Juan de Ávalos, un ilustre picapedrero

FELICIANO CORREA

Se ha dormido Juan de Ávalos con el eco de sus golpes. El jueves 6 cuando caía la tarde, se marchaba tallando el crepúsculo. Como un veterano e incasable almogávar de Roger de Flor, se ha ido agarrado al martillo. Tenía una memoria privilegiada y le cabía en la cabeza el siglo entero de su biografía que portaba en su esqueleto desde que en 1911 lo alumbraba Mérida. Tanta trayectoria no me cabe en este recuerdo, pero siempre me admiró su figura, maltratada por la incomprensión al no saber otros que nadie elige del todo su camino. Fue fiel a su oficio y la bandera de su Extremadura amada la prodigó por el mundo.

Perdemos a un paisano ilustre y las artes ven desaparecer a un patriarca que hizo de su vida pulso e invención. Le robó a las piedras su rusticidad y como Aquel en el barro, él puso soplo en la materia inanimada.

Conocido por sus trabajos espléndidos en el Valle de los Caídos, a veces se le ha juzgado injustamente. Se le fustigó descarnadamente, sin acercarse a comprender su nobleza de corazón y su espíritu obrero. El percance le ha cogido, como ha vivido, atareado, dando los últimos golpes a un monumento a Alfonso XIII.

Unos mueren con las botas puestas, otros con el martillo en la mano. Ha sido siempre un navegante vitalista y la muerte le ha cogido en plena travesía,. Es natural, siempre estuvo en la brega'Ut operaretur' para que trabajase. Y eso hizo Juan, trabajar para vivir, vivir trabajando y marcharse enseñando por todo galardón y riquezas un rústico martillo de picapedrero.

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