De feria en feria

ÁLVARO VALVERDE

BIEN saben quienes me conocen que uno no es precisamente aficionado a las ferias. Como he contado más de una vez, ni siquiera de niño disfruté de ellas. Me mareaba en los cacharritos, no me sentaban muy allá los churros y el ruido me ha aturdido desde siempre, sobre todo si se trata de esa bulla dañina del ferial. Pero no todas las ferias son así. Están las del libro: silenciosas y civilizadas, donde el ritmo está adaptado a la medida humana y donde no se necesitan más agentes externos para instalarse en la euforia que tener gusto por la lectura y admirar a esos seres benéficos y pacientes que suelen ser los libreros.

A punto de clausurarse la Feria del Libro de Badajoz y acercándose la inauguración de la de Mérida, cuando las de Almendralejo, Cáceres y Plasencia, por citar a las más importantes, ya son sólo memoria, puede uno contar aquí algunas anécdotas que, como todas, franquean lo meramente circunstancial o irrelevante, o eso me parece.

Son cosas que uno ha vivido en primera persona que, como suele recordar el novelista colombiano Fernando Vallejo, es la única creíble a estas alturas de la historia. Por suerte, como recordaba hace unos días Fran Rodríguez Criado, quienes escribimos en los periódicos no siempre somos periodistas y, en consecuencia, podemos saltarnos a la torera esa tácita condición que se impone a los de la profesión de no hablar nunca de uno mismo y de sus comunes o extraordinarias circunstancias.

Así, en Cáceres, por empezar desde atrás, asistí al nacimiento de un libro singular, de una colección necesaria y de un escritor que, precisamente, escribe en este periódico. Me refiero a La frontera que nunca existió, a «Viajeros y estables» y a (José Ramón) Alonso de la Torre. En Badajoz, donde estuvimos juntos alrededor de la misma obra, comentó que él elabora reportajes por más que a sus lectores nos parezca que lo que fabrica en realidad, nunca mejor dicho, es literatura, esa que siempre ha germinado a la humilde sombra efímera de los diarios.

También allí, en el Paseo de Cánovas, con las alergias a flor de piel, pude emocionarme escuchando a José Luis Rozas hablar de un poeta, su padre, que fue además, y para siempre, el maestro de toda una generación de poetas extremeños, y no de las peores.

Y ya que hablamos de emociones y de familias, de única puedo calificar la experiencia que vivimos un puñado de fieles cuando asistimos a la presentación de la novela inédita Memorial del piano, de Alfonso Albalá, en Plasencia. Tras la exhaustiva intervención de su editor literario, el profesor Torres Nebrera, tomó la palabra Gracia Albalá, una de las hijas del escritor cauriense, que habló de su padre desde la admiración, sí, pero con ese deseable rigor que requieren las mejores lecturas. Conversar con ella, sus hermanas, su cuñado y su madre confirmó que editar buenos libros es garantía de felicidad, propia y ajena.

Digo emociones y no puedo por menos que recordar las que sentimos (generalizo a propósito), bajo el tórrido calor veraniego de un Badajoz en llamas, al presentar la Gaveta de gavetas dedicada a la memoria de Fernando Pérez. Sólo el tono sereno que imprimió Gonzalo Hidalgo a su discurso pudo aminorar el dolor hasta el límite de lo soportable.

Otra emoción, sin duda más llevadera, sentimos unas horas antes, pero ante el mismo bochorno, al celebrar la salida de una antología poética ejemplar (por los poemas que incluye): La soledad partida, de Jesús García Calderón. Después, nos sentamos con él Simón Viola (editor de Vargueño de saudades de López Prudencio, que presentamos en su ciudad natal esa mañana), Engracia Domínguez (de la ERE), Antonio Carvajal, el poeta y profesor granadino, prologuista del libro, y uno, claro. Lo mejor, la conversación. El mano a mano de Jesús y Antonio fue (es) memorable. Se habló de poesía, como es lógico, pero también de otras cosas. No en vano, Jesús lleva una doble vida: la de poeta (de lo que no va) y la de Fiscal Jefe de Andalucía (que lo es, sí, pero de lo que tampoco presume). Lo más apasionante, con todo, fue el relato de sus viajes por América. El editor que ocasionalmente soy no ve el momento de que pase al papel esas aventuras. Y luego nos las entregue, por supuesto. Van de lo hilarante a lo trágico, como la vida misma. La muy intensa que lleva, con una dignidad y una pasión que sobrecogen, mi admirado amigo. De estas Ferias no sale uno mareado, al revés. Y las diversiones que proporcionan tampoco son de tómbola y caseta. Son compatibles, eso sí, con las cañas y los finos, lo que me trae a la memoria la mención al aguaducho en el postrero artículo de Fernando Pérez y su última aparición pública en una Feria donde este año, en forma de libro, también ha estado.