa, y algo más alejada de donde se encontraba Eduardo Arroyo, el director de El Corte Inglés. Agradecí las advertencias, pero ¿quien dijo miedo?.

Ahora no puedo recordar quién lo dijo, pero sé que uno de los toreros legendarios, andaluz por supuesto, dijo que para enfrentarse a un toro bravo había que echarle tres 'bes': «baló, boluntá y buebos». Los tres rejoneadores que ayer abrieron la feria taurina de Badajoz tenían esas tres 'b' muy bien puestas y se esforzaron por dar el máximo, tanto de sí como de sus monturas.

Fueron tres los lidiadores que se enfrentaron a los astados de Luis Terrón en el coso de Pardaleras, pero al final, tras la marcha de Andy Cartagena una vez que despachó su lote, el festejo quedó en un tú a tú, en un pulso entre Joao Moura, hijo, y Leonardo Hernández. O sea que, de alguna manera, el mano a mano que hubo que cancelarse al fallar Pablo Hermoso de Mendoza, se produjo, aunque con otros rivales.

La corrida transcurría sin demasiadas emociones hasta que Leonardo Hernández, un mozo menudo con talle de espárrago, puso en un suspiro al público cuando su caballo estuvo a punto de ser empitonado. El susto arrancó un ¿¿¿uy, uy, uy!!! de las miles de gargantas. Pero el muchacho logró zafarse de las embestidas.

Desde el callejón el padre y maestro le gritaba «¿'p'afuera, p'afuera'!» al ver cómo Leonardo perdía terreno y apenas tenía espacio para escapar de las tablas. Ese pequeño susto tal vez le hizo perder los nervios y eso hizo que no acertara a la hora de clavar el rejón de muerte.

El fallo empañó su brillante y valerosa faena y le evitó el triunfo. Por eso, nada más descabalgar y saltar al callejón, Leonardo Hernández pasó delante del burladero 17 dando un puñetazo a las tablas. Decepcionado, se marchó hacia las caballerizas y no se le volvió a ver hasta que le tocó de nuevo el turno.

Pero el alarde del español fue como si a Joao Moura le clavaran las espuelas y cuando le tocó el turno tratara de superarle. Y lo consiguió. Arriesgó tanto o más que Leonardo y enardeció al público. Su acierto al matar hizo que la plaza entera reclamara una oreja para el portugués.

Al principio fue una pero, la insistencia de «¿¿otra, otra, otra!! por el público, reblandeció el corazón de Miguel Sardiña quien reconocería poco antes que los aficionados pacenses son «ligeros de pañuelo».