Paz Vega es de todo menos un embutido

J. R. ALONSO DE LA TORRE

EL general Francisco Franco adoptó el brazo incorrupto de santa Teresa como su amuleto particular. Lo tenía en una habitación del Pardo y para la familia del Caudillo hacía las veces de las ramas de olivo a las puertas de las casas: protegía del diablo, que por aquel entonces era comunista. En una ocasión, Carmencita Franco, la hija del Generalísimo, viajó a Nueva York y no tuvo mejor ocurrencia que llevarse el brazo incorrupto de la santa para que la protegiera de las conjuraciones judeomasónicas de Manhattan. El problema llegó cuando la hijísima hubo de pasar la aduana y tuvo que declarar aquella extremidad momificada. Después de muchas cábalas, un aduanero perspicaz tuvo una ocurrencia que evitó serios engorros diplomáticos. Calificó el brazo incorrupto de embutido y así entró la reliquia en Estados Unidos.

Santa Teresa es un personaje singular que ha dado mucho juego después de muerta. Yo no he visto su brazo, pero sí su corazón: una especie de cono disforme y pardo que contemplé estupefacto en un convento de Alba de Tormes. En aquel entonces, yo estudiaba en Salamanca y mi profesor de Literatura era el actual director de la Real Academia de la Lengua, Víctor García de la Concha, que acababa de tomar posesión de su cátedra salmantina y ya era una figura brillante, sabia y embaucadora. Por la época en que descubrí el corazón teresiano, TVE decidió rodar una serie sobre la vida de la santa y encargó el guión o parte de él al profesor De la Concha, que sabía hilar fino con los medios de información y entretenimiento de masas y realizó un trabajo resultón. Incluso apareció como obispo en una escena de la serie que se rodó en el adarve cacereño. Y es que santa Teresa, por razones de costes de rodaje o a causa de nuestro marco incomparable, se ha convertido en una santa muy cacereña: aquí se rodó la versión de De la Concha y aquí se rueda la versión de Ray Loriga. Si los Franco y los de Alba de Tormes hubieron de conformarse con sus reliquias, los cacereños y los trujillanos disfrutaremos de su reencarnación en Paz Vega, que puede calificarse de muchas cosas, pero nunca de embutido.