El árbol de las mariposas

ÁLVARO VALVERDE

ACABA de aparecer un libro singular por muchos motivos. Ya de por sí el original lo es, debido, antes que nada, a la indudable calidad poética que logró infundirle su autor, Anton van Wilderode. Sólo eso ha permitido editar algo tan insólito como el volumen a que aludo, donde ser reúnen cinco versiones distintas de El árbol de las mariposas: en neerlandés (la lengua materna del poeta), español, francés, portugués e inglés.

Ya tuvimos ocasión de ocuparnos en su momento de la traducción castellana que publicó la editorial Calima en una excelente versión de José Luis Reina Palazón. Uno tuvo el honor de presentar la obra en el Archivo Histórico Provincial de Cáceres hace unos años. Ahora se vuelve a recoger y, como decimos, se le suman otras en diferentes idiomas. Me apetece resaltar una de ellas, la realizada en portugués por Ruy Ventura, un joven poeta alentejano vinculado a Extremadura. La poesía melancólica del poeta flamenco se adapta especialmente bien a esa lengua saudosa. Apesadumbrada, sobre todo, porque al fin y al cabo describe el viaje sin retorno del emperador Carlos I de España y V de Alemania (como decíamos en el colegio) desde Flandes hasta Yuste, por más que el itinerario lírico se limite a su periplo español, desde el puerto de Laredo hasta el monasterio situado en un remoto rincón de La Vera, su «casa de la muerte» para decirlo con palabras del polígrafo Mario Praz.

Anton van Wilderode, seudónimo de Cyriel Coupé, que vivió entre 1918 y 1998 en la provincia de Flandes Oriental, en la tierra de Waas, que estudió Filosofía y Filología Clásica en Gante y Lovaina y fue ordenado sacerdote en 1944, captó a la perfección el espíritu de un hombre que ha renunciado a su imperio y se dirige, conscientemente, a su último retiro. Sí, de lo que aquí se da cuenta en versos de cuidada ejecutoria, de exigente armonía, salpimentada por los rigores del metro, la estrofa y la rima (que han trasladado con desusada pericia los traductores), es de las postrimerías de la vida y los prolegómenos de la muerte de un hombre, un hombre solo y enfermo, triste y cansado, que ve acercarse su final rodeado de figuras fantasmales: las de su familia (su padre, Felipe El Hermoso, y su madre, Juana La Loca), su mujer, Isabel de Portugal, y sus hijos (hay poemas dedicados a Felipe y a Jeromín), sus amigos, sus aliados y enemigos, sus ciudades (de Granada a Koudenberg pasando por Valladolid, Burgos, Sevilla, Génova, Gante o Bruselas) y, claro está, también sus frustraciones y sus sueños. Y todo ello, ah paradoja, en medio de un paraje paradisíaco y recóndito, rodeado de un espeso boscaje, ajeno al mundo y a sus adjetivas pompas, como un monje ya, a un paso de morir pero aún con vida. El momento es solemne. Grave y grandioso, no tanto por ser él el personaje que es, sino porque es simplemente un hombre a punto de dar el paso definitivo hacia el que todos encaminamos, querámoslo o no, nuestra existencia. Ése, y no otro, es el personaje poético de Carlos que pone en pie Anton van Wilderode; un ser humano, demasiado humano, que hurta a las sombras del pasado, del dolor y del insomnio un poco más de vida entreteniéndose en el estudio de viejos mapas y en la recomposición de gastados relojes, símbolos, no se olvide, de lo que es el espacio y es el tiempo.

No eligió mal el título su autor. Se nos explica que «El árbol de las mariposas (De vlinderboom) es, según el botánico inglés Adam Buddle (1660-1715), un arbusto procedente de China que puede alcanzar hasta cuatro metros de alto; alrededor de sus largos racimos de flores se reúnen enjambres de mariposas. Así revolotean los recuerdos como mariposas alrededor de un hombre que se queda solo». Está bien traído el ejemplo.

Enriquecen el volumen, con forma alargada de cuaderno (diseño de Ruiz de Gopegui Rando), además de los prólogos institucionales (el libro de la Fundación Academia Europea de Yuste está patrocinado por la Consejería de Cultura, el Círculo Internacional de Amigos de A. van Wilderode, las dos Diputaciones extremeñas y el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación de España), unas discretas pero efectivas fotografías que, junto a la reproducción de algunos cuadros, añaden capacidad de sugerencia a lo que ya de por sí es palabra inspirada.

No sería justo olvidar cuatro nombres que, entre otros, están detrás de este mágico proyecto. Me refiero a Antonio Ventura Díaz, director de la FAEY; a su gerente, Matías Sánchez González; a Beatrijs van Craenenbroeck, alma del Círculo de Amigos del poeta y, cómo no, a Miguel Ángel Martín, el hombre de la Fundación en Bruselas.

Uno, que leyó en Cortewalle y en Utrecht poemas de El árbol de las mariposas, se alegra de que esta aventura haya concluido de la mejor manera posible.