Vivir y dar vida al arte

Los mecenas: comprometerse con el arte hoy

CARLOS ZURITA

El origen de la palabra mecenas lo encontramos asociado al nombre del noble romano Cayo Cilnio Mecenas (circa 70-8 ad C), consejero político de César Augusto e importante impulsor de artistas y jóvenes poetas como Horacio o Virgilio, quien escribió en su honor las Geórgicas. Su labor de protección hizo que su nombre se convirtiese en sinónimo de quien fomenta actividades artísticas o científicas sin exigir contrapartida.

La imagen del mecenas y su significado ha ido viviendo modificaciones a lo largo de la historia; de una acción y privilegio reservado a la Iglesia y a la corona durante la edad media, en el Renacimiento pasó a ser una práctica muy extendida. El establecimiento del nuevo lenguaje era el fiel reflejo de las importantes transformaciones que la sociedad estaba sufriendo; destacadas familias como los Médici o los Montefeltro hicieron del mecenazgo un vehículo fundamental para hacer notar su poder.

En siglos posteriores el perfil del potencial mecenas se va ampliando a cuantos han hecho fortuna gracias al comercio y posteriormente a la creciente actividad industrial.

Monarcas mecenas

En el caso del Museo del Prado, queda patente que gracias al mecenazgo de los diversos monarcas españoles podemos disfrutar en la actualidad de una de las mejores colecciones de pintura del mundo. Los gustos y preferencias personales de reyes y reinas determinaron tanto encargos como las adquisiciones de innumerables piezas que han pasado a conformar un rico patrimonio cultural cuya conservación y difusión nos corresponde a todos; instituciones y particulares.

Las biografías tanto de Felipe II como de Felipe IV son claros ejemplos, entre otros muchos, de la extraordinaria labor de mecenazgo que en su día ejercieron algunos monarcas, siendo el estudio de sus biografías vital para obtener un mejor conocimiento de la génesis y formación de las colecciones que hoy conforman el Museo Nacional del Prado.

Las obras reunidas por el primero, Felipe II, forman uno de los conjuntos esenciales de las citadas colecciones de la Pinacoteca. Desde sus primero viajes a los Países Bajos e Italia, el hijo del emperador Carlos V desarrolló una profunda atracción por la pintura que tan sólo acabaría con su muerte. El monarca centró su interés tanto en la escuela italiana, fundamentalmente Tiziano, como en la flamenca, sobre todo en Van der Weyden, Patinir y El Bosco. En lo que respecta a la escuela española, se sintió atraído especialmente por Alonso Sánchez Coello y la pintura religiosa de Navarrete el Mudo.

Pero fue durante el reinado de Felipe IV, cuando el coleccionismo de pinturas en la corte experimenta un auge espectacular. El llamado Rey Planeta podemos afirmar que fue el principal mecenas del Prado pues gracias a su pasión por la pintura podemos disfrutar actualmente de obras emblemáticas de la historia del arte universal como la Rendición de Breda o Las Meninas de Velázquez. La construcción del Palacio del Buen Retiro fue fundamental para que pintores de la talla de Velázquez o Zurbarán dedicaran buena parte de su colección a la decoración de la residencia real.

Generación tras generación, en mayor o menor medida, cada uno de los monarcas españoles fue contribuyendo no sólo al coleccionismo sino también a la formación de quienes se convertirían en destacados artistas, los cuales, bajo la protección de la corona, pudieron desarrollar plenamente su actividad.

Del mismo modo, en la historia del Museo del Prado encontramos numerosos ejemplos de nobles, artistas o estudiosos que llevados por su amor al arte además de adquirir obras de la más diversa índole, propiciaron la formación y el desarrollo de artistas que serían claves para el arte posterior. Esta labor de mecenazgo puede verse claramente si analizamos colecciones históricas como las de los duques de Osuna, Pedro Pablo Rubens, el duque de Lerma, los marqueses de Leganés o de la Ensenada, etc.

Del siglo XXI

En la línea de responsabilidad respecto a la conservación y difusión del patrimonio que en anteriores párrafos he mencionado, es necesario hacer notar que en la actualidad el concepto de mecenazgo se ha modificado ya que ha dejado de asociarse a las capas más adineradas e influyentes de la sociedad. En nuestros tiempos, la idea de mecenazgo tiene que ver más con la voluntad de colaborar, de manera sostenida y continuada, con una causa o con un proyecto en el cual se cree de manera firme. En el caso del ámbito de los museos, sea cual fuere su naturaleza, el ejemplo de este cambio lo encarnan las Asociaciones de Amigos de las citadas instituciones.

Cada uno de sus integrantes contribuye al grupo con su específica aportación y gracias al conjunto de las ayudas pueden emprenderse proyectos de gran envergadura que serían impensables de otro modo: la base de estas asociaciones está constituida por particulares. En cuanto a la Fundación Amigos del Museo del Prado, institución que me honro en presidir, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que los Amigos juegan un papel determinante en este nuevo concepto de mecenazgo del siglo XXI. Son un vínculo esencial entre la sociedad y la pinacoteca. Un vínculo necesario para que la institución mantenga una comunicación fluida con la sociedad.

Los Amigos de los museos son, hoy por hoy, una forma de mecenazgo fiel reflejo de la evolución social que se ha producido en las últimas décadas, una evolución que implica compromiso y, ante todo, fidelidad.

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