La sonrisa de Adelita

ÁNGEL ORTIZ

LA historia ocurrió hace unos años -tal noche como la de ayer- más o menos así. Varios amigos se disfrazaban de Reyes Magos para entregar regalos, de casa en casa, a hijos de compañeros de trabajo. Al final de la noche, cuando salían del último piso de su ruta, un vecino esperaba junto al ascensor con una muñeca envuelta en celofán. «Les ruego que me acompañen a mi casa y le den este regalo a mi hija. Ella está enferma... Será un minuto». Les habló como si lo hiciese ante tres verdaderos príncipes.

«Está dormida, pero no importa -dijo ya en su casa. Adelita tiene 10 años. Enfermó hace exactamente un año, dos meses y cuatro días». Gaspar desvió su atención hacia una figura del Niño Jesús que, junto a una vela, presidía una mesa en la entrada del piso. «Está ahí desde las Navidades pasadas. No me atrevo a guardarlo -confesó. Yo siempre le rezo y creo que a veces nos hace regalos, como una pequeña esperanza, la posibilidad de un remedio...»

«Adelita, hija. Mira quién ha venido», la despertó con caricias. Ella abrió los ojos, les fue observando uno a uno y se aferró a la que constituía su única certeza: la delgada y lívida mano de su padre. «Los Reyes Magos te han traído un regalo». Melchor, que hubiese dado un millón de euros por presenciar aquella escena una y otra vez hasta el fin de sus días, especialmente la mirada de Adelita, le acercó titubeante la muñeca y, a continuación, se inclinó todavía más para besarla con toda la delicadeza que pudo reunir en aquellos prodigiosos instantes de trémula ternura.

Su padre se deshizo en un llanto tras abandonar la habitación. «Es la primera vez que la veo sonreír desde hace... La verdad es que no sé...» Llorando todavía, como lo hace quien termina acostumbrándose a llorar mientras habla, cocina, trabaja, respira..., se acercó al Niño Jesús del recibidor y susurró: «Gracias por la sonrisa de Adelita».

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