Buscaba un pijama y...

MIRIAM FERNÁNDEZ RÚA

No se cómo van sus números, pero los míos han pasado del rojo de Navidades al morado de rebajas. Y lo peor de todo es que para gastarme el dinero he sufrido colas, empujones, codazos, pisotones y alguna que otra mirada asesina. Lo de 'ir de shopping' sólo es refinado en las películas, en la vida real es como meterse en un mercadillo a techo cubierto.

Menacho en el primer día de rebajas -que para más infortunio cayó en sábado- era una multitudinaria gincana con pruebas de habilidad, obstáculos, paciencia y, como en todo, picaresca. Habilidad porque para moverse por la calle debías deslizarte en zig-zag entre el gentío para llegar a alguna tienda, con sus consiguientes empujones, meneos y por supuesto, atropellos de carritos de bebés. Destreza también para lograr meter una mano en los montones de ropa y, lo más difícil, sacar algo que te guste y de tu talla. Obstáculos por doquier, desde montoneras de ropas y perchas tiradas que se te enganchan en los tacones a los probadores atestados en los que terminas probándote la ropa que han dejado la decena de chicas que han pasado por él antes que tú. Y, sobre todo, paciencia para entrar en la tienda, soportar el volumen de la música, encontrar algo que te guste, probártelo y, lo más difícil, pagarlo, y a todo esto, sin que hayas tenido que llegar a las manos con alguna.

Con este panorama, lo único para salir de Menacho ilesa y con bolsas es la picaresca. Echar mano de las dependientas para que por lo menos te orienten de donde puede estar lo que buscas, encontrar el chollo poniéndote al lado de la que más vueltas le da al montón de ropa, probártela encima de lo que lleves y, sobre todo y fundamental, hacerte colega de alguien que ocupe el puesto cinco en la cola de la caja. Y después qué, pues eso, que te vuelves para casa con ropa que no sabes cuándo podrás estrenar, y sin el pijama de invierno que andabas buscando.

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