El Obispado de Plasencia cede las Ildefonsas a la comunidad rumana ortodoxa

Juan y Gabriela, con Marina y Felipe, junto a algunos símbolos ortodoxos en las Ildefonsas. :: a. solé/
Juan y Gabriela, con Marina y Felipe, junto a algunos símbolos ortodoxos en las Ildefonsas. :: a. solé

De la mano del pope Juan Cupsa se pone en marcha en la ciudad la primera parroquia de esta confesión

Ana B. Hernández
ANA B. HERNÁNDEZ

Hace tres años ya que dejaron su Rumanía natal para emprender una nueva aventura en Plasencia. Lo hicieron con un objetivo claro: formar aquí en la ciudad la primera parroquia ortodoxa para la zona norte. «Llevaba 12 años realizando mi labor como cura, pope, en mi país y decidimos venir hasta esta provincia de Cáceres para formar la parroquia», explica Juan Cupsa.

Una misión en la que está contando con el apoyo del Obispado de Plasencia, que le ha cedido la iglesia de las Ildefonsas para que puedan realizar sus cultos. «Celebramos misa los domingos desde las nueve hasta las doce, tres horas como mínimo, a diferencia de lo que duran las misas aquí», detalla Juan, que también oficia la eucaristía los días que son festivos en su país.

«Apostamos por el ecumenismo, la unidad entre todas las iglesias cristianas, y por eso hemos cedido las Ildefonsas a los ortodoxos, para que puedan realizar sus cultos», afirma Juan José Gallego Palomero, canciller de la Secretaría General del Obispado.

De hecho, en la iglesia de las Ildefonsas, símbolos católicos y ortodoxos, todos cristianos por tanto, comparten hoy el espacio junto al altar. Y el templo acoge misas de ambas confesiones, «porque católicos y ortodoxos somos hermanos», resume Gabriela.

Solo dos personas asistieron a la primera misa que ofició su marido hace ya más de un año. Ahora hay una media de cuarenta, la mayoría de localidades de la zona norte. «Son menos aún los que residen en Plasencia y asisten al culto», aclara Gabriela, su mujer. Porque a diferencia de los curas católicos, los ortodoxos se pueden casar. Juan lo está con Gabriela y son padres de dos hijos: Marina y Felipe, de 9 y 2 años.

Además, Juan trabaja en el matadero de Almaraz: «La Iglesia rumana me puede dar unos 100 euros al mes por mi labor de cura, pero con eso no podemos vivir, por lo que tenemos que tener otro trabajo aparte», explica.

Asegura que la vida en Plasencia no es fácil ni para él ni para su mujer, que está buscando trabajo, y que su idea es regresar a su país cuando sea posible, pero no sin antes haber puesto en marcha la parroquia, de tal modo que otro pope pueda continuar en la ciudad después con la labor. Por eso, no tienen aún una fecha fijada para la marcha, aunque añoran Rumanía. «Allí trabajábamos los dos y vivíamos en una ciudad de unos 500.000 habitantes, muy vital , muy activa... y aquí todo es diferente». Y, sobre todo, «nuestra familia, nuestros amigos, están allí», explican con dificultad porque aún no conocen bien el idioma. Es su hija Marina, escolarizada en la Escuela Hogar, la que ayuda a sus padres y hace las veces de intérprete en muchas ocasiones.

Pero Juan y su familia tienen claro por qué están en Plasencia y la misión que les trajo hasta aquí sigue siendo su prioridad.

 

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