Avenidas cacereñas de la resignación

J. R. ALONSO DE LA TORRE

Hace 60 años, Cáceres limitaba al sur con la iglesia del Espíritu Santo, con el zonche-piscina de la Fuente del Rey, con los prados y abrevaderos del Rodeo y con la Huerta del Conde, sus salones de baile y su recinto hípico. En 1940, frente a la ermita del 'Espiri', se levantó una barriada, que durante años fue conocida como las Casas de Don Emeterio, porque fue este sacerdote, recientemente fallecido, quien la promovió. En esa zona, en 1955 se abrió al público la Ciudad Deportiva José Sanz Catalán, que costó diez millones de pesetas y fue estadio del Cacereño durante casi tres décadas. En 1956 se inauguraba por allí el edificio más caro y grande de Cáceres: el hospital San Pedro de Alcántara, o sea, la Residencia. La inercia, el azar o los planificadores urbanísticos decidieron que esa fuera la zona de los servicios sociales y hoy, el tramo final de la Avenida de la Hispanidad y su perpendicular Ronda de San Francisco son las avenidas de la resignación y parecen más bien obra de un arquitecto del alma.

Ambas avenidas son muy concurridas por cientos de cacereños que las pasean para mantenerse en forma y que, a medida que caminan, se ven sumidos en profundas reflexiones sobre la fugacidad de la vida, lo extraordinario de la felicidad, la temporalidad de la juventud. Es decir, el 'carpe diem', el 'beatus ille' y el 'collige virgo rosas', todo junto y por el mismo precio. Quien baja desde las estaciones de trenes y autobuses, reconfortado con la siempre prometedora evocación del viaje, pasa entre el pabellón Multiusos y el Auditorio con la alegría que contagian lo lúdico y lo deportivo, pero enseguida se sume en la negritud de los augurios funestos: primero deja a su izquierda la residencia geriátrica del Rodeo, después pasa frente al Sexpe con su aviso sobre la precariedad del empleo, vienen luego el tanatorio y los juzgados con su carga de descansos eternos y condenas temporales y se suceden a continuación la Residencia, la casa de acogida de mujeres con problemas, el hogar de los huérfanos, otro hospital... No hay nada mejor que pasear todos los días por las avenidas de la resignación para recuperar la alegría de vivir.