Quintero

JOSÉ JAVIER ESPARZA

Jesús Quintero invitó la otra noche a la mesa de 'El loco de la colina' a Coto Matamoros, personaje crecido a la sombra de Sardá y que en ningún otro país sería acogido por una cadena pública de televisión. Alguien predijo que Quintero terminaría recurriendo a lo «rosa» para salvarse de la bárbara quema del 'share'. Bien, no sólo ha recurrido a lo rosa, sino que también ha echado mano de lo amarillo. ¿Qué hace un señor así en el 'prime time' de TVE? Lo que Coto Matamoros puede aportar en una televisión pública es perfectamente insignificante. Este caballero puede contar ciertos detalles escabrosos sobre su propia vida y, especialmente, sobre las ajenas, pero ¿qué más puede decir? A juzgar por lo que soltó ante Quintero, nada razonable, al revés. Porque, además, esta gente no se corta, es decir, perora sobre su «filosofía de la vida» con un aire de suficiencia que, pasados los primeros minutos de estupor, termina suscitando carcajadas crueles. Así pudimos oír absurdas consideraciones sobre que todos somos estúpidos, que Einstein era un gilipollas, que la droga es mala pero según y Y nada más, lo cual no le impidió consumir larguísimos minutos ante la patente benevolencia del entrevistador. El tipo humano de Matamoros es lo que antes se llamaba «charlatán»: alguien que habla sin parar, sin orden ni concierto, engarzando un lugar común tras otro y apabullando al que escucha con una incontenible catarata de palabras vacías. La pose que el charlatán adopta suele llevar al oyente a prestar atención, pero esto no hace sino aumentar el daño, porque, una vez cogido en la trampa, la víctima no puede escapar sin que el cepo le arañe las canillas. Sobre este patrón común del charlatán, Matamoros añade el rasgo patibulario: esa mirada de suficiencia física, el denso envoltorio de exabruptos y un mohín como de «te meto así «. En un plano más ampliamente psicológico, lo que el espectador podía descubrir ahí era a un hombre obsesionado por su autoconcepto, por su propio yo, por hacer que su ego se impusiera sobre una especie de profundo malestar de sí mismo. Pero esto es psicología para modistillas. Lo que más nos tiene que interesar aquí, que es lo televisivo, admite en realidad sólo un juicio: es impresentable que una cadena pública dedique tiempo y dinero a un personaje tan reprobable, un rostro identificado con la telebasura y con los peores excesos de nuestra pantalla. Todos podemos entender que TVE, en su búsqueda desesperada de argumentos para compensar sus malos resultados de audiencia, eche mano de recursos de impacto, pero nada justifica que lo haga saltando al terreno de la peor televisión posible. Ni siquiera el 'share'. Que, además, fue pésimo: 12,8%.