«En Badajoz, coca, en Cáceres, yerba»

J. R. ALONSO DE LA TORRE

RECOGIENDO información para escribir esta columna, me encuentro con un dicho popular juvenil que hace furor entre los jóvenes extremeños de las dos provincias. Dice así: «En Badajoz, coca, en Cáceres, yerba». Como todo dicho popular es simplista, es sugerente y, muy probablemente, es falso. Los jóvenes lo explican a su manera. Aseguran que se debe a que en Badajoz las noches son más exaltadas, más frenéticas y en Cáceres se va más de tranqui. Apuntan que la provincia de Cáceres es una gran productora de marihuana, una planta de la que, ironizan, se aprovecha todo, como del cerdo: el tronco, para fibra textil, el cogollo, para fumárselo y la hoja, para infusiones. Precisan que se cultiva muy bien en el Jerte y la Vera y que en los conciertos que se celebran en el Oeste peninsular los 'camellos' cacereños son muy solicitados por la calidad natural de su mercancía. Pero no pretendo descubrir si en Cáceres se consume más o menos yerba, sino invitarles a que reflexionen un instante sobre lo que pensaron al leer el encabezamiento de esta columna. ¿Quizás se han sentido más aliviados si su hijo vive y se divierte en Cáceres que si lo hace en Badajoz? En ese caso, permítanme decirles que ya han sido ustedes abducidos por el buen rollito de la cultura del cannabis.

Hace 10 años, preguntabas en un instituto que quién fumaba porros y se levantaban dos manos o ninguna y lo hacían con vergüenza. Hoy, levantan la mano hasta quienes no han dado en su vida una calada porque quien no tiene tratos con el hachís parece un marginal, un aburrido y un muermo. Hay un Partido del Cannabis que en las pasadas elecciones generales consiguió en España 15.000 votos. En Cáceres se venden muy bien las revistas 'Cáñamo' y 'Yerba', réplica esta última de la norteamericana 'High Times' ('tiempo de alucine' o 'de estar alto'), que divulgan la cultura del cannabis y regalan pipas y grinders para picar hierba. En Cáceres hay incluso una 'Grow Shop' (tienda de productos del cannabis) llamada Tarumara. En fin, ser porrero mola, pero nadie sabe qué secuelas dejará en las generaciones actuales esta cultura demoledora del flipe.