Sobredosis real

PILAR ARMERO

LOS niños no son tontos. Y menos todavía cuando van teniendo cierta edad. Por eso, ahora que prácticamente han pasado las fiestas creo que es el momento de reflexionar de cara al año que viene, en el sentido de decidir si es correcto que hasta que llega la cabalgata del día 5 los pequeños tengan que tragarse varias pandillas de Magos.

Los primeros suelen llegar de la mano de algún establecimiento comercial que, como se empeñan en adelantarse a las fechas oficiales señaladas en el calendario, plantan a Melchor, Gaspar y Baltasar casi a finales de verano, sudando la gota gorda bajo los kilos de armiño, barbas sintéticas y refulgentes coronas. No sería extraño que pronto nos los presentasen en bañador, con toalla a los hombros en lugar de capa y chanclas donde debería haber botas.

Después suele tocarles el turno a los de la fiesta del cole, con sufridos padres de familia como protagonistas, que con tal de ver la cara de felicidad de sus chavales son capaces de ponerse lo que haga falta, meterse en el papel y aguantar con estoicismo hasta al más puñetero de la clase, ese que sabe que le busca las vueltas a su niño y al que le encantaría dar una colleja. (Me consta que hay quien le ha dicho algo poco gracioso al oído a alguno de estos últimos).

No termina aquí la cosa, porque antes de la cabalgata suele organizarse una cita pública con unos Magos que escuchan en su regazo a los chavales. Y no digamos ya si tenemos la mala suerte de que el muchacho se nos accidente y tengamos que ingresarle en el hospital donde acudirán otros distintos a los anteriormente vistos. O si coincide que visitamos al abuelo en el asilo y se presentan otros tres, también distintos.

El resultado es que hasta el día 5 los niños han podido ver hasta cinco pandillas distintas de Reyes y claro está, el lío que se les montan es morrocotudo, con tal sobredosis real que plantea aún más dudas sobre ese mundo raro de los mayores.