Ozanam pide ayuda para construir un centro de desintoxicación

El colectivo, que trabaja con ex toxicómanos, quiere extender su ayuda a drogodependientes Solicitan a las instituciones terrenos en la periferia y dinero para sufragar las instalaciones

MARÍA JOSÉ TORREJÓNCÁCERES

Rafael y Fernando han tocado fondo. Echaron un pulso a las drogas y el alcohol y se dejaron vencer. Ahora, desde el centro de reinserción social que regenta Ozanam en la calle Nidos, vuelven a plantar cara a la vida y se afanan en buscar su segunda oportunidad.

José María Borda fue tajante al abrirles las puertas del centro, vinculado a la Sociedad de San Vicente de Paúl. «No hay lugar a recaídas. Si vuelven a consumir son expulsados inmediatamente de aquí», explica el director de Ozanam en Cáceres.

Hasta el número 9 de la calle que conduce a la sede del Tribunal Superior de Justicia de Extremadura, en pleno casco viejo, sólo llegan aquellas personas que han logrado dejar su adicción. Pero los voluntarios de Ozanam sienten que pueden hacer mucho más con esas otras que aún permanecen enganchadas. «Queremos buscar en los organismos oficiales quien nos pueda prestar, arrendar o ceder un terreno para la construcción de un edificio y asentar allí a los chicos de la primera fase», avanza Borda.

Ozanam prevé poner en marcha de inmediato su maquinaria de oficina para redactar cartas y dirigirlas a todos los organismos habidos y por haber.

«El proyecto está madurado. Vemos que hay mucha gente fuera y nosotros aquí sólo podemos atender a los de la segunda y la tercera fase -personas en proceso de rehabilitación, como Rafael y Fernando-. Vienen madres pidiéndonos ayuda para sus hijos, vemos muchas lágrimas y nos sentimos impotentes porque no podemos hacer nada por ellos. Los tienen que llevar a otros sitios», explica el director de Ozanam.

El único en la capital

Desde el colectivo de voluntarios indican que este centro de desintoxicación -que ellos denominan centro de emergencia social- sería el único de sus características en Cáceres capital.

¿Y dónde van los cacereños que quieren dejar las drogas? «En Cáceres no hay nada. Desde el Cedex (Centro de drogodependencia de la Junta de Extremadura) se derivan a las diferentes comunidades terapéuticas -como el centro de Proyecto Hombre de Plasencia-», apuntan el director y la trabajadora social de Ozanam.

Aunque, de momento, el centro de emergencia social sólo está en la mente de los voluntarios, Borda va más allá y baraja posibles ubicaciones, como la carretera de Trujillo o la de Malpartida de Cáceres. Lo importante es que esté situado en la periferia de la capital, a unos kilómetros del centro urbano.

«Hay que pensar que un centro como éste hay que pedirlo no para Antonio, ni para Juan, ni para Santiago. Mi hijo lo puede necesitar el día de mañana. O mi familia. Nadie está exento de esto. Sería un proyecto muy, muy bueno», valora el director del centro de la calle Nidos.

Los testimonios

Mientras el ambicioso proyecto se fragua, Ozanam continúa aferrado a su labor diaria, la que lleva a cabo en la casa que da cobijo a Fernando y Rafael. Les proporciona comida, techo y, sobre todo, mucha comprensión.

El pasado mes de agosto estas instalaciones se sometieron a una reforma integral, que se ha traducido en el cambio de baldosas, la sustitución de viejos marcos de madera por otros de aluminio -para evitar que entre frío-, la construcción de un nuevo cuarto de baño y la ampliación de plazas.

En estos momentos, Ozanam tiene capacidad para doce personas. Sólo están ocupadas cinco plazas. Además de ex toxicómanos, tienen cabida transeúntes e inmigrantes.

De uno de los armarios que amueblan los cuartos donde hombres como Rafael y Fernando luchan por su retorno a la normalidad pende una nota de color amarillo. «Espero que en este lugar estés viendo las cosas de colores, que estés a gusto y recuperándote feliz. Besos, tu hermana».

A pesar de las nuevas ventanas de aluminio, el cambio de cristales y las obras, en la sede de Ozanam sigue haciendo frío. Aunque a Rafael parece no importarle. En pleno enero luce una camisa de manga corta.

Es la una y media del mediodía y este cordobés de 27 años regresa a la que considera su casa desde el pasado mes de septiembre. Sus mañanas transcurren entre el centro de drogodependencia de la Junta, donde le realizan un control rutinario, y la Universidad Popular. Aquí aprende labores de jardinería y participa en terapias psicológicas.

Ha pasado seis años en prisión cumpliendo condena por robo y, en estos momentos, disfruta de libertad condicional. No le gusta hablar del futuro. Vive el presente. Su pasado está ligado a la cocaína y la heroína. «Mi madre se murió cuando tenía ocho años. Y a partir de ahí... Empecé con los porrillos, con el tabaco, con el whisky, los amigos y la discoteca. Y cuando me quise dar cuenta estaba en el fondo», recuerda Rafa.

El salto a la delincuencia

Y dio el salto a la delincuencia, que le arrastró a prisión. «No estoy orgulloso de ello -precisa-. Me dedicaba a dar tirones, a robar en bares y en restaurantes. Robaba todo lo que pillaba. Se fue convirtiendo en una forma de vida. Dormía por el día y por la noche, me buscaba la vida», describe. Rafael perdió el contacto con sus nueve hermanos. Esta Navidad, después de unos años, ha vuelto a su Córdoba natal. Este capítulo forma parta de su nueva etapa, de la que dice sentirse «fenomenal». «Me veo bien, como bien, trabajo bien. Estoy como en mi casa», apostilla.

Fernando sigue con atención las palabras de su compañero de vivienda y asiente con la cabeza. Él no coqueteó con las drogas; le sedujo más el alcohol. La ruptura de su matrimonio y la enfermedad de su madre le arrastraron a ese fondo del que dice haber salido. «Te vas metiendo en el ambiente. Yo paraba mucho por el Paseo de Cánovas. Y cuando te quieres dar cuenta ves que tu vida no es normal. Me pasaba el día en el parque», describe Fernando, de 38 años y padre de dos hijos a los que no puede ver.

No dudan cuando se les pide un consejo para aquellos que sigan en el fondo. «No merece la pena porque la vida que llevaba antes y la que llevo ahora no tienen comparación», reconoce Rafael, con su camisa estampada. «Que busquen una salida, un centro como éste. Aquí se está bien. Tienes libertad para salir», añade Fernando.