El número diez

MARÍA JOSÉ TORREJÓN

VERDE. Tenía un verde intenso. Era de manga larga y en la espalda lucía el número diez. El mismo que acompañó en tiempos gloriosos a Maradona o Pelé. A mí, sin embargo, ese número me condenaba a permanecer en el banquillo.

Yo también tengo pasado de deportista. Vestí la camiseta del equipo de voleibol de mi colegio. La pista la pisé poco, para qué engañarnos. Estaba destinada a ser suplente.

Jamás se lo reproché a José Antonio, el profesor de Educación Física que reclutó voluntarias para formar el equipo. Yo levanté la mano y eché un pulso a mi sino: patosa hasta la muerte.

Desde el banquillo asistí a los partidos que libramos en Madrigalejo (estuvimos a punto de ganar), Zorita, Campo Lugar y Alcollarín. Yo sólo pisaba el terreno cuando se daban dos circunstancias irreconciliables. O la victoria estaba asegurada o la derrota era inminente.

Con toda la dignidad del mundo, asistía dos veces por semana a los entrenamientos. Tocaba el balón, practicaba saques y echaba unas risas. Pasé las vacaciones de Semana Santa de ese año en la cochera. Tenía la intención de mejorar mi técnica. Pero mi empeño se quedó justo en eso. Buenas intenciones.

Hace unos días me acordé de la camiseta verde intenso, del número diez y de mis intentos frustrados por hacer un mate pegada a la red.

Cogí un microbús a las puertas del Edificio Múltiples para viajar a unos yacimientos prehistóricos. Y la memoria se me activó. No montaba en microbús desde que jugaba al voleibol. O mejor dicho, desde que compartía asiento con mis compañeras del equipo del colegio. De eso han transcurrido 14 años. Durante unos segundos, en los sillones ocupados por periodistas, fotógrafos y cámaras de televisión creí ver a las chicas del equipo. Y eché de menos el número diez.

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