Albóndigas con Dinamita

J. R. ALONSO DE LA TORRE

EL término municipal de Cáceres es el más extenso de España. Tiene 1.768 kilómetros cuadrados. Más o menos los mismos que la provincia de Guipúzcoa. Cáceres llega prácticamente desde el Tajo hasta el límite con la provincia de Badajoz, desde Aliseda hasta Trujillo. Sin embargo, las cuatro canteras del municipio están o han estado a un paso del casco urbano. ¿Qué digo a un paso! ¿Prácticamente en el casco urbano! Una de ellas, la de Balpia, estaba en Aldea Moret y ahora, ya cerrada, se ha convertido en vertedero de cascotes y será recubierta con un manto verde. Otras dos están tan cerca que las urbanizaciones ya se acercan a su perímetro. Pero no, no crean que se acercan a su perímetro de seguridad de 2.000 metros, sino a su perímetro real. Vamos, que si se descuidan, los vecinos de algún residencial podrán emplear los barrenos de dinamita para picar la carne de las albóndigas. En Cáceres hay tres canteras: la de José Antonio y Javier Olleta, en la carretera de Medellín, y las de Pedro Núñez y Cipriano Gallego, entre esta carretera y la de Mérida. Las dos últimas están en zona Zepa y todas ellas en terreno legal pantanoso. Podrían haberse excavado a 15 kilómetros del casco urbano, pero no, se pusieron a la vuelta de la esquina. Está mal, pero bueno, son imprescindibles para hacer casas y autovías, dan empleo a más de 200 trabajadores y todas las excusas que ustedes quieran aceptar y que ayudan a hacer la vista gorda.

Pero lo que no se puede entender es que en un término municipal inmenso y despoblado, las urbanizaciones, en lugar de ir buscando el canto de los grillos, vayan procurando el estruendo de la dinamita. Así es Cáceres: queremos los huevos y los pajarinos. Queremos tener canteras al lado de la ciudad y chalés también al lado de la ciudad y además, pretendemos que todos sean felices: los dueños de las canteras y los dueños de las viviendas. Y esto no es de ahora. Viene de 1975. O sea, que pasó con Franco, UCD, PSOE y PP. Con lo que al final el problema no son los políticos, sino los cacereños, que con tal de tener un adosado, tragamos lo que nos echen, aunque sea dinamita.