El Círculo de Viena

ÁLVARO VALVERDE

QUIÉN nos iba a decir hace un año, cuando se presentó el primer libro de Juan Ramón Santos, Cortometrajes, que tan pronto iba a publicar su segunda obra. Que esto haya ocurrido no debería ser llamativo. Si algo nos quedó claro a quienes leímos su ópera prima es que, más allá del estreno, nos encontrábamos ante la obra de un escritor, algo más que una promesa. Lo demás, intuimos, iba a ser sólo cuestión de tiempo. Y de suerte, claro; la que no necesitó, por cierto, para que le concedieran una Ayuda a la Edición a este libro: se defendía solo y contaba con el refrendo de una editorial seria: Llibros del Pexe.

El Círculo de Viena me parece un buen título. Evocador, enigmático, sugerente Cosmopolita incluso, en el mejor sentido. Nos lleva más a esa lujosa ciudad centroeuropea que rezuma cultura por todos sus poros que al neopositivismo, esa teoría filosófica basada en la defensa del empirismo y el rechazo de la metafísica que lleva su nombre.

Es un libro de cuentos. O de relatos, según gustos. Es ya un lugar común de nuestra literatura decir eso de que los libros de relatos (o de cuentos) no se venden. Que los editores no se arriesgan. Al mismo tiempo, paradojas, no dejan de alabarse las virtudes del género y de resaltar los buenos cuentistas que tenemos.

Si bien cada cuento de los siete que componen El Círculo de Viena es un pequeño o gran mundo (el tamaño, ya se sabe, no importa), todos y cada uno de los relatos suman a la hora de conformar el libro al completo. Quiero decir que al terminar de leerlo se advierte cierta unidad. Unidad que radica en el tono, algo que en literatura lo es todo. Digo tono y no estilo. No es que no lo tenga, cuidado, es que lo pone al servicio del lector con objeto de que éste se deslice sin sobresaltos por la superficie de los relatos y atienda a lo que importa: a la narración, al asunto. No hay alardes y pirotecnia verbal sino eficacia narrativa. No sobran palabras y eso, para alguien con deformación poética, es una virtud que se agradece.

Uno abre El Círculo de Viena y no tiene más remedio que toparse de frente y sin remedio con la literatura al leer el primero de sus cuentos: 'Filología de la tristeza', que, además de ser un título precioso, aborda un asunto central en la obra (y en la vida) de Juan Ramón Santos: el de la diversidad de las lenguas; algo normal en un políglota confeso.

El cuento se adapta a la perfección al mencionado tono general del libro, muy portugués, saudoso y melancólico (y, por eso, lleno de humor e ironía). Un tono que vuelve a apoderarse de 'El caso Nuno Guedes', donde un «tipo hueco, sin pasado», que afirma: «no soy nadie», pone en pie el universo pessoano de los heterónimos dando, de paso, sustancia a uno de los temas fundamentales del libro: el de la identidad o, mejor, el de su búsqueda; algo sobre lo que indaga el segundo relato del volumen, 'Centenario'.

Se habla de géneros como compartimentos estancos y, no obstante, en el relato 'El hombre vestido de otoño' he visto poesía a raudales. Sin versos, pero poesía.

Que el escritor es, por encima de cualquier otra cosa, lector lo demuestra 'El artificio de la altura' que se desarrolla en París, un lugar ideal para hablar de metaliteratura (literatura sobre la literatura).

El cuento siguiente, 'Volver', que es nombre de tango, se sitúa en un lugar menos imponente, Plasencia, y quizá por eso (y por un montón de cosas más) es uno de mis preferidos. Sus últimas líneas, con fondo de murallas, me parecen sencillamente emocionantes.

'El Círculo de Viena', además de dar título al libro, ocupa él solo su segunda parte. Me parece oportuno que el autor haya separado este cuento del resto. No sólo por la extensión, mayor con diferencia, sino por el cambio de registro, de tono, por usar de nuevo ese término. No un viajero, que ya no quedan, sino un vulgar turista, como todos, es el protagonista de un delirio que sucede en Viena, peripecias propias de un perdido antihéroe contemporáneo; un «misántropo cínico y pertinaz», como reza en la contracubierta; un tipo gordo (abundan en el volumen) por el que sentimos tanta repulsión como lástima.

Me da que a todos los cuentistas se les exige una novela. En realidad, una novela ya se la pedimos a cualquiera y muy pronto lo raro será no tenerla. Bromas aparte, también a Juan Ramón Santos se le pregunta por eso. Él mismo se lo pregunta. En todo caso, basta con leer el último cuento, el que nombra al conjunto, para advertir que el novelista acecha. Le falta, según dice, encontrar la historia oportuna, poca cosa para un escritor con el don de la narrativa.