Muy mal se tiene que dar para no sacar hoy pañuelos

MANUEL VICENTE GONZÁLEZ

Sucedió en el año 1994 y yo estaba allí. Si no hubiese aceptado la invitación de Bernardo Víctor Carande a la corrida de toros de Madrid, me habría perdido lo que, en adelante, terminé por convertir en referencia fundamental a la hora de pergeñar siquiera una elemental opinión -algo así como la que pretende hilvanar estos días de feria en Badajoz un profano en la materia como yo- sobre el mundo de los toros.

Bernardo era el aficionado más sabio y yo el espectador más novato de cuantos presenciaban la corrida en la plaza de Las Ventas. Lo que se me quedó grabado, y ya digo que me será imposible olvidar, fue la actuación de Julio Aparicio. Bernardo me iba susurrando con generoso empeño las características de cada suerte, y lo cierto era que yo empezaba a despistarme, incapaz de aprehender la minuciosidad de los detalles con que mi amigo trataba de involucrarme en el festejo.

De pronto apareció aquel muchacho espigado que parecía encontrarse en trance cuando citó desde los medios al toro, y éste, entretenido en desprenderse del aguijón de las banderillas junto a barrera, parecía dudar ante la chulesca demanda del torero.

Por fin se arrancó y Julio Aparicio, con dos derechazos, tuvo suficiente para apostar por la valía del morlaco. En el tercer pase dejó caer la mano con desgana, convencido como estaba de que aquella iba a ser su tarde de gloria. De allí hasta la fulminante estocada todo fueron broches magistrales que el torero fue colocando entre las aclamaciones del público.

«Está llorando»

Bernardo estaba entusiasmado, se había puesto en pie y aplaudía con ganas. En un momento dado, cuando el toro había estirado la pata, el torero se encogió sobre sí, como herido, y toda su cuadrilla acudió, solícita, a interesarse por él. «No le pasa nada, está llorando», aseguró Bernardo. «¿Llorando un torero?», pregunté. «De felicidad, de placer. Mira: dos orejas».

En efecto, Julio Aparicio se encaró con el gradería mostrando sus trofeos, la cara aún arrasada en lágrimas, y a mí, la verdad, aunque me cueste confesarlo, me contagió el ambiente melodramático que se respiraba a mi alrededor. Nunca había asistido a una corrida de toros en directo, de hecho lo que me atraía de ese mundo era su parafernalia, el componente histriónico de sus protagonistas, de cuantos rodeaban al 'maestro', incluso de él mismo, pero quedé marcado para siempre con el sello de aquel inefable espectáculo.

Tengo un vecino flaco, espigado, que me recuerda mucho al Julio Aparicio que no logró sobrevivir al fulgor desproporcionado de aquella tarde y se retiró al poco tiempo (todavía lo recuerdo, timorato y asustadizo, en una fugaz aparición en el coso de Olivenza). Se llama Alejandro, pero todos lo conocen por Talavante. Es la nueva figura, el sucesor -aseguran- de José Tomás. Hoy comparte cartel con otros dos insignes matadores extremeños: Perera y Ferrera. Entre los tres copan todas las suertes del toreo, así que muy mal se nos tiene que dar para no sacar pañuelos.

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