«Hermano, te vas con la satisfacción de que tu madre ha sido vengada»

Fue la despedida de los asesinos de Puerto Hurraco ayer en el cementerio

JOSÉ L. AROCAMÉRIDA

Nadie se lo esperaba, por eso aunque lo dijo en tono bajo el campanazo resonó entre los que estábamos más cerca de él. «Hermano, te vas al cielo con 74 años pero te vas con la satisfacción de que la muerte de tu madre ha sido vengada».

Era la despedida de Antonio Izquierdo Izquierdo a su hermano Emilio fallecido anteayer en la prisión de Badajoz. Esposado, mal vestido, cojeando y con un gran esparadrapo protegiendo su oreja izquierda del roce de la patilla de las gafas, Antonio dejó claro ayer en el cementerio de Mérida cuál era el sentido de la vida de los cuatro hermanos, el sentido que les ha llevado a la cárcel y al Psiquiátrico y a ir muriendo uno a uno en soledad: vengarse del pueblo de Puerto Hurraco por la muerte de su madre en un incendio.

El de ayer es el penúltimo episodio de uno de los hechos más desgraciados y terribles que ha ocurrido en Extremadura en las últimas décadas.

El último lo escribirá Antonio, que regresó ayer mismo a su celda de la cárcel de Badajoz, quizá sabedor de lo poco que han ido sobreviviendo sus hermanos a la muerte de los demás.

Despedida familiar

Emilio Izquierdo falleció anteayer en ese mismo penal de muerte natural con 74 años y ayer fue enterrado en el cementerio de Mérida, el mismo lugar donde reposan sus hermanas Luciana (77 años) muerta en enero de 2005, y Ángela (64) en noviembre del mismo año tras 15 años internadas ambas en el hospital Psiquiátrico de Mérida.

Esta vez, a diferencia de lo ocurrido con sus hermanas, que fueron sepultadas en sendos nichos sin presencia familiar alguna, Antonio pidió permiso al director de la cárcel de Badajoz para asistir al entierro de Emilio. A las diez de la mañana la Guardia Civil lo entregó en Mérida a la Policía Nacional, que lo condujo al cementerio municipal poco antes de las doce, hora prevista de la inhumación.

Cuando la funeraria entró con el féretro, Antonio, esposado y custodiado por varios agentes, salió del coche policial. Chaqueta gris de corte antiguo, camisa a cuadros, pantalones oscuros y mocasines veraniegos de color azul, caminó dificultosamente y con una leve cojera hasta el nicho y la caja, ante la cual inesperadamente pronunció su despedida, más otras palabras sobre la justicia que resultaron ininteligibles. Emilio Izquierdo quedó enterrado en el nicho 1.641, una cuarta fila de la parte antigua del cementerio.

En la nueva están los de sus hermanas. Antonio quiso que lo llevaran ante ellos. Al llegar al de Luciana, situado a nivel del suelo, se agachó y besó la tapa, pero el de Ángela tuvo que saludarlo a distancia ya que está en la parte más alta, el cuarto piso.

Camino del furgón policial este diario le preguntó cómo se encontraba. «Afectado», farfulló a secas. «¿Y de salud?». «Bien», respondió sin dejar de mirar al frente, como con la misión ya cumplida. El coche se cerró y Antonio ha vuelto a la cárcel para seguir cumpliendo una condena de 344 años.

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