La armada del obispo y la mítica ciudad encantada de la Patagonia

El naufragio, en enero de 1540, de parte de la expedición a Tierra de Fuego en Magallanes dio alas al mito de la ciudad de los Césares

A.S.O.PLASENCIA

La historia podría constituir el guión para una de las epopéyicas superproducciones de Hollywood. Elementos para ello no le faltan a este relato de ambiciones y aventuras en el que intervienen poderosos personajes, aventureros y buscavidas y que generó mitos y leyendas que perduraron siglos, alimentados por la insaciable fiebre del oro y la imaginación popular.

Se trata de la odisea de la armada que el obispo de Plasencia Gutierre de Vargas Carvajal, que rigió la diócesis entre 1524 y 1559 financió y que partió del puerto de Sevilla, en el verano de 1539, rumbo al estrecho de Magallanes, para colonizar, según Real Capitulación de 1536, el territorio de Nueva León, hoy conocido como Tierra de Fuego y perteneciente a Argentina y a Chile.

Este prelado que impulsó muy relevantes obras en la diócesis ¯Catedral, Colegio de Jesuitas y numerosas nuevas iglesias¯ pertenecía a un noble linaje estrechamente vinculado a la Corona de Castilla y fue hijo del licenciado Francisco de Vargas, jurista destacado, tesorero y miembro del Consejo Supremo de Castilla con los Reyes Católicos, el emperador Carlos V y Felipe II.

Grandes ambiciones

Deseoso de acrecentar su ya ingente fortuna, el prelado placentino vio en la aventura americana la ocasión perfecta y logró para su hermano, Alfonso de Camargo, la capitulación real «por la mucha voluntad que tenéis de nos servir y del acrecentamiento de nuestra Corona real de Castilla, os ofrecéis a conquistar y poblar las tierras y provincias que hay por conquistas y poblar en la costa del mar del Sur desde donde se acaben las 200 leguas que en dicha costa están dadas en gobernación a don Pedro de Mendoza hasta el estrecho e Magallanes», según el documento.

La aventura americana no era algo ajeno al prelado pues su cuñado, Antonio de Mendoza, fue virrey de México entre 1535 y 1550 y lo que contribuyó a alimentar la empresa colonizadora la vista de unos ingentes beneficios.

El obispo contrató, inicialmente, en astilleros de Portugalete y Deusto la construcción de ocho naves, según algunos autores, si ben solo seis le fueron entregadas en el verano de 1538. En la travesía hasta Sevilla se debió perder una, con lo que quedaron tres buques y dos galeones. Todas iban bien armados y con una capacidad para 700 personas. En el verano de 1539 parte de Sevilla la armada, aunque reducida a tres o cuatro naves, según los cronistas, pero capitaneadas por Fray Francisco de Ribera, comendador de Calatrava.

Naufragio y mito

En enero de 1540 llegan al estrecho de Magallanes y dan vista a la cruz de Loaysa pero unos huracanados vientos e indómitos temporales provocan la separación de la armada, con el naufragio de la capitana, en el que fallece Ribera pero se salva un nutrido grupo ¯150 soldados, 30 aventureros, 48 marineros artilleros y grumetes y 13 mujeres casadas, según autores¯ que entre una mar montañosa logran llegar en bajeles a la costa. Los supervivientes, relatan los historiadores, buscaron refugio en las inhóspitas costas del estrecho y vista la imposibilidad de ser rescatados por sus compañeros, se adentran (aquí entra en juego por vez primera la leyenda) en el interior de la Patagonia.

A las naves de Camargo y de Alvarado la bravura del mar les dispersa con rumbos opuestos. La primera sigue adelante por el estrecho y tras surcar por vez primeras las aguas del Beagle, llega a Perú por el Pacífico, en 1541.

La de Alvarado, tras invernar durante seis penosos meses en el denominado puerto de las Zorras, regresa a España después de equivocar la ruta. El fracaso de la aventura colonizadora de Vargas Carvajal queda consumado.

De los naúfragos de la nave de ribera se empiezan a relatar fantásticas historias que los vinculan a la mítica ciudad de los Césares, una urbe de incontables riquezas que toma el nombre de los compañeros de Francisco César, perdidos en el viaje de Elcano y Magallanes.

El mito de la ciudad encantada de la Patagonia pervivirá ya hasta finales del XVIII y su búsqueda alimentará la imaginación de aventureros que no cejaron en su empeño por descubrirla.

Ciudad de oro

Conocida también como la ciudad errante, cuentan los estudiosos de la leyenda, que era una urbe plana y cuadrada, con templos de oro macizo, metal que también pavimentada las calles. Según las versiones, aparece en el claro de un bosque o en una isla en medio de un lago y enmarcada por dos cerros, uno de diamante y otro de oro. También se dice que los muros de sus edificios son de oro y plata, al igual que los asientos y otros numerosos útiles.

De sus habitantes se ha escrito que eran altos rubios y con largas barbas, que hablaban una extraña lengua y, en algunos casos, se afirma que era el español. Además, las riquezas les permiten vivir sin trabajar y desconocen la enfermedad, por lo que son o inmortales o muy longevos.

Los césares también tienen indios a su servicio que vigilan e impiden el paso a intrusos. La ciudad es invisible para los que no vivan en ella. Los extraños solo pueden atisbarla al ocaso o en Viernes Santo, por lo que puede cruzarse sin percibirlo. Hay quien cuenta que es una urbe errante y que para hallarla hay que esperar en un determinado lugar. La leyenda se considera un reflejo del esplendor y riqueza del imperio inca de Perú y fruto de la desmedida ambición de los españoles pro el oro y la plata.

Los primeros que se hacen eco de ella son los hombres de Francisco César, vistas las grandes riquezas de oro y plata vistas. Al incipiente mito se suma el destino de los naúfragos de la armada del prelado placentino, los núcleos fundados por Sarmiento de Gamboa o los intentos colonizadores de la Patagonia por Alcazaba. A su población, imaginación popular y los cronistas sumaron los incas huídos de Cuzco tras la prisión de Atahualpa por Pizarro o los habitantes de la chilena Osorno, perseguidos por los araucanos.

Búsqueda

La leyenda se acrecentó con el tiempo y dio lugar a muchas expediciones en su busca. Entre ellas, las de Hernando Arias de Saavedra, que parte de Buenos Aires en 1604, o la de Luis de Cabrera, que lo hace desde Córdoba, en 1622. En 1670, el padre Mascardio sale desde Chile a través de los Andes. Éste viajes en 1670 1672 y 1673, en el que pierde la vida.

Años después, el padre Menéndez, conocedor de muchos relatos sobre la ciudad de los Césares, fue el último aventurero que creyó en el mito y la buscó en distintas ocasiones, entre 1783 y 1794, tras cruzar los Andes. En 1792 llega al lago Nauel Huapi, y siente que está cerca. Vuelve en en 1794 pero descubre porlos indios solo una leyenda, 266 años después de forjarse. Nadie la buscará ya más.

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