La familia Muriel y la fiesta de San Blas

J. R. ALONSO DE LA TORRE

HACÍA 35 años que no iba a San Blas. Por lo menos. Cuando era un niño me llevaban mis padres para que me curara las anginas. El santo las aliviaba, pero no fue capaz de acabar con ellas hasta que me las extrajo Luis Infante, médico cacereño que tenía su consulta en la plaza de la Concepción. Ayer volví a San Blas y me empapé de tradiciones. Para empezar, ya habían vuelto las cigüeñas, puntuales como manda el refrán. Frente al bar El Paso, el preferido de los cazadores en los días de batida, asaban chuletas de cerdo y había una cola imponente para probarlas. Después tomé unas roscas y a continuación nos fuimos a ver a Paquita Muriel, que tiene hilo directo con las tradiciones cacereñas más antiguas. Paquita es hija de Domingo Muriel Espadero, que fue mayordomo de San Blas desde 1928 hasta los años 80, y es especialista en preparar los milagrosos cordones que protegen las gargantas. Estando en su casa de la plaza del Duque, llegó su hermano Antonio, a cuyo hijo me une gran amistad, y estuvimos comentando algunos datos de la historia de esta familia, los Muriel, tan unida a la parroquia de Santiago y a la tradición de San Blas, cuya ermita dependía del templo cacereño del apóstol hasta que en 1958 se independizó y se convirtió en parroquia, siendo su primer párroco don José Reviriego, que a su vez fue mi paciente profesor de Religión en el Paideuterión durante muchos años.

Los Muriel son quizás los vecinos más característicos de la plaza del Duque. En la esquina izquierda de la calle Muñoz Chávez, según se baja hacia la Audiencia, tuvieron la tienda familiar durante años. Allí estuvo primero el ultramarinos de Eduardo Merello, un ayudante de Obras Públicas a quien le gustaban mucho las peleas de gallos y proyectó un circo gallístico frente a la plaza de toros, donde hoy está la calle Reñidero de Gallos. Cuenta León Leal que tras los Merello, hubo allí una alpargatería que dio paso, hacia el año 1915, al comercio de ultramarinos y coloniales de Gabino Muriel Polo, que siguió siendo de la familia Muriel hasta la jubilación de don Antonio, a quien conocí ayer sábado entre roscas, cigüeñas y cordones de San Blas.