De joven fui pastillero

J. R. ALONSO DE LA TORRE

Me parece fatal que las pastillas Juanola vayan a tener sabores de limón y de fresa. Está bien que Farma Lepori, la empresa que las comercializa, cambie el envase con motivo de su centenario, ¿pero qué va a ser de mí si las Juanola saben a limón mentolado? Uno es él, sus circunstancias y sus pastillas. Te puedes quedar sin circunstancias y no pasa nada, pero si te cambian las pastillas, te conviertes en una sombra de ti mismo. En fin, he de confesarlo: de joven fui pastillero. Entonces no había Doble Cero, pero tomábamos unas grageas llamadas Fósforo Ferrero que nos llevaban a la felicidad por el atajo de la memoria. Con una píldora diaria de Ferrero te creías capaz de alcanzar la sabiduría suprema y sentías una seguridad endemoniada en ti mismo y en tu intelecto. La verdad es que con el fósforo estudiabas con más rendimiento, pero no te colocabas. Para eso tenías el Optalidón y la Biodramina D.

El Optalidón era un analgésico que hace años fue prohibido porque alucinabas de lo lindo. Nunca olvidaré el día de mi boda, pero no por la cena, la noche o la ceremonia, sino porque me dio dolor de cabeza antes de los entremeses, me tomé un Optalidón con una copa de vino y un langostino y la mezcla, explosiva en un estómago vacío, me hizo flipar de tal manera que sólo esa noche alcancé el cielo de la literatura excelsa. Me traían tarjetas de boda para que las dedicara y me salía la efusión lírica a borbotones. Los invitados leían las dedicatorias y se echaban a llorar (los camareros de La Colina están de testigos), pero mis mensajes no eran fruto del cariño, sino del Optalidón. Otra droga, tan usual que la tomaban hasta los niños cuando viajaban, era la Biodramina D (las había con otras letras, pero solo la D te ponía en órbita). Yo entonces era marxista y dejé de serlo durante un viaje en autobús de Cáceres a Badajoz porque la Biodramina D me proporcionó tal lucidez que antes de llegar a la Puerta de Palmas me había hecho socialdemócrata. Con la desaparición del Optalidón, se me fue la literatura. Con la prohibición de la Biodramina D, me quedé sin ideales. Si las Juanolas saben a fresa, ¿qué diablos me queda?