Instintos naturales

JUAN DOMINGO FERNÁNDEZ

UN buen día, con la edad más o menos que tiene ahora mi hijo, intenté ponerle a mi padre en un aprieto sugiriéndole que explicara ¯«para mi educación» le aclaré¯ asuntos relacionados con la reproducción de los seres humanos y la sexualidad.

Mi padre, que también lo era de otras nueve criaturas, además de quien pilota hoy en esta 'rotonda', bosquejó una especie de sonrisa, quizás no muy convencido de la inocencia de mi propuesta y le dio largas a mi requerimiento con aire torero: « no te preocupes, hijo, cuando llegue el momento la naturaleza te enseñará lo que tienes que hacer »

Es verdad que cuando llegó ese momento la naturaleza habló con elocuencia, pero por si acaso yo también me había ilustrado para poseer otros conocimientos del tema además de los empíricos.

El caso es que recordando aquellos días de 'aprendizaje de la vida' y a la vista de que mi hijo no me había intentado poner hasta el momento en el mismo 'aprieto' que yo le puse a mi padre, busqué una excusa para entrar en su 'correo electrónico' ¯que es ahora como el diario secreto de mi época¯ con la intención de observar el panorama y enviarle, de paso, algunos archivos, de texto e imagen, que hicieran las veces de aquel 'Vida sexual sana' que mis padres dejaban a nuestra vista en la biblioteca cuando calculaban que tendríamos que hacerle algunas preguntas a la naturaleza.

La incursión en su correo electrónico (justificada y con permiso) fue breve. Me entretuve poco en sus carpetas 'Humor', 'Deportes' y 'Política'. Y en cuanto repasé los mensajes de 'Cachondadas' y 'Tías buenas' se evaporó mi vocación pedagógica, pulsé «apagar equipo» y salí de allí silbando, mirando al cielo y acordándome de mi padre, de su expresiva sonrisa e incluso de la Naturaleza. Con mayúsculas.

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