El cine no pasa por taquilla

27 millones de espectadores han dejado de ir a las salas españolas en el 2005, un fenómeno mundial originado por el cambio de hábitos sociales y el DVD

OSKAR L. BELATEGUI

Nadie lo diría al padecer las colas de fin de semana en cualquier multisala, pero 27 millones de espectadores dejaron de ir al cine en España en 2005. Sucede en todo el mundo. Hasta Hollywood mira con temor su cuenta de resultados: este año se vendieron en Estados Unidos un 6% de entradas menos que el pasado, la cifra más baja desde 1997. Las salas se vacían pero cada vez se ven más películas. Una paradoja que también afecta al cine español. «Contabilizar los espectadores y la recaudación a finales de año para averiguar su salud es como tratar de descubrir la vida sexual de un país entrevistando sólo a los matrimonios», ironiza David Trueba. «Y hay mucho cine extramatrimonial».

Casi 20 millones de espectadores han pagado por ver productos nacionales. De ese 16,7% de cuota de pantalla que tanto ha alborozado a la ministra de Cultura tiene buena parte de culpa Santiago Segura, quien no da mucha importancia a las cifras: «Es más, me repatean; este no es un momento de regocijo, es obvio que la gente ya no va al cine». El 'amiguete' ha amasado él solito 18 millones de euros con 'Torrente 3'. Y no cree que se consuman tantos largometrajes fuera de las salas. «Al menos, pagando. Mira 'King Kong', qué hostia se ha pegado en Estados Unidos. Después lo recuperará en DVD, pero en España no sucede así. Las cifras de ventas no suben; claro, la gente prefiere que le regale una copia pirata su primo o espera a que la vendan los periódicos por 1.95 euros».

Antes de echar la culpa al DVD y a la piratería hay que analizar «por qué vas a ver entre semana una película americana de relumbrón y la sala está vacía», como observa Fernando Méndez-Leite. El director de la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid constata que las películas malas de ahora «son mucho más malas que las de antaño». Tampoco ayuda que cada viernes la cartelera dé un vuelco: diez, once, doce estrenos que volarán al viernes siguiente. «Cuando salieron las nominaciones a los Goya, descubrí que se me habían escapado un montón de títulos, y presumo de estar al día», lamenta Méndez-Leite.

¿Quién va a molestarse en pagar casi seis euros por un filme que no despierta interés? El productor Andrés Vicente Gómez realiza un ejercicio de autocrítica: «A la gente le gusta una película porque es buena, y este año la cosecha ha sido inferior en calidad y comercialidad». El ganador de un Oscar por 'Belle Epoque' compara la bajada de espectadores en todo el mundo, y le sale una media del 20%, salvo en países donde la cinematografía local ha ido boyante, como Francia. Ya no sirve fabricar taquillazos utilizando las mismas armas que los americanos: muchas copias y publicidad. Andrés Vicente Gómez: «Así sólo se consigue que la productora se arruine un poco más. Hay que conseguir el cine que el público demanda, pero si fuera tan sencillo lo harían los bancos».

En suma, el modelo tradicional de exhibición en las salas ha tocado techo. «El público se ha unificado en una masa adolescente», deplora David Trueba. «Nosotros íbamos al cine para completar una formación ideológica, cultural Ahora sólo persiguen el espectáculo irreal, las explosiones, la pura evasión». Méndez-Leite va más allá y habla de la «escasa formación» de la audiencia y de la «falta de respeto» para atraerla a toda costa: «Se considera al público completamente imbécil, con películas que no se sabe por qué llegan a las salas. Hay una división radical entre espectadores: jóvenes y viejos. Antes todos veíamos las mismas películas».

Adiós a la liturgia de las lloradas salas de barrio. Se imponen los 'multiplex', complejos de salas en centros comerciales. Tantos que casi todos los entrevistados hablan de «un exceso de salas». 4.300 pantallas para 43 millones de españoles, frente a las 2.500 de las que gozan los 70 millones de británicos. Sólo en Madrid hay 744 pantallas. Una ciudad como Gerona presume de 40 salas; si se aplicara la media estadounidense de un cine por cada 10.000 habitantes, sólo permanecerían abiertas cuatro o cinco. «Como productor no me siento en una industria en crisis», zanja Andrés Vicente Gómez. «Si fuera exhibidor, sí».

Un acto social

Ricardo Gil, director de márketing de Cinesa, rebate los cambios industriales y sociológicos apuntados por los cineastas. «Se ve más cine que nunca, y el baremo seguirá siendo la taquilla: si un filme no tiene éxito en Hollywood, no lo tendrá aquí; si no vende en cines, no pitará en DVD». 34 complejos con 319 pantallas convierten a Cinesa en el gigante del sector. «Salas que no tienen nada que ver con el pasado: pantallas de 70 metros cuadrados, butacas anchas, Dolby Digital ». Gil explica a sus alumnos en la universidad cómo hacen faltan películas para alimentar una maquinaria de televisiones de pago, canales temáticos También cómo este negocio «factura muchísimo» antes de repartir porcentajes con la distribuidora.

Y si David Trueba prefiere «que le cuelguen de los genitales» antes de acudir a un centro comercial a ver una cinta doblada, Gil constata que, gracias a ellos, el cine «vuelve a ser un acto social». Hasta ha detectado una recuperación del público de 35 a 55 años merced a las facilidades para aparcar y la venta anticipada de entradas. La pregunta del millón: ¿Por qué siguen abriéndose 'multiplex' si decae el número de espectadores? «Para competir hay que estar ahí», responden desde Cinesa.

Los cambios en los modelos de exhibición resultan fundamentales al abordar la crisis. Méndez-Leite recuerda que cuando fue director general de cinematografía, en la etapa socialista, la exhibición fue su caballo de batalla: «Como no tiene 'glamour', nadie habla de ella». Más copias y demasiadas salas provocan la corta esperanza de vida de los títulos. Dos bandos: chavalería en los centros comerciales y público cultivado en las multisalas de versión original del centro de las ciudades.

A punto de saltar a la proyección digital, con la desaparición de las copias en celuloide y los gastos de transporte y logística, la expresión 'ir al cine' altera su significado para siempre. «Me daría mucha pena que se acabara el ver películas en las salas, esa comunión de gente riéndose», reflexiona Santiago Segura. «El otro día me dijeron que el cine del futuro será interactivo. El cine morirá y habrá una especie de videojuego. Yo intentaré estar ahí».