«Es que nos llaman gordas y culonas»

J. R. ALONSO DE LA TORRE

Hace unas semanas, mientras preparaba las páginas de una publicación juvenil, se me acercaron dos redactoras adolescentes y me contaron su problema: «Queríamos salir en las fotos del reportaje que estamos escribiendo, pero es que somos un poco gorditas». Me quedé un tanto sorprendido pues me parecían dos criaturas angelicales de medidas normales. Se lo hice saber, pero replicaron con contundencia: «Es que nos llaman gordas y culonas». ¿Qué crueles son los adolescentes! A esa edad empieza la selva. Se zahieren los unos a los otros en un combate de autoestimas del que ninguno sale bien parado. Un grano, un tic, un titubeo, un flequillo rebelde, una nariz en punta, unas gafas, un aparato dental, unas orejas distintas... Cualquier extrañeza vale para hacer escarnio. Siempre fue así, pero eso no quiere decir que siempre deba ser así. Los mayores razonamos que en nuestra infancia y adolescencia también nos tocó el calvario del insulto y la burla y no por eso hemos crecido traumatizados. Pero es mentira. Aún me cruzo con compañeros del colegio que tienen en su mirada una sombra de inseguridad que les dura desde los recreos adolescentes.

El otro día conocí a Antonio Nevado, un periodista de Radio Nacional que ahora se prejubila. Recordamos un programa nocturno que dirigía en Radio Popular allá por los primeros 70. Tenía mucha audiencia y varios compañeros de mi clase formamos la peña Bujalaja y llamábamos al programa para felicitar a este o a aquel profesor por sus avances cortejando a esta o a aquella profesora. Atacábamos despiadadamente la intimidad de los docentes durante la noche y acosábamos a los más débiles en los recreos matinales. Cosas de chicos, se dice. Pero nadie supo explicarnos que aquello estaba mal. Razonaban con nosotros cuando bien es sabido que a los adolescentes no se les razona, se les emociona y a partir de la emoción puede ser que empiecen a comprender. Están bien estos programas contra el acoso escolar para que, gracias al rigor y la capacidad de los profesionales de la pedagogía, los escolares aprendan lo que sus padres nunca entendimos.

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