Cáceres, capital de la cultura

ÁLVARO VALVERDE

DIJE hace unas semanas que dedicaría este rincón al primer Congreso Nacional de la Lectura y, sin ser profeta, llamaba la atención acerca de las comparaciones que, de antemano, me parecían especialmente odiosas. Así ha sido. Nunca un acontecimiento cultural de los muchos que se han venido celebrando en Extremadura había tenido una repercusión semejante en los medios de comunicación regionales, nacionales e internacionales (a través de internet). Y no sólo. Han sido muchas las personas que, sin haber participado en el mismo, han mostrado su satisfacción y su alegría por el éxito obtenido; a sabiendas, claro, de que es un triunfo colectivo que debe adjudicarse la sociedad extremeña en su conjunto; en especial, como es obvio, la sociedad lectora, tan sensible, siquiera sea porque, al echar la vista atrás, se da perfecta cuenta de su precario punto de partida.

De la sociedad lectora, sí, pero también de la que no lee. A eso hizo alusión el presidente Ibarra en un discurso certero que encandiló al auditorio, cuando contó que hace veinticinco años los alcaldes de los pueblos de Extremadura, algunos de ellos analfabetos, le iban a pedir al despacho agua y bibliotecas.

Lectura prospectiva

No voy a entrar, como es lógico, en un análisis pormenorizado de los excelentes discursos que tuvieron lugar a lo largo y ancho del Congreso, pronunciados por todos y cada uno de los ponentes y por la inmensa mayoría de los participantes en los respectivos paneles. Lo más importante, a mi modo de ver, no ha sido tanto el mapa de situación -de dónde venimos, qué estamos haciendo- como la lectura prospectiva que se puede extraer del encuentro. Lo que de ruta de viaje, cara al futuro, tienen las conclusiones del mismo, reflejadas, por cierto, en la Declaración de Cáceres sobre la lectura en el siglo XXI. Ha pasado el momento de justificar las costosas actuaciones emprendidas para llegar al punto en el que estamos. Como en tantas otras cosas, estamos igual o por delante de la media, de lo que ocurre en el resto de España, ya sea en las realidades nacionales o en las regiones sin más.

Una vez conseguido el envidiable estatus de comunidad lectora (plenamente o casi); alcanzado nuestro derecho ciudadano a leer, ¿qué cabe ahora urdir? ¿Cómo se rentabiliza ese estado que nos pone en disposición de alcanzar unos objetivos no sólo culturales sino también socioeconómicos que durante siglos nos estuvieron vedados? Como dije en aquel foro, «por seguir un discurso, tan apasionado como apasionante, que he tenido la suerte de escuchar a mi admirado Antonio Basanta, la lectura es un eje estratégico de desarrollo. Invierte en el único recurso que puede crecer de forma ilimitada: el capital humano. Y ahí, en primera línea, nunca mejor dicho, el lector. Como mejor modelo social. De la lectura deriva un ciudadano, acaso el ideal: culto, crítico, tolerante; una persona que utiliza la lectura, una capacidad compleja que nos perfecciona como hombres, para intentar penetrar otra complejidad: la del mundo».

La apuesta de Extremadura

Esta ha sido y es, sin lugar a dudas, la apuesta de Extremadura. Con todo, insisto, ha llegado el momento de dar nuevos pasos que rentabilicen esa situación de privilegio. Uno de los primeros, muy sólido, se dio al crear el Plan de Fomento de la Lectura del que el Congreso de Cáceres es también feliz consecuencia. Las cosas, ay, no suceden porque sí. Y menos en una consejería que algunos ya llaman «de la lectura».

No son menos necesarios otros que empiezan a darse. Porque sin lectura no hay educación, las bibliotecas escolares están llamadas a convertirse en otro eje central de desarrollo de los centros de primaria y secundaria y, en consecuencia, en la base precisa para adquirir una destreza esencial para el hombre contemporáneo que vive en un mundo informatizado y tecnológico, y no aludo sólo a lo que aquélla tiene de fuente de placer o entretenimiento.

Setenta años después, el viejo sueño de bibliotecarios y lectores se ha cumplido. Aquél fue un vano esfuerzo (inspirado en lo mejor del espíritu republicano de la época) que se encargó de cercenar la guerra. Por eso, en esta nueva España, que en lo cultural aspira a parecerse a aquélla, es significativa la defensa de la lectura que hicieron en Cáceres los Príncipes de Asturias. Algo más que mera presencia.